A propósito de celebrarse mañana, 23 de abril, en todo el mundo de habla hispana, el Día de la Lengua Española, así como Día del Libro y la Lectura, instituido por la UNESCO en 1988, tomando como referencia la fecha de muerte de Miguel de Cervantes, autor de Don Quijote de la Mancha, publicaré en tres partes un ensayo mío escrito hace unos años, que permanecía inédito.
Se ha declarado muchas veces y por diferentes estudiosos el carácter fundante de la modernidad en narrativa que posee la novela Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Sea desde estudios con énfasis filosóficos, como en el caso de José Luis Aranguren, que en sus Estudios literarios formula a Cervantes como iniciador de la novela moderna. Sea en tratados más bien epistemológicos, como en Las palabras y las cosas de Michel Foucault, donde afirma a Don Quijote como la primera de las obras modernas. O en trabajos de naturaleza propiamente literaria, por ejemplo, el libro Estudios sobre el Barroco de Helmut Hatzfeld, quien sitúa a la novela de Cervantes como “el prototipo de la narración moderna”.
La fisonomía moderna de Don Quijote ha sido analizada, pues, desde diferentes ópticas y tomando en consideración variados aspectos. En un ensayo de la escritora y profesora venezolana (lamentablemente fallecida recientemente) Victoria de Stefano se aborda este sentido moderno expresado como “quebrantamiento de las formas”:
Valiéndose de la estructura épica y de una desmesurada libertad en el agregado de sus componentes, destruye la forma épica para recrear el género novelesco de la modernidad.
A partir de una materia preexistente y de una evolución del género —plantea Stefano—, se despliega un caudal narrativo que transfigura y metamorfosea las formas conclusas de la que se originaba.
Paradójicamente de un exceso de infinitud nacerá la nueva forma o, glosando la paradoja, de muchas finitudes una nueva infinitud: la novela.
1. Don Quijote o el juego barroco de los espejos
Este nuevo carácter inaugurado por Cervantes en su magna obra se comporta, en la fusión de forma y contenido, como “inestabilidad transmutante de la realidad”, en palabras de Aranguren, que, desde el nivel de la visualidad, puede caracterizarse como un juego de espejos.
Se constituye el Quijote sobre una constante intercomunicación de planos estructurales, anecdóticos, formales, simbólicos. Su composición, su trama (en el sentido de tejido) está dada por reenvíos, proyecciones, dobleces, reflejos de elementos reales e ideales y viceversa.
En suma, actúa en la novela una mecánica especular, y como tal inestable y mudable. Lo que permite establecer la vinculación estrecha entre la obra de Cervantes y la concepción barroca.
Como refiere Hatzfeld, estudioso del Barroco, esté posee una naturaleza prismática, reflectora y proyectadora de cada cosa sobre otra diferente, y precisa que:
(…) en las obras narrativas del Renacimiento todo aparece claro como el cristal, tanto en la forma como en el contenido; en la novela de Cervantes (…) todo es oscuro, indeciso, borroso (…).
La consideración de la presencia del Barroco en el Quijote ha llevado a Hatzfeld, Aranguren y al mismo Foucault a reconocer la analogía existente entre la novela de Cervantes y las pinturas de Velásquez, en específico Las meninas. Según este análisis, estarían presentes en ambas una técnica del espejo por la cual se juega entre interior y exterior del texto (de la novela, de la pintura) con perspectivas que reduplican la realidad, que desdoblan la historia y la visión de esta, lo que establecerá una realidad opaca y borrosa como resultado. Y he ahí su gran valor.
Lo especular barroco vehiculará, entonces, un carácter lúdico en el Quijote en distintos niveles de su configuración como obra. Estará presente en la movilidad de personajes reales convertidos en ficticios y viceversa, en la labilidad de realidad y realidad “encantada”, en el redoblamiento de la novela misma en partes que se reenvían mutuamente, en el mecanismo de caja china o de muñeca rusa que hace contener una historia en otra, etc.
Todo ello llevará a Hatzfeld a sostener:
No hay perspectiva, técnica de espejos, ni laberinto intrincado más barroco que el Don Quijote.
Continuará
Referencias:
Aranguren, José Luis (1976). Estudios literarios. España: Editorial Gredos.
Cervantes, Miguel de. (1952). El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. España: Ediciones Castilla.
Foucault, Michel (1978). Las palabras y las cosas. México: Siglo XXI Editores.
Hatzfeld, Helmut (1966). Estudios sobre el Barroco. España: Editorial Gredos.
Stefano, Victoria de (1980). “El Quijote o el quebrantamiento de las formas”, en Analítica nº 2. Caracas.
Gracias por su lectura.