La paz en el campo es una fortuna; el aire fluye a su ritmo como un río volador que en el camino se impregna del canto del ave, del arrullo de la rama al mecerse, de la fragancia de las flores, del zumbido del insecto, y como pasa rodeando la casa se lleva la risa de los niños o a veces su llanto y hasta la nostalgia de los buenos momentos que embarga a los bellos recuerdos.
Qué dicha la del ojo que al meterse en el horizonte del amanecer se encuentra de frente con un sol tibio, dulce, que riega la naturaleza con sus rayos y hace miles de arcoiris con las miles de gotas de rocío con que se juntan.
Qué sano es el espíritu que se alimenta con la paz del campo; la flor del corazón se abre ante el perfume de la vida silvestre, se regocija y vibra con más fuerza interior y al espandirse en la mirada, en la voz y en todas las demás formas de la interioridad surge con mayor plenitud, con la música especial de quien disfruta de la naturaleza y sus fuerzas.
Qué Dios más grande hace presencia en cada hoja de cada árbol como si cada hoja fuera una casa divina y por eso a las ramas llegan los pájaros y hacen sus nidos; llegan las flores y hacen sus mieles; llega el invierno y hace su fiesta y llegan mis ojos y hacen mi vida.
La vida en el campo, acostado en un chinchorro, leyendo las grandes obras de los buenos maestros, oyendo un pasaje de Jorge Guerrero y degustando un pedazo de carne asada y un trozo de queso llanero, junto a mi madre y sus comidas de fogón y a mi padre y sus faenas de vaquerías; eso, para mi gusto, es lo mejor de estas y todas las navidades.