La lección del cochino
Un encantador cochino
le gustaba mucho el pepino
y para degustarlo con primicia,
iba al chiquero de su novia Alicia.
Ella alegremente se lo preparaba,
mientras él enamorado le cantaba.
Los novios muy contentos jugaban al ronquido,
ella en susurro le decía: ¡Querido!
no me ronques tan cerca del oído,
mira que todo me hace soñar contigo;
la sangre me fluye como nunca
y siento que a este amor, nada lo trunca.
Él de lo más amable susurraba,
mientras su rabo en barro lo embarraba:
─Alimentemos, Alicia, el amor y la panza,
que ambas cosas reviven la esperanza.
Juntos estaban como una sola vida;
tórtolos y tiernos con la fe florida
porque de ellos se ocupaban todos;
hasta de proporciónales nuevos lodos.
La pareja de burro los miraba
y en sus ojos envidia se notaba;
la gallina y el gallo recelosos
entre picos hablaban maliciosos;
en la granja, las demás parejas,
chismorreaban directo a sus orejas.
Los cochinos sabían que los vecinos
hablaban peste de ellos. Cretinos,
─dijo el cerdo una tarde, muy orondo─,
hay que amar y vivir; estar redondo
porque la vida es corta, un solo trazo,
y cualquier sábado te dan tu buen rolazo.
Esa tarde llegó con los aliños,
la mujer, y a su esposo le dijo con cariño:
viene tu suegra, tus hijas y la gran pandilla,
llegó la hora de comer morcilla.
Acábase la vida en cualquier rato,
sin anuncios, ¡de ya!, sin alegatos;
por eso hay que aplicar la del cochino,
comer y amar, sin molestar, un ápice, al vecino.