CUANDO TENÍA DOS MESES me encantaba una niña del pueblo y quería decírselo, pero mi abuelo que sabía de palabras, porque era un lector, me dijo que no es igual decir que escribir, que escritas las palabras podían durar para siempre.
Así que una tarde mientras la niña se bañaba en el río con sus hermanitos, comencé a garabatear lo que mi corazón me empezó a dictar:
Uno
Pequeñitas son tus manos;
suaves, tiernas y bonitas.
Si mis manos en tus manos
se bañaran de caricias,
las olas envidiarían
las cuatro manos que unidas
como hermanas jugarían.
Dos
Tus ojos miran al río
como yo te miro a ti
¿Y el río a quién mirará
con esos ojos tan largos
que se estiran al pasar?
Si yo fuera todo el río
por tus ojos entraría
como si entrara a la mar.
Tres
Los pececitos juegan
cerca de ti como niños
¿por qué un niño como yo
no puede jugar también
cerca de ti como un pez?
Penúltimo
Las olas cómo te tocan
las manos y los piecitos,
tú contenta las recibes
y las devuelves de ganas.
Mis ojos también te tocan
las manos y los piecitos
y tú aplaudiendo y saltando
me salpicas los ojitos.
Último
En las arenas dejaste
tu figura dibujada,
corrí rápido a la arena
para tomarla prestada;
más rápido fue la ola,
me la llevó de un tirón
y yo me quedé esperando
por si acaso la soltaba.
Después del último
La ola no la soltó,
tú tampoco regresaste,
al río le dije unas cosas,
pero en nada me paró
y viendo que era tan largo
mucho más largo que yo
me fui corriendo a mi casa
para no llorar, por Dios.
Cuando regresé a casa mamá estaba molesta porque hacía rato que me estaba buscando. Me dio pena mostrarle lo que había escrito; a mi edad debería estar jugando y no pensando en esas cosas, por eso abuelo escondió los poemas en su cuarto; los leía y releía, primero con asombro, luego con miedo y finalmente les puso la firma de Anónimo.
─Es por tu bien, ─me dijo─, la niña es hija del cazador del pueblo. Más de una vez ha dicho, “quién se acerque a lanzarle granitos de maíz a mi pollita, sabrá qué tan duro muerde una bala”.
Con eso me convenció para que no le escribiera más. Pero después comencé a sentir la necesidad de hablarle; el corazón me dictaba palabras para que se las dijera y tenía que decírselas porque si no se iban a perder como el chorro de lluvia que no riega a una planta.
Y un día la vi sola, ella estaba en recreo, y yo la miraba por detrás de la cerca de la escuela con ganas de saludarla y como el chorro de palabras se me empezó a botar, le dije:
─¡Hola, niña!, sé que no me entiendes porque los niños no entienden a los animales, pero quería decirte que la otra vez me gustó cómo jugabas en el río con tus hermanitos y que siempre te observo jugando con tus amigos en recreo, sé que es extraño que me ocupe observándote porque a mi edad también debería estar jugando, pero soy el único de mi especie por estos lugares; los otros ya se han ido, tú sabes, la cacería, pero no me hagas caso, ya me voy, prometo que no volveré a molestarte.
Ese día fue cuando ella por primera vez me miró; metió su mano por la cerca y me acarició. Yo tan solo era una lapita que andaba buscando un amigo y ese día por fin la encontré a ella.
Pero su papá no quería que ella tuviera amigos y menos una lapa. Cuando ella me lo dijo el siguiente día que nos vimos detrás de la escuela, a mí se me empezó a secar el chorro de palabras y por dentro se me resecaban las raíces del corazón.
Como mi abuelo me vio triste le tuve que contar la verdad, luego él se fue a trabajar y por la tarde vino con la noticia de que al parecer un niño se había perdido en el bosque. Como abuelo no me dio detalles, no pensé que fuera algo grave porque en este bosque nadie se pierde, así que fui a ver a la niña al río, pero no estaba ni ella ni sus hermanitos. Más tarde corrí entre los árboles hasta su casa y la mamá estaba llorando y cuando noté lo que tenía en sus manos, me quedé sin palabras. Eran los poemas que yo le había escrito a la niña.
Ahí comprendí que la que estaba perdida era la niña, que el papá había salido a buscarla, y ahí me fui a buscarla también; como la brisa corría entre los árboles, como el relámpago cruzaba por un sitio, porque estaba cayendo la noche y en invierno los truenos asustan a los niños.
Como la niña no estaba por donde siempre caminaba con su mamá, empecé a buscarla por otros sitios y justamente me encontré a mi abuelo, quien me contó la verdad. Él era amigo de la mamá de la niña, en secreto, porque es muy peligroso para las lapas ser amigos de los humanos; había sido él quién le mostró mis poemas a la señora y también me contó que Violeta, que así se llamaba la pequeña, había huido molesta con el padre por no dejarla ser amiga de una lapa, o sea, mi amiga.
Cuando cayó la noche, mi abuelo y yo seguíamos buscando y como ya todo el bosque se había enterado; supimos que estaba en peligro porque un grillo cantor nos dijo que una serpiente estaba a punto de morderla. Cuando llegamos la serpiente estaba enroscada y cuando lanzó su mordida, abuelo se metió, pero enseguida yo lo aparté de un empujón y los dientes se me clavaron en las costillas; como pude arañé a Violeta para que se apartara y de inmediato sentí la segunda mordida, entonces todo se me nubló.
Abuelo llevó a la niña al camino para que su padre la encontrara. En los brazos de ella iba yo, bañándome con sus lágrimas, las olas no sentirían envidia porque mis manos iban entre sus manos y tampoco sabían que yo me estaba muriendo.
Cuando tenía dos meses me encantaba una niña del pueblo y quería decírselo, pero ahora que somos amigos, que vivo en su casa, junto a mi mamá y a mi abuelo; puedo decírselo todos los días y también puedo agradecerle a su papá por haberme salvado. Todos nos hemos salvado y somos todos amigos para siempre.
Portada hecha en Canva con imagen de Pixabay