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El cocal del río es territorio de Benancio. Cercado por mayas espinosas, solo él se atreve a sortear el portillo, ese pasadizo que araña a cualquiera que intente seguirlo.
Desde el camino, el cocal extiende su misterio. Voces flotan entre las hojas, murmullos que nos erizan la piel. De noche, luces parpadeantes bailan entre los cocoteros. Nosotros no nos acercamos. Al otro lado del mayal, donde crecen las guayabas del Perú, sí vamos. Allí no hay sombras que susurran. Pero cuando a uno se le ocurre decir Mira un güije, nos echamos a correr.
El día que Benancio se cayó de la mata de coco, nadie lo vio. Salió con un cabestrillo de ramas y hojas de plátano. Es raro que se cayera; Benancio trepa palmas como lagarto, no suelta un racimo sin antes calcular el viento. Nunca supimos quién lo tumbó.
Dice Benancio que ese día clavó el filo del machete en el tronco; escupió en sus manos para no resbalar, ajustó el pie en la hendidura y ascendió como siempre: rápido, seguro. Arriba, los cocos se mecían, pesados y el viento silbó distinto.
Dicen que los ancestros indios vigilan los cocos, pero a él lo dejan cortarlos, y nosotros, después de salir de la escuela, vamos directo y nos tomamos su agua entre dulce y saladita. Benancio nos cobra diez kilos.
—Algo o alguien me jaló desde atrás —dice Benancio.
—Seguro fue un güije —dijo Rodo.
Cuenta Benancio que el hueso partido sonó como palo seco. Luego de recobrar el conocimiento, miró la astilla blanca asomando entre la sangre oscura. Lo cuenta con la voz más quieta que de costumbre. Parece que quiere meternos miedo.
Nosotros lo miramos con la boca abierta, y él sigue el cuento mientras abre otro coco. Rodo bebe como si se lo fuesen a quitar. El agua le cae por la barbilla y le moja la camisa y la pañoleta del uniforme.
—Cuando miré, había tres marcianos pequeñitos, en fila, apoyados uno en el otro —continúa Benancio—. Ellos arreglaron el brazo y me sacaron del cocal, son buenos. El dolor me nubló la vista, y me dijeron: No grites.
Nos quedamos helados. ¿De dónde Benancio inventó ese cuento?
— Tenían antenitas como el juguete de la feria, y voz de grillo.
Rodo lo interrumpió:
—¿Y cómo sabés que no eran güijes?
Benancio, sin pestañear, respondió:
—Los güijes son negros. Estos, verdes.
Él no habla mucho, pero cuando lo hace, sus palabras pesan como piedras. Sus manos, rudas y sucias de tierra, pelan cocos con un solo machetazo. Parece leer nuestros miedos. A veces le pedimos masa, pero él dice que no, que eso nos empacha y no quiere problemas con mami.
—No me hagan caso —nos dijo—. Allí no hay ná. Váyanse que va a oscurecer.
Pero era tarde. Ya la imaginación había plantado sus semillas. Cada crujido nos hace temblar. Al terminar de beber el agua de coco, Rodo gritó:
—¡A correr, que llegaron los marcianos!
Y corrimos, corrimos sin aliento, sin mirar atrás, hasta que mami nos alcanzó en el camino.
Benancio sigue visitando el cocal. En el pueblo murmuran que si te acercas al mayal al anochecer, puedes ver tres lucecitas verdes, en fila, como esperando a que alguien llegue hasta allí.
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