La Historia de Muchos
Yo, siendo un hombre de mediana edad, quisiera llegar a un lugar en donde encuentre la paz que tanto necesito, en donde pueda trabajar y llevar una vida digna, sin lujos, pero con lo necesario para poder subsistir de manera adecuada. Después de muchas dificultades que no les voy a contar logré salir de mi isla natal, llegué a tierras colombianas y en una decisión que me llena de esperanza abordé una pequeña lancha y crucé el hermoso, pero silencioso Golfo de Urabá. Todos íbamos llenos de expectativas, con nuestro equipaje en mano y la mente puesta en dar pasos firmes en la dirección correcta.
Pero la alegría y la felicidad duraría poco, los senderos son cada vez más estrechos, la lluvia y el frío parecían no darnos tregua, lo que en algún momento fue tierra firme, comenzaba a convertirse en una superficie fangosa muy complicada de superar, es en este momento cuando el peso de nuestras mochilas comienza a retrasar nuestra marcha, al mismo tiempo los guías nos apuran lanzando amenazas y arengas, el sonido de los pitos empieza a minar nuestra mente y pone a prueba nuestras capacidades de tolerancia, poco a poco nos vamos deshaciendo el exceso de carga y es así como la selva se convierte en un gran vertedero de sueños y esperanzas.
Mujeres, niños y hombres, luchan por no perder la marcha, el llanto se hace presente y la crueldad de la vida se evidencia cuando de manera inesperada alguien pierde el equilibrio y cae hacia el vacío, una fractura en la pierna significa un sueño roto, esa persona con lágrimas en los ojos clama por la ayuda de una mano amiga, pero con impotencia se da cuenta de que esa caravana humana que cruza la selva lucha de manera individual por su propia existencia, todos pasan lanzando una mirada de lástima, pero nadie extiende su mano, ninguno quiere una carga más, así que todos voltean hacia el frente y lanzando los dados hacia el cielo oran por su propia suerte.
La selva es oscuridad, esa agua, es dolor y al mismo tiempo una gran mafia. Acampar en medio de ruidos extraños, una lluvia perenne y un cielo encapotado es una experiencia terrible, obligatoriamente, toca dormir un poco, pues aún faltan muchas jornadas por recorrer. Mis energías se encuentran desgastadas, mis provisiones están maltrechas y mis manos apoyadas de tanto esfuerzo demuestran que este recorrido, no es como yo lo imaginaba.
El sonido de una ráfaga de disparos nos despierta por la mañana, en cuestión de segundos nuestros guías están tirados en el piso en medio de un charco de sangre, algunos logran correr y dispersarse entre los matorrales y árboles, mientras que otros solo logramos lanzarnos al piso y rezar por nuestras vidas. Estábamos en medio de un fuego cruzado, éramos el daño colateral de dos facciones que luchan por el control de un territorio, a mi lado alguien levanta su cabeza y de forma instantánea un proyectil ciega sus sueños, yo solo puedo cubrirme con mis manos y esperar con los ojos cerrados algún desenlace.
Siento como una bota pisa mi nuca y al instante alguien me alza tomándome por la mochila, con un revólver apuntándome hacia el rostro, me preguntan mi nombre y nacionalidad, yo muerto de miedo respondo una voz temerosa, es allí cuando me despojan de mis pertenencias, me separan del grupo y junto a otros hombres nos llevan por un camino hacia un lugar desconocido, pero por alguna razón del destino sin querer resbalé y sin posibilidad alguna de poder sujetarme de algo, caí por un barranco hacia el vacío.
Un dolor fuerte hermana de mi oído, la sangre baja por mi cuello y una profunda herida marca mi rostro por completo, me arrastro ya sin fuerzas por un piso lleno de ramas y hojas secas, encuentro un río y tomo un sorbo de agua cristalina y fría, me siento la pata de un árbol y sacando de mi bolsillo escribo estas últimas líneas de un diario que en algún momento pensé que tendría un final feliz.
Atentamente. Jean Baptiste