La terminal, repleta de gente. Nerviosos unos, aburridos otros, todos resignados. No sé muy bien si ir hacia la izquierda o a la derecha, avanzo hacia enfrente. Yo, que me equivoco siempre al elegir la salida en una rotonda, llego hasta la zona de embarque siguiendo todo recto. He de esperar al menos un par de horas. Gracias a Dios, hay una zona de fumadores aquí mismo.
La zona de fumadores está casi vacía. Es una de esas abiertas, un sistema de extracción en el centro y ceniceros con complejos mecanismos de apertura y cierre.
Dos mujeres uniformadas, parecen azafatas, hablan quizás alemán. Mis rudimentarios conocimientos de ese idioma, y un gran esfuerzo de mi imaginación, me permiten inferir que están hablando sobre sus relaciones personales. Desanimadas, convencidas de que no han tenido suerte en el amor. Suerte, por desgracia: de amor no se muere.
Busco el paquete de tabaco, enciendo un cigarrillo. Las azafatas comentan, ahora en perfecto castellano, las inclemencias meteorológicas. No se han dado cuenta de que captaba pinceladas de su conversación anterior, sino de que fumo Ducados y solo un español puede fumar esta marca y solo otro español puede estar al tanto. ¿Españolas? Siquiera una de ellas. O alguna de sus torpes parejas lo es, y puede ser que también fume. Es agradable coincidir con otros compatriotas mientras se viaja por el extranjero.
El sistema de extracción fuma más y mejor que yo, los cigarrillos se consumen en un instante. Se ha terminado el descanso para las azafatas, se marchan. A solas, comparto mi tabaco con el sistema de extracción.
Una rubia alta de larga melena, en un alegre vestido que se pelea con sus contornos, empuja una sillita de paseo. Se para a mi altura y parece recordar algo. Busca con la mirada a su derredor, aunque estamos solos.
Hablando en francés, para suerte suya la lengua de Baudelaire era obligatoria en mis tiempos de estudiante, dice necesitar ayuda, quiere que cuide de su hijo mientras que ella pliega la sillita.
Se sorprende de que sepa cómo llevar en brazos a un niño, él mueve las piernas de forma mecánica y me mira con unos enormes ojos negros. Una sonrisa viene a mi rostro, recuerdo que, de muy niño, aseguraba que todos los bebés nacían con los ojos de color azul y que, en un momento indeterminado, estos mutaban a su color definitivo; lo cual en parte es cierto. Su madre nos mira de reojo y sonríe también, supongo que valora el esfuerzo de esta niñera forzosa.
El sol ilumina la cara del niño, me giro para protegerlo con mi cuerpo. Las azafatas pasan a mi lado, una se dirige hacia mí y dice: «¡Te queda bien!». No entiendo nada. No sé cómo responder, así que no digo nada.
La rubia, nerviosa, busca algo y no lo encuentra. Él se está quedando dormido entre mis brazos. Ella se coloca una especie de mochila, de esas para acarrear niños, apoyándolos contra el pecho. Recoge a su hijo dormido y lo acomoda. Toma el carrito ya plegado con una mano. Me da las gracias, y se van. «Je vous en prie», digo mientras los veo alejarse, cruzar las puertas automáticas y desaparecer entre el gentío.
La zona de fumadores está abarrotada. Enciendo otro cigarrillo. El paquete, casi vacío; no me preocupo, tengo más tabaco.
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