En Nueva Carúpano, todos llevaban máscaras. Luego de la explosión de la verdad, nadie podía actuar de manera políticamente correcta sin que sus rostros revelaran intenciones ocultas. La mentira había sido proscrita fuera de los antifaces. Era tanto así que el último brote de violencia ocurrió tras un fallo logístico que dejó sin reemplazo a quienes se les habían roto. Y entonces, quienes fueron pillados en triquiñuelas y sobrevivieron, sufrieron el ostracismo.
Algo que permaneció de la tradición de la antigua ciudad fueron las fiestas de carnaval. Se mantenían el colorido, las carrozas y las comparsas. La música alegre avanzaba por las calles, con el resoplido de los papelillos y las serpentinas durante tres días en que, por mandato, las caretas caían. Tiempos extraños en que se desvirtuó el significado de las mismas.
En aquel año, Rebeca Salcedo aprovechó el festival para protestar por el destierro de quien amaba. Aunque sabía que era una acción peligrosa, decidió no descubrirse. Montada en la gran tarima, evocó nostálgica la alegría de un ausente padre que extrañaba con la tristeza de haberle sido arrebatado. El brillo fosforescente esmeralda de su sobrerostro sintético llamó la atención del Guardián del Silencio entre la multitud.
La mayoría miraba a Rebeca con cara de asombro. Otros murmuraban entre sorbos de licor, mientras retorcían los cuerpos al compás de los tambores. Ella se mantenía incólume, pasiva, como si señalara que nada había que celebrar ese día. Mas ninguno parecía entender el mensaje, solo el descomunal hombre enmascarado vestido de negro que se abría paso hacia ella.
—Niña, ¿qué crees que haces?
—Nada… Lo mismo que usted.
—Sabe que debe quitarse la máscara.
—¿Y por qué usted no se la ha quitado? —respondió tajante Rebeca.
—Yo soy quien debe preguntar.
—No se excuse detrás del antifaz. Aproveche y desahóguese también como los demás.
—No tengo nada que ventilar aquí.
—Entonces, no moleste. Ni yo tampoco tengo nada que mostrar ni celebrar.
El Guardián del Silencio la miró con tal intensidad que rajó la mascarilla, dejando surcos rojos como la sangre.
—Acompáñeme, por favor. —Replicó con autoridad.
Alrededor, los danzantes cambiaron las risas por arrugas de amargura, tal como lo hacían cuando estaban enmascarados fuera de las fiestas, y se interpusieron entre ambos. Rebeca, en un descuido, saltó a la calle, adentrándose en los festejantes de la coreografía de la carroza de las máscaras. En lo alto de la misma, transmutaban los disfraces de todas las épocas de las que aún guardaban recuerdos. Las holografías gigantes en formas de arlequines verdes, rojas y blancas dejaban entrever el vacío interior en ellas.
El Guardián del Silencio la observaba. Recordó el momento en que todo cambió, cuando cayó el meteorito en el centro del mar Caribe. Las marejadas crecieron, pero no llegaron a transformarse en tsunamis letales. Al menos, no devastadoras al inicio. Mas el agente exógeno, alienígena, sí causó estragos. Los científicos concluyeron que el contaminante que desató la oleada de la verdad vino con las brisas. Dedujeron: en el vapor que esparció el impacto del objeto celeste. Aunque hubo quienes especularon que en realidad la pandemia llegó a las aguas. Lo cierto es que las personas se sacaron los trapitos al sol, y la paz detrás de la prudencia o de la hipocresía desapareció de súbito hasta el extremo de incendiar las ciudades. Solo unos pocos parecían inmunes. Los imprudentes, aquellos que no se guardaban nada y todo lo escupían sin medir las consecuencias. Así quedó registrado en el anuario del cronista oficial de la ciudad.
Rebeca se embarcó en la carroza, debajo de los hologramas. La imagen de su mascarilla triste se amplificó hasta integrarse con las proyectadas sobre su cabeza. La hacía parecer la reina de las mascaradas.
Él saltó de la tarima, aprovechando que la muchedumbre miraba embelesada la proyección de Rebeca. Corrió como un felino detrás de su presa y de un brincó se puso a su lado.
—¡Niña… estás a punto de provocar una conmoción! ¡Quítatela y muéstrate tal como eres!
—No. ¡Quítesela usted! —gritó embravecida.
—¡No puedo, aunque quisiera! —contestó en un tono conciliador.
Las personas se arremolinaban; ya no bailaban, la música había cesado. Los niños lloraban pisando las cintas multicolores y los caramelos esparcidos por el suelo.
—Ves lo que has provocado. Tu acción, aunque justificada, no devolverá a tu padre del exilio.
—Claro que sí.
—No seas ilusa. ¿Qué quieres vivir, la destrucción de la antimáscara?
En un arrebato, Rebeca le arrancó la siniestra mascarilla y la imagen de su rostro al descubierto reemplazó a la de la rebelde que dominaba el cielo. Era idéntica a la del antifaz, pero en carne.
—¿Qué burla es esta? —exclamó estupefacta.
—Ninguna. Yo soy como soy siempre. Solo que ahora guardo el silencio que me enseñó la verdad desbocada. —Miró a todos y gritó al gentío: «Vivan las máscaras».
La gente lo aclamó y la música se reanudó justo cuando Rebeca se desveló resignada ante la crudeza de la nueva normalidad, en que la válvula de escape se abría en la farra del carnaval para liberar la presión de una verdad con filtros.
Fin
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