Para mi ciudad, nativa y raigal, en los 510 años de su fundación.
Una falsa ciudad se vende entre orlas y fuegos fatuos, brillando en las intermitencias de la hipocresía institucional, destino turístico impostado, hecho de pinturitas.
La otra cara, la que se esconde o maquilla, no levanta su grito, calla entre chantajes y apremios. Es la que muere gota a gota de una salud postergada; sin jeringas y suspirando ayudas. La que se cuece en hedores negros en sus calles, sin asfalto y sin luces. La que atraviesa sus puentes a punto de caer por sus bordes sin protección.
Esta es la verdadera ciudad de hoy, tan diferente a la Jerusalén ensoñada por Ramos Sucre, o a la “Atenas venezolana” elogiada hace dos siglos. Mermada en mucho, pero resistiendo por sus valores atesorados en tiempos por su gente noble.
En pie sigue, la Cumaná salobre, de encendidos y nostálgicos ponientes, y claras noches de luna y luces fugaces.
