Han transcurrido 30 años de la muerte del querido poeta venezolano Arnaldo Acosta Bello, ocurrida el 6 de abril de 1996 en Barquisimeto (Edo. Lara), a quien tuve el honor de conocer en Cumaná, mi ciudad, donde vivió algunos años ejerciendo una labor cultural de gran importancia en la Universidad de Oriente; a esa ciudad volvía de vez en cuando. La última vez fue en su visita a la Casa Ramos Sucre en los años 80.
Foto: Vasco Szinetar - Fuente
Desde que leí su poesía, debo reconocer que su canto melancólico y, a la vez, entusiasta quedó en mi corazón. Acerca de él y su poesía escribí un post hace tres años, el cual pueden leer en el siguiente enlace.
Han sido varios los homenajes (artículos, crónicas, selecciones poéticas, etc.) rendidos a Arnaldo Acosta Bello a raíz de su muerte. Hoy, revisando el libro del cual publicaré dos breves poemas suyos, encontré un recorte de El Nacional, donde el maestro artista Pedro León Zapata le hizo su propio tributo en su columna “Zapatazos”. Se los reproduzco en una foto que hice de ese recorte.
Decidí esta vez escoger dos poemas de su último libro, publicado por Monte Ávila Editores, en noviembre de 1995, unos cinco meses antes de su muerte: Adiós al rey. Haré un comentario sobre ellos al final.
Debo vivir
En este cuarto solo, sin ninguna
voz distinta a la mía,
veo el ángel cargando a la luna
un rojo licor embriaga a los grillos
un aserrín oscuro sale de sus patas.
La mustia yerba que el verano ha dejado
recibe el aire tostado de la madrugada,
no quiere pudrirse. Como una mujer
se acuesta, se abre, aferra los cabellos,
besa y muerde los labios, los hombros
de una sed ardiente.
No es la garganta seca frente al lirio
lleno de agua, es la sangre que ahoga en su pantano
la pequeña vida de mis ojos, y debo vivir.
(Para Rowena Hill y Nancy Busch)
Nada
Cierta melancolía, cierto humor
revueltos en la taza del café.
Esta mañana tiene sin embargo
flores. El potro salvaje encierra
el relincho en su propia nariz.
La piel se estira cuando la lluvia
o las moscas llegan con sus patas frías.
Dentro de mí no pasa nada.
Considero que estos dos pequeños poemas del poeta Acosta Bello condensan el ánima de su poesía, quizás de su vida. Apreciamos en “Debo vivir” ese talante melancólico que la recorre en gran medida. Es la conciencia de la soledad frente a la imagen y al acontecer pequeño del mundo. La sensación de lo vital haciéndose metáfora en lo elemental, que también es deseo corporal, quizás ya ausente. El reconocimiento de “una sed ardiente” que pide seguir viviendo, casi como una resignación.
No otro sentimiento encontramos en “Nada”. En este tal vez sea más evidente. A partir de la vivencia concreta, se despliega el contraste, pues la melancolía se reconforta en las flores. Para mí la imagen más sorprendente y elocuente es la contenida en los veros 4 y 5: pareciera leer en ellos esa contención que ha llevado al dominio o la moderación necesaria para la despedida. Las dos imágenes siguientes son indudablemente melancólicas. ¿Alguien que se preparaba para la muerte? Y su verso final, no casualmente separado de la estrofa anterior, se nos impone como la verdad inobjetable de la vida solitaria.
Para terminar, leo en su poema del mismo libro, esta frase poética que conmueve: “Un pequeño error puede aproximarnos a Dios / más que una deslumbrante verdad”.
Referencias:
Acosta Bello, Arnaldo (1995). Adiós al rey. Caracas: Monte Ávila Editores.
En este enlace, otros poemas de Arnaldo Acosta Bello: https://vomiteunconejito.wordpress.com/2020/04/11/poemas-de-arnaldo-acosta-bello/
Un hermoso texto en homenaje a Arnaldo Acosta Bello: https://www.aporrea.org/cultura/a267997.html
