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Romerio llegó a Nuevitas como llegan los árboles a la orilla del mar, arrancado de raíz. Niño negro, pobre, analfabeto; tres razones para que el mundo lo mirara por encima de los hombros. Pero Romerio no era de los que se quejan. En los muelles, donde otros hombres se doblaban bajo el peso de los sacos, él levantaba cargas como si su espalda estuviera hecha del mismo hierro que las grúas.
Don César, el dueño de la bodega, ponía monedas en su mano sin mirarlo a los ojos, pero Romerio las contaba igual, con esa dignidad callada que nadie podía comprar.

Ahora, viejo y encorvado como un junco vive en su casita de tablas de cajas de bacalao, a la sombra de una ceiba que susurra historias cuando el viento sopla del este. Los hijos, ya hombres, le ruegan que se mude con ellos. Aquí tengo mis cosas, responde.
El barrio murmura que Romerio tiene pacto con los muertos. Sus manos, gruesas como raíces, parecen saber cosas que él mismo ignora. Cuando presiona un hombro dislocado o desenredaba un músculo anudado por el trabajo, sus labios dicen palabras que no son del español sino de una lengua antigua, arrastrada desde algún lugar que solo existe en su sangre.
Por las mañanas, después del café que algún vecino le deja en la puerta, saca su banquito al sol. No hace falta anunciarse. Pronto llega el primero, un niño con el tobillo hinchado de tanto patear latas, una mujer con el cuello tieso de lavar ropa ajena, un estibador joven cuyo brazo cruje como bisagra oxidada. Romerio no pregunta, sus dedos encuentran la sanación en el silencio.
Entona una cantinela mientras trabaja, suena a tambor lejano, a salmo olvidado. Gerigonza, brujería, dicen los que no entienden. Pero los que se quedan quietos, con los ojos cerrados bajo sus manos, juran sentir algo más; como si no fuera solo él quien soba, sino muchas manos a la vez, generaciones de manos que curan a través de las suyas.
Nadie le paga con dinero. A veces le dejan un cigarro, una taza de ron para avivar a los muertos, como él dice. Y así sigue, día tras día, mientras el sol calienta las tablas de su casa.
Romerio sabe lo que otros no, que algunos hombres no necesitan hablar para ser escuchados. Que hay oficios que no se aprenden en escuelas. Y que la verdadera fuerza no está en los músculos, sino en quedarse quietos, con las manos abiertas para recibir la bondad.
Al caer la tarde, cuando el último paciente se va y el ron quema suavemente en su garganta, Romerio mira hacia la ceiba. Y por un instante, justo cuando la la luz se escapa, ve sombras moviéndose entre sus raíces.
No son fantasmas, son sus ancestros, orgullosos.

Estoy aportando el 10% de la recompensa de esta publicación a @es-Literatos. Gracias por visitar mi blog. Soy crítica de arte, investigadora social y amante de la cocina. Te invito a conocer más de mí, de mi país y de mis letras. Texto de mi autoría, imagen realizada en ChatGpt.

