AQUELLA NOCHE, después de una intensa mañana, la oruga terminó convertida en una hermosa flor. Estaba izada sobre un tallo largo y al alzar la cabeza descubrió la inmensidad del cielo y sus estrellas. Naturalmente que se fascinó ante tanta belleza superior e intentó tocarla, pero no pudo saltar en un solo tallo porque estaba enterrada profunda.
—¿Qué puedo hacer para despegar mis alas de la tierra?
—No puedes —le dijo el cocuyo que se había posado en su tallo —Yo llevó años intentándolo y es imposible llegar a las estrellas.
—Y tú ¿quién eres?
—¡Una estrella!
—¿Si eres una estrella qué haces acá abajo?
—Verás, también estuve enterrado.
—¿En algún volcán del cielo que hizo erupción y te aventó?
—No, enterrado en el espacio; al principio fui una nebulosa; ya sabes, fragmentos de materia de las nubes frías de gas y polvo que flotan en el espacio, pero mis átomos no quisieron moverse ni chocar unos con otros y, pues no generaron reacciones de fusión nuclear por lo que nunca me volví estrella.
—Pero dijiste que eras una estrella.
—Cierto, soy una estrella frustrada, una enana marrón; una que no nació para brillar en las alturas.
—Pero te veo brillar.
—Es la segunda parte de mi historia. Verás, al no convertirme en estrella quedé enterrada en el espacio, pero un día miré hacia abajo y descubrí que había especies que volaban; naturalmente que me asombré ante tanta belleza e intenté bajar, pero estaba enterrado muy profundo.
—¿Qué puedo hacer para despegar mis alas del infinito y bajar a tierra? —me dije.
—No puedes —me contestó otra estrella que llevaba años intentándolo.
—¿Y tú para qué quieres bajar? —le pregunté.
—Para aprender a volar —me dijo—; las estrellas sólo estamos pegadas en el cielo, pero las aves no; ellas pueden viajar.
Desde ese día nos hicimos amigos y pactamos un trato; nos ayudaríamos a abrir agujeros para poder escapar y luego, juntos, saltaríamos a tierra.
Y logramos saltar a tiempo porque los agujeros cobraron vida y empezaron a devorar estrellas.
—¡¿Y luego qué sucedió?! —preguntó la oruga que ahora era una flor.
—Esa es la tercera parte de mi historia. Verás, cuando Dios vio que los agujeros negros estaban devorando estrellas, arrojó los que pudo a tierra y esos son los cráteres que hay en muchas partes del mundo, hasta los de la luna; pero también de ahí vienen los volcanes porque los agujeros negros que ya habían tragado estrellas, al chocar con la tierra explotaron por dentro y por el fuego se creó la lava.
—¿Y dónde está tu amiga estrella?
—No resistió la caída. Verás, caímos dentro de un volcán justo cuando explotaba; con el impactó yo fui a dar lejos y cuando desperté aquella mañana, no era una nebulosa; me había convertido en esto, en un coleóptero con un pedazo de estrella en la cola.
—Debes extrañar a tu amiga.
—Mucho, y en especial cuando veo a otra estrella fugaz.
—Y por qué no me ayudas abriendo un agujero en mis raíces y luego, juntos, saltamos al cielo y vamos a vivir como estrellas; sería un pacto de amigos.
—No te ofendas, pero las estrellas sólo están pegadas en el cielo; en cambió yo puedo volar y con mis alas puedo viajar.
Esa noche, el cocuyo se quedó dormido en el tallo de la oruga que ahora era una flor; y tempranito cuando despertó, miró hacia arriba, pero no había nadie porque aquella mañana la oruga amaneció convertida en una mariposa.
Imagen creado con Mirosoft bing