El terreno mancomunado de la calle Onofre Ramírez #1121 era un reino de cuatro castillos, donde solo gobernaba una reina abuela: ella se llamaba Elva.
En aquel patio compartido, el suelo de tierra soltaba ese particular petricor al ser regado por sus manos constantes; era el perfume de la tarde, el aviso de que el calor del día cedía paso al juego. Siempre era ella, con su sonrisa dulcemente gentil y un delantal de flores que parecía un jardín viviente brotando en medio del tosco y árido patio.
A sus costados se podían ver los castillos: unos de cemento, otros de madera; construcciones precarias que albergaban una calidez humana inmensa. Allí, las fronteras eran invisibles. Éramos una gran familia de niños que salíamos de una casa para entrar en la otra, unidos por el polvo de los juegos y la vigilancia silenciosa de Elva.
Recuerdo una tarde en la que el sol de verano pintaba. Paul, el nieto de sangre de nuestra abuela y mayor que el resto de los niños, rompió la armonía. Quizás poseído por un arranque de poder mal entendido o un enojo qué nadie nunca conoció, se abalanzó sobre los más pequeños, repartiendo golpes a diestra y siniestra. En mi afán de detener la injusticia, con la bravura que solo se tiene a los siete años, me lancé a la abrasadora batalla. Mi lanza era una escoba vieja y mi escudo, la indignación.
De un golpe certero en su espalda logré que Paul soltara a sus presas. Su llanto, estruendoso y herido en el orgullo, convocó la presencia de la autoridad máxima. Elva salió a su ritmo, en un trote que para sus años era veloz, aunque para nuestra impaciencia era lento. Al llegar frente a nosotros, su semblante no mostró la parcialidad que muchos esperarían de una abuela. No hubo abrazos automáticos para el "nieto real" ni regaños ciegos para la "niña de la escoba".
Ella indagó con la mirada, observó los restos de la batalla, la escoba partida a la mitad en el polvo y analizó el silencio de los demás pequeños. Entonces, sin que su voz temblara, dictó el veredicto que se grabaría en mi memoria como una ley universal:
—No por ser mi nieto vas a pasar por sobre el resto —sentenció con una calma que pesaba más que cualquier grito—. Y si una niña más pequeña, por defender a otros, te golpeó, debes aguantar y pedir perdón, porque el primer error fue solo tuyo.
Aquellas palabras no eran un castigo, eran una cátedra de humanidad. Desde esa tarde, nuestros juegos cambiaron. Nos volvimos más protectores, una lección que trasladamos al vivir escolar.
Allí, en el terreno ajeno donde muchos niños peleaban por mal humor o prepotencia, nosotros, los "nietos" de la abuela Elva, nos cuidábamos mutuamente.
Sabíamos que su enseñanza era proteger, preferiblemente con la palabra; pero también aprendimos que, si esta no funcionaba, debíamos usar esa fuerza interna que solo nace cuando el desvalido reclama justicia.
Pero esta abuela no solo enseñó sabiduría moral; también nos pintó de colores en cada acto escolar. La magia que ella emanaba, sentada tras su máquina de coser y rodeada de hilos múltiples, nos transformaba. Sus manos hicieron que fuéramos estrellas en Navidad, Santa Claus con faldas y gorros rojos, o gallinas y gallos en la granja escolar. Elva no solo arreglaba telas, zurcía la alegría de nuestra infancia.
Hoy, a mis cuarenta y cuatro años, recuerdo con una ternura profunda a la abuela Elva quien falleciera hace ya más de diez años, teniendo alzheimer y recordando en flash de recuerdos a sus muchos nietos. Elva fue la mujer que me enseñó que ser valiente es una necesidad y que retroceder ante la injusticia no es el camino real.
Ella me demostró que ponerse en el lugar del otro es lo que nos vuelve verdaderamente humanos. Su capacidad para crear luz y magia con las manos, y su temple para defender la verdad por encima de los lazos de sangre, sigue siendo el regalo más valioso que una figura materna me pudo brindar. En el terreno de la vida, su ejemplo sigue siendo mi mejor escudo.
Esta es mi participación para el concurso ofrecido por la comunidad literaria , en su edición de conmemoración a la mujer.
Cómicas reales: Historias con nombre de mujer, no te quedes sin participar.
Extiendo una cordial invitación a las amigas y
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Créditos / Credits:
Las fotografías usadas son cortesía de sus nietas (mis primas de cariño) Elizabeth y Nataly, cuento con su autorización para usarlas.