Curanda era una ruina, y solo en la encrucijada de las tres calles permanecía el tejado de la cabaña de bloques de barro cocido. Alfonsina Tirano respiró hondo y caminó por primera vez sobre los adoquines que aún guardaban las huellas del cacique. Recordó las anécdotas inconclusas de su padre e imaginó cómo habría sido el lugar al borde de las aguas, internado en la selva hacía veinticinco años.
En la orilla de la playa, saboreó el aire amargo a ocre. Miró la ensenada en donde se hundió el último vapor que recorrió las costas cuando todavía las carreteras no se habían construido, según reportaba el viejo cuaderno del difunto doctor Alfonzo Tirano. Y que la leyenda afirmaba que liberó la enfermedad que la dejó huérfana de madre.
Un tucán la sobrevoló. El anaranjado pico rozó su hombro, yendo a posarse en el techo de palmeras entrelazadas y marcadas por el tiempo. Intuyó que era el centro donde el investigador procuró hallar la panacea de los padecimientos.
El ladrido del perro desnutrido apostado en la entrada de la cabaña parecía llamarla. Aligeró el paso hacia la criatura marrón de orejas caídas; en la correa azul desteñida colgaba la identificación: Tirano. Sonrió exclamando: «¡Si hasta somos familia!» Acarició el lomo con dulzura, palpando las vértebras detrás del pelaje áspero. Sacó un pedazo de pan relleno de queso y mortadela del bolso para ofrecérselo.
Desde el interior de la cabaña, una voz quebrada la invitó a pasar. En el suelo solo quedaban migajas y pulgas. Tirano meneó la cola y se echó exhausto de contento.
—Pasa, muchacha.
Alfonsina dudó un instante. Creyó haber encontrado un pueblo abandonado y, sin embargo, alguien todavía vivía en él.
—¿Qué esperas, Alfonsina? Entra.
Ante ella, una viejecita de rostro curtido por máculas profundas de viruelas, vestida de cushma variopinta y cuyo pelo ennegrecido atenuaba sus años.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Eres la viva imagen de tu madre. Y todavía recuerdo el deseo de que te llamaras como su esposo.
—¿Quién es usted?
—Te he estado esperando desde que te fuiste para darte respuestas.
Alfonsina arqueó la delineada ceja izquierda y apretó dentro del bolso el diario de su papá.
—¡Respuestas, sí! ¿De qué murió mi madre?
—Según tu padre, de viruela. Pero, en realidad, todos supimos que sucumbió por causa de la maldición sobre el cacique Yambul, tu abuelo, por haber matado al brujo dueño del vapor Esperanza en el incendio en la rada.
—¿Por qué mi abuelo cometió eso?
—Ellos pretendieron llevarse los saberes de nuestra gente, y tu padre era su cómplice. Él solo salvó su vida por la intercesión de tu madre y pagó el precio como nosotros. No estás aquí por casualidad. El destino te trajo, y ahora, tú, mi querida niña, debes realizar el ritual de purificación que liberará a las almas malditas. Debes completar el acto que Yambul inició al acabar con el brujo del vapor Esperanza y deshacer el hechizo que atravesó las aguas del golfo.
Al escuchar la historia directa sin filtro, Alfonsina dio sentido a las lagunas en las crónicas de su tata cuando ella le tocaba el tema, y explicaba los tachones y manchones en el diario: lágrimas y culpa. Por la ventana vio de nuevo al tucán en vuelo rumbo al centro de la bahía. El ladrido de Tirano a lo lejos parecía escaparse por la más antigua de las calles. Buscó a la anciana sin éxito tras el descuido.
—Señora, ¿a dónde se fue? ¿Qué debo hacer?
La humedad la sofocó, mientras el silencio se hizo más ruidoso. Las preguntas que la ahogaban se convirtieron en palabras claras. Mas, se increpó, si ella también estaría embrujada.
De pronto, el susurro se tornó inteligible, desatando los saberes chamánicos escondidos en las raíces de los árboles. Entró en trance y lanzó al cielo unas palabras en un dialecto que entonces le era desconocido. Centellas cayeron sobre el antiguo fondeadero, justo sobre los restos del vapor Esperanza. Ardió de nuevo en la hondura, consumiéndose por completo en una llama sobrenatural, brillante e intensa.
Alfonsina recobró la consciencia, envuelta en una paz que jamás había experimentado, y Curanda, liberada para renacer en sí misma.
Fin
Ilustración creada con IA usando Google Studio IA (Nano Banana)
Imagen de portada generada por IA de https://gentube.app con mi usuario jnavedan
Las imágenes incluidas fueron generadas con asistencia de inteligencia artificial bajo dirección estética del autor. No se reclama autoría visual independiente sobre dichas ilustraciones, sino su integración como parte del conjunto narrativo y editorial de este cuento.
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