Una joven pareja discutían acaloradamente en la sala de una humilde casita. Onelio acababa de quedar desempleado con la quiebra de la procesadora de frutas, y Lucía, frustrada por el fracaso del emprendimiento de ropa, había estallado en histeria ante la alacena vacía. El viento, colado entre las rendijas de puertas y ventanas, llevaba el olor a mojado y la pesadez del ambiente. Las primeras gotas, golpeando el tejado de zinc, pusieron fin a la discusión.
La luz y el trueno, y el paso de lo mojado a lo quemado, llamaron la atención de Alfonso, quien horrorizado vio el boquete en el techo de la casa de su excompañero de faena. Él y otros vecinos corrieron a la casa de la infortunada pareja, algunos movidos por el morbo y otros por piedad. Ambos yacían inconscientes sobre el mueble humeante. Alfonso llamó a los servicios de emergencias, pero no respondieron. La tormenta eléctrica seguramente había tumbado las comunicaciones. Así que, con ayuda de los curiosos, los cargó en su vehículo y los llevó al hospital más cercano.
Era un milagro que estuvieran vivos, pensó Alfonso al dejarlos en el área de emergencia, donde Lucía y Onelio quedaron recluidos una buena temporada, recibiendo cuidados por las quemaduras y la inhalación de humo.
La falta de empleo era como un fantasma en el pueblo y la mayoría, incluso Alfonso, cotorreaba sobre su mala fortuna. Además, la estación lluviosa se extendió más ese año, afectando la operatividad de las granjas aún en pie.
El rumor de que Onelio y Lucía fueron dados de alta del hospital se regó como pólvora en la región, junto con la noticia de su suerte. Algunos dueños de granja, en solidaridad, les ofrecieron ayuda, pero Onelio rechazó la caridad y, en cambio, ofreció su pericia en mantenimiento para arreglar lo dañado en las granjas. Así dejó el desempleo para siempre y hasta creó su propia empresa de servicios.
Con el tiempo, Lucía retomó el diseño y la costura, logrando también el éxito. Pronto, tuvo que contratar o formar a jóvenes para darse abasto con los pedidos, que ya trascendían al pueblo. Alfonso, atascado en lo que él llamaba su mala suerte, seguía los logros de sus vecinos. Sentía envidia, preguntándose cada noche cuál era el secreto del éxito repentino de sus vecinos. Pensaba en Onelio, ambos fueron compañeros de curso durante la escuela y trabajaron en las mismas empresas. Incluso, ambos fueron despedidos el mismo día a través de comunicaciones contiguas de la procesadora de frutas. Pero él seguía en empleos temporales de alta incertidumbre.
Con la llegada de la temporada de lluvia, una idea recurrente le hizo deducir una causa sobrenatural. No lo pensó mucho y una tarde esperó en el porche con la intención de abordar a Onelio justo cuando regresara a su casa, ya transformada en ensueño.
Con afabilidad, Alfonso interceptó a Onelio y hablaron de cosas cotidianas y remembranzas de la infancia, hasta que de sopetón y sin tapujos, Alfonso con una mirada incisiva la preguntó sobre el día en que el rayo los golpeó. Onelio, sorprendido, guardó silencio por momentos, recordando la acalorada discusión con su esposa. Lo vio a los ojos y colocándole la mano en el hombro, le dijo que la luz azul cambió su suerte, despidiéndole acto seguido.
Alfonso, esa noche, no durmió, cavilando sus planes. Ya tenía la clave para transmutar su mala suerte. Solo debía ser alcanzado por el rayo azul.
Pasados dos días, vio la oportunidad cuando el cielo se tornó negro y el resplandor traspasaba las ventanas y los truenos estremecían las paredes de su casa. Esperó, pero para su decepción, el temporal desapareció, tal como llegó. Entendió lo improbable del encuentro anhelado.
Así que esperó a la siguiente tormenta. Pero esta vez, enterró una barra de hierro cerca del árbol aledaño a su casa. Si la suerte no venía a él, debía atraerla. La lluvia era más intensa que la vez anterior y el olor a mojado se sintió por todos lados. Alfonso abrió la puerta y salió, colocándose cerca del árbol a una distancia prudencial de la barra de hierro.
Un rayo rojo lo impactó fulminándolo en el acto.
Todas sus lamentaciones cesaron, cumpliéndose así el deseo de cambiar su suerte.
Fin
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