Papafante perdió los cuernos y empezó a buscarlos, primero con la paciencia que lo caracterizaba, luego con la preocupación de lo que se le vendría encima, y por último con el desespero de no saber cómo decírselo a su esposa.
Cuando Mamafante entró con su vestido enlodado, él dejó de buscar para atenderla; ella le dijo que un vehículo había salido de la nada y como no frenó, le echó el lodo encima. Ella no supo de dónde había salido un charco en pleno verano, pero ya él había empezado a intuir que la mala suerte empezaba a meter sus narices en su matrimonio.
En ese momento no pudo decirle a Mamafante que había perdido los amuletos de la buena suerte. Los tenían desde que se conocieron, cuando apenas eran unos adolescentes y caminaban por el bosque y ambos vieron al conejo con cuernos, herido. Lo llevaron a la casa de ella, lo atendieron, pero el conejo nunca dio señales de mejoría y sus últimos deseos fue que ellos conservaran sus cuernos como agradecimiento por haberle brindado sus bondadosas atenciones.
Antes del año se casaron y cada uno conservó un cuerno como amuleto de la buena suerte, al que agradecían por separado por lo bien que le iba a su compañero, así llegaron a creer que el amuleto de ella le traía buena suerte a él; y el de él, a ella. Por eso cuando la vio llena de lodo, de inmediato empezó a desesperarse porque la vida cambiaría para todos, pero en especial para ella.
Esa noche ninguno pudo dormir, ella porque entró en un insomnio que jamás había padecido y él porque no dejaba de estar pendiente de lo que le sucedía a ella.
Al siguiente día él estuvo más descuidado; olvidó soplar el café y se quemó, en el trabajo se quedó dormido y luego en casa, picando un trozo de carne durante el almuerzo, se cortó. Ella estuvo notando su rareza, respondió sus extrañas preguntas, le hizo algunas otras, pero después se evadieron en otras cosas.
***
La situación empeoró cuando ella dijo que no quería salir de casa, que se sentía indispuesta y él, para subsanar el daño que había hecho, prometió que después de trabajar haría las compras de mercado, pero resulta que olvidó el dinero y regresó a casa y la vio llorando.
Lo del olvido de las cosas a ella le empezó a preocupar y recordó que todo inició desde el día en que Papafante había ido donde el boticario por las medicinas, pero olvidó las vitaminas. Él le comentó que su descuido podía deberse a que últimamente andaba cansado, aunque en el fondo se debía a que creía que la racha de la mala suerte estaba empezando.
Papafante no podía con la culpa, así que fue a casa de su hermano Jirafante para preguntarle una vez más, si no había dejado unos cuernos allí. Su hermano le volvió a decir, por no sé cuánta vez, que no. Cuando Papafante se fue, la mujer de Jirafante le volvió a preguntar qué buscaba el gordo Fante; y su esposo, para quitársela de encima le dijo que andaba buscando los cuernos.
Más tarde, las esquinas y los principales centros de reunión social en el pueblo estaban enterados de que Papafante andaba buscando cómo ponerle los cuernos a Mamafante. La noticia de los cuernos se regó con tan buena explosión que pronto salpicó todas las casas.
***
Cuando Mamafante se enteró de que Papafante le había puesto los cuernos, porque así le llegó la salpicada, no pudo reclamarle porque él había huido de madrugada y porque ella se creía culpable de todas las desgracias de su marido porque tampoco hallaba su cuerno.
Papafante quería cruzar la frontera cuanto antes, su idea era alejarse lo más que pudiera de su esposa para evitarle las desgracias de la mala suerte.
A media mañana el pueblo comentaba que Papafante le había montado los cuernos a Mamafante, bien montados porque se había fugado con otra y hubo quien aseguró que lo vieron en compañía de una zorra:
─La que ahora será… Zorrafante ─dijo la esposa de Jirafante.
─Es una lástima, tanto que se amaban, que habían jurado amarse hasta la eternidad ─dijo el boticario, mientras jugueteaba con un par de cuernos de conejo.
─Y a usted también como que le gustan los cuernos, ─le dijo alguien del montón, al boticario.
─¡Ah!, ─contestó el boticario─ lo dice por estos; son, precisamente, de Papafante, hace unos días los empeñó para llevar las medicinas, me dijo que eran valiosos para su matrimonio, que era lo que los tenía unido, pero ya ven, los cuernos no sirven sino para hacer daño