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La encontró allí, frente a una mesa de piedra desgastada como su piel. Delante un cuaderno y una pluma. Quedaba poca tinta, había calculado lo justo para escribir en soledad. Su alma anciana se alimentaba de vagar por la orilla del mar, donde las olas rompían delicadas, en la orilla.
Una mujer negra de belleza cautivadora, vestida de mar, empujó la puerta endeble. Alfonsina meció la cabeza al verla, sin sorpresa, como si el mundo, tarde o temprano, terminara por llegar a ella. Sus ojos, llenos de inteligencia y hastío, la escudriñaron un instante.
-Solo tu podías encontrarme, dijo Alfonsina
-No podías rendirte por una enfermedad del cuerpo. Yo soy la madre de las aguas, no quito vidas útiles.
Alfonsina volvió a mirar por la ventana por donde se colaba una franja del azul infinito. -Fuiste cómplice, dijo.
-No, ese era tu secreto, las canciones y poemas que te han dedicado, todo lo que has inspirado era necesario, cambiaste muchas vidas.
-Y por qué dejaste que Broselianda lo hiciera, ella era joven y hermosa.
-Su alma estaba enferma, nada se podía hacer.
Sobre la mesa, un manuscrito crecía. Pilas de hojas con una letra apagada. No eran poemas, eran memorias, confesiones, el relato de una vida que decidió reescribirse.
-Lo que has escrito, ¿es menos doloroso que tu ultimo poema?
-El dolor no se evapora, sobreviví aquí, lejos de las miradas que me convertían en flor marchita o loca por el cancer en mi seno. Escribo mi vida no para perdonar ni que me perdonen, sino para que me comprendan.
Una gaviota gritó fuera, un lamento agudo que se perdió en el estruendo de las olas. Alfonsina miró a la hermosa mujer. -Alguien te espera, quizás tenga suerte.
-Yo no decido, pero he venido a decirte que cuando desees te recibimos en el reino de las aguas.
Alfonsina buscó aquel poema que escribió décadas atrás y lo leyó como un rezo:
Voy a dormir
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.
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Gracias por visitar mi blog. Estoy otorgando el 10% de la recompensa de este post a @es-literatosSoy crítica de arte, investigadora social y amante de la cocina. Te invito a conocer más de mí, de mi país y de mis letras. Texto y fotos de mi autoría.