En verano todo mi mundo se trastorna. Durante el año vivo prácticamente solo en el edificio, pero en diciembre comienzan a llegar turistas.
No los veo, pero los escucho. Voces extrañas, niños que llorar, ladridos de perros caniche…
En el piso de arriba alguien se empecina en mantener el piso limpio y arrastra los muebles para barrer en los horarios más insólitos: poco después de la medianoche, un domingo muy temprano, en plena siesta...
En verano llegan mis hijos y también sus amigos.
Y los ruidos de la calle se intensifican. Los artistas callejeros invaden el barrio con sus espectáculos a la gorra y escaso o nulo control sobre los ruidos.
La vida en enero y febrero es distinta. Sin horarios fijos, con ruidos extraños, con voces… luego llega el silencio y de nuevo la rutina.