Emergencia en el supermercado
El hombre apresurado entra al centro comercial, observa de arriba a abajo, ve con tristeza los pasillos desolados y las vitrinas vacías, que muestran la decadencia de un pasado concurrido lleno de gente haciendo las compras.
La luz penetra por los altos ventanales, pero aun así, el ambiente es lúgubre y frío, las pocas personas que deambulan no son suficientes para calentar el lugar. De no ser por el gran supermercado en la planta baja y los pocos negocios que todavía sobreviven a la debacle económica, diría que está en un lugar donde moran los espectros de una época lejana.
Él va en busca de los víveres con el monto de la pensión que el gobierno le acaba de depositar en la cuenta, a sabiendas que mientras más tarde en llegar, menos podrá comprar. El mercado está repleto de productos, claro, de escasa variedad y marcas. En su juventud era muy diferente, las opciones sobre un mismo tipo de producto le permitía escoger el que más le agradaba. Muchas empresas competían en precio y calidad por la preferencia del consumidor. Ahora, sin opciones ni holgura en el bolsillo, solo compra lo esencial sin importar la calidad.
Sorpresa. El incremento en los precios es brutal, no lo puede creer, siente que le falta el aíre y sin poder evitarlo se desploma. Alguien grita que está infestado con el maligno virus que ha ocasionado la debacle. No pasa mucho tiempo, cuando unos hombres vestidos con trajes especiales blancos lo montan en una camilla móvil. La gente se alarma y capturan la imagen con los smartphones de última generación.
Él aunque está semi inconsciente intenta hablar, pero nadie le hace caso mientras lo arrastran por aquellos pasillos, momentos antes desolados, ahora lleno de curiosos que discuten si alguno de ellos tuvo contacto con el hombre de la camilla.
Al subirlo a la ambulancia el enfermero le pareció escuchar en los balbuceos: «¡Tengo hambre, hace días que no como!».
Fin
Imagen de Helena Jankovičová Kováčová en Pixabay