Cayó el escudo
Al abrir la puerta del depósito el intenso calor lo golpea obligándole a retroceder de inmediato. No obstante, sabe que no puede permanecer mucho tiempo allí, el humo traspasará las rendijas de la puerta.
La semana previa a la inauguración de la tienda, él supervisó al herrero que reforzó los barrotes de la ventana posterior. Así que, está entre las espadas flamígeras y la pared.
Quizás, el escudo metálico impida que las espadas lo alcancen, pero los dardos humeantes penetraran hasta los pulmones mientras el fuego consume el oxígeno.
Imaginar morir asfixiado era uno de los más grandes temores que lo angustiaba desde niño. Cómo prever una situación como esa, cualquier error era mortal.
Busca alrededor cualquier objeto que lo ayude. El miedo empieza a apoderarse de él, pero logra calmarse, racionaliza, de nada sirve gritar.
Entonces pensó, «gritar, es el último recurso» No pierde tiempo, corre al fondo con la barra de acomodar las cajas en la parte superior del estante, y con este, rompe la ventana de un solo golpe. Grita como nunca lo había hecho en la vida esperando que alguien lo escuche.
Mientras grita, alterna haciendo fuerza en palanca e intenta doblar las barras de refuerzo. El humo negro está colando y le molesta el olor. Sigue gritando y de pronto ve a dos hombres con ropaje especial, aproximarse al otro lado de la pared.
El gran esfuerzo hace resentirse los tendones, pero no cesa en forzar los barrotes. Escucha la orden de echarse atrás. Un par de mandarriazos desprende un lado del barrote de seguridad.
La tos surge en forma espontánea y el picor en los ojos. Los segundos son como horas y todo está totalmente negro.
Cuando logra abrir los ojos, cae en cuenta que está acostado en el suelo mientras los paramédicos lo reviven. Voltea la cabeza y ve llamaradas saliendo por la ventana. El escudo había caído y el era un hombre que nació de nuevo.
Fin
Imagen de Matthias Fischer en Pixabay