La maldición de Grimvale
Los grillos canturreaban una melodía que, más que agradar, asustaba. Dentro de la casa, la pequeña familia de cuatro: Nelson, sus gemelas Aynara y Aylén de apenas dos meses de nacidas y también su esposa, la dulce Angélica.
Habían llegado al pueblo de Grimvale escapando de la familia materna, una rencilla que no los hubiese dejado vivir su amor, y en un acto de valentía o quizás miedo para algunos, la pareja había huido al pueblo perdido entre las profundidades del valle.
El camino fue lento, lleno de incertidumbres. Angélica cargaba a una de las bebés mientras Nelson cargaba a la segunda; los tiempos de descanso eran solo para que las niñas comieran y volvían a caminar sintiendo que no llegaban a ningún sitio.
De pronto, un aroma perdido en el aire avivó los sentidos y caminaron seducidos por aquel dulce olor.
Llegaron por fin a un pueblo: pocas casas, poca gente, pero para ellos era una seguridad que antes no tenían. Un hombre anciano, de piel arrugada, apenas pegada a sus huesos, los miró incrédulo; hacía tanto no veía personas jóvenes en este pueblo anciano y, en medio de sus pensamientos, un atisbo de sonrisa se dejó ver.
Los llevó a una precaria casa, polvorienta y abandonada, pero era una casa al fin y al cabo y, agradeciendo la bondad de aquel anciano, se inclinaron con los ojos vidriosos.
Grimvale era extraño, se dieron cuenta enseguida y, al pasar las horas, el sol se esfumó dejando una lúgubre y sombría oscuridad; el ambiente se sentía tan pesado y sucio, era como si todo el ambiente se adhiriera a la piel.
Grimvale era sombrío en todos los sentidos; los escasos pueblerinos caminaban con el ceño fruncido, enfadados por todo y nada. Poco a poco la familia Paz se fue acostumbrando a esta vida oscura, sin alegrías; solo se calmaban sabiendo que los padres de Angélica jamás los hallarían en este recóndito lugar.
Pero algo más había allí; el sonido de los grillos de manera incesante los mantenía en una tensa alarma. Nelson trabajaba en la tierra del hombre que los recibió; mientras tanto, Angélica cuidaba de sus bellas gemelas, dos niñas sanas que crecían bajo la protección de sus padres, sin saber que corrían peligro.
Lentamente, Nelson dejó de sonreír; su andar era lento y programado, caminaba igual que los habitantes de Grimvale, como si Nelson se hubiese mimetizado con el entorno en todos los sentidos. Angélica lo veía y se sentía extraña. Este acto la incitó a cuidar aún más a sus bebés.
La calma extraña que la familia Paz tenía se vio opacada una tarde en donde el sol ya se había marchado. Los grillos canturreaban aún más fuerte que otros días; muchos rebotaban en la ventana. Angélica se asustó; estaba sola con sus hijas. Se abalanzó sobre ellas siguiendo su instinto maternal; en ese instante la puerta se abrió de par en par; allí, los aldeanos y Nelson las miraban con los ojos perdidos y distorsionados.
Tras Nelson, el hombre anciano reflejaba una expresión de maldad absoluta. Nelson se abalanzó sobre Angélica, presionando su cuello con fuerza, mirando a su amada sin siquiera verla. Angélica lloraba con una mano aún sobre sus bebés en la cuna y, antes de quedar inconsciente, escuchó al anciano susurrar a su oído.
—Tus hijas serán la luz que a nuestro pueblo le falta—
Angélica cerró los ojos y, al despertar, estaban en el mismo sitio donde todo inició. Aquel aroma dulce impregnó sus sentidos. Buscó a sus hijas con la mirada; con horror vio a Nelson sostener a sus bebés al mismo tiempo en sus brazos.
Avanzó hacia una enorme planta de color carmesí, misma que abrió una boca enorme. Las bebés comenzaron a llorar mientras todos los pueblerinos gritaban que la sangre pura devolvería la luz pedida a su amado y siniestro pueblo.
Angélica vio horrorizada cómo la planta devoraba a sus gemelas mientras, lentamente, perdía la voluntad de su propia vida. Su mente se nubló, mimetizándose con la penumbra del valle, transformándose en una esclava más; una vasija vacía destinada únicamente a traer al mundo los futuros sacrificios que alimentarían la sed de la maldita planta de Grimvale.
A ti que sientes que has perdido la luz y fuerza en tu vida, no te rindas, quizás alguien te esté mirando para usar tu alma de sacrificio.
Esta es mi participación para el concurso de ofrecido por , bajo la premisa de minicuentos
Créditos / Credits:
Las imágenes usadas fueron creadas en Gemini AI.
El texto fue corregido en languagetool