Aquel pueblo parecía encajado entre las nubes, la familia Mendoza llevaba una vida con normalidad en Necocli. Rafael, hombre entrado en años, de gestos medidos y ropa siempre impecable. Clara, su esposa, tejedora de fibras, de miradas largas hacia la ventana. Y Mateo, de diecisiete años, cuyo cuerpo delgado y rostro de pómulos altos y piel tostada era un razgo distinto en el retrato familiar.
Eres nuestro hijo, le decía Clara desde que tenía uso de razón, paliando con esa palabra piadosa las burlas de otros niños sobre su diferencia. Mateo amaba a sus padres, pero cargaba una sombra fria en el pecho que no se disipaba.
Todo cambió el día que doña Clara cayó enferma. Mateo fue a buscar una manta al baúl del cuarto de trastes, sus manos encontraron, bajo la lana gruesa, una pequeña bolsa de tela. No recordaba haberla visto.
Con manos temerosas, Mateo desató la bolsa. De ella cayó una pluma diminuta, iridiscente, de colibrí, y una fotografía en blanco y negro, ajada en los bordes. En la imagen, una mujer joven. Ella llevaba un traje tradicional, su rostro era una versión femenina de su propio rostro; al punto que pasó los dedos por su mejilla. En el dorso de la fotografia: Inti, Valle Sagrado, 1985.
Tenía muchas dudas, bajó las escaleras como un sonámbulo, la pluma y la foto apretadas en su puño. Encontró a su padre en el patio, regando las begonias. Al ver el rostro de su hijo y los objetos en sus manos, a Rafael se le heló la piel y los hombros se le encorvaron.
- Te encontré envuelto en un chal junto a esa pluma de colibrí. Tu madre murió en lo alto del río. Al parecer los que la acompañaban continuaron viaje. Esta es ruta de emigrantes, hijo. Muchos de los niños que conoces son como tú. Tu decides si quedarte o ir tras el sueño de tu madre. Te he mostrado lo que sé, con ello puedes vivir.
La confusión se apoderó de Mateo. Clara, desde la cama, le habló con voz débil. - Perdónanos hijo, dijo. Te queremos con todo nuestros corazones.
Mateo se quedó en Necocli porque ya era su tierra, tenía demasiadas cosas en común con los padres que lo acogieron, ahora no deseaba dejarlos solos. Diecisiete años viviendo juntos, lo habían hecho a su imagen y semejanza. Pero ahora sabía que otra sangre, fuerte, corría por sus venas. Clara lo miraba con compasión.
-Quiere acompañarme a ponerle flores a su madre, le dijo Rafael.
Evidentemente en aquel sitio donde iba con sus padres a poner flores desde niño, descansaba su verdadera madre. Llevó con él la pluma de colibrí, ella tendió un puente doloroso y frágil entre dos mitades de un mismo ser, entre el amor que lo concibió y el amor que, a su manera, lo sostuvo. La verdad había calado su vida, pero por la grieta empezaba a brotar, su propia y verdadera raíz.
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Gracias por visitar mi blog. Soy crítica de arte, investigadora social y amante de la cocina. Te invito a conocer más de mí, de mi país y de mis letras. Texto de mi propiedad, fotografía de Adonis Acosta