La poesía española del siglo XX tuvo en el grupo de poetas que fue denominado por la crítica como generación de los 50, pues en esos años iniciaron su obra, una promoción que renovó la poesía, liberándola del peso de la “poesía social” y llevándola a una expresión más subjetiva, contemplativa, de tono cotidiano y conversacional. En ella resaltan los nombres de Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, Francisco Brines, José Ángel Valente, y, particularmente, Claudio Rodríguez.
Claudio Rodríguez murió el 22 de julio de 1999. Aunque lamentablemente no se le conozca mucho, es un poeta notable, considerado uno de los más importantes entre los españoles de la segunda mitad del siglo XX. En vida recibió muchos reconocimientos y premios, desde ser miembro de número de la Real Academia de la Lengua hasta ser acreedor de los premios Príncipe de Asturias de las Letras (1993) y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1993), entre otros.
De sus libros puedo mencionar Don de la ebriedad (1953, Premio Adonais), Alianza y condena (1965), El vuelo de la celebración (1976).
A continuación reproduciré tres poemas suyos muy representativos de su poética, a los que haré un pequeño comentario.
Un olor
¿Qué clara contraseña
me ha abierto lo escondido? ¿Qué aire viene
y con delicadeza cautelosa
deja en el cuerpo su honda carga y toca
con tino vehemente ese secreto
quicio de los sentidos donde tiembla
la nueva acción, la nueva
alianza? Da dicha
y ciencia este suceso. Y da aventura
en medio de hospitales,
de bancos y autobuses, a la diaria
rutina. Ya han pasado
los años y aún no puede
pagar todas sus deudas
mi corazón. Pero ahora
este tesoro, este
olor, que es mi verdad,
que es mi alegría y mi arrepentimiento,
me madura y me alza.
Olor a sal, a cuero y a canela,
a lana burda y a pizarra; acaso
algo ácido, transido
de familiaridad y de sorpresa.
¿Qué materia ha cuajado
en la ligera ráfaga que ahora
trae lo perdido y trae
libertad y condena?
Gracias doy a este soplo
que huele a un cuerpo amado y a una tarde
y a una ciudad, a este aire
íntimo de erosión, que cala a fondo
y me trabaja silenciosamente
dándome aroma y tufo.
A este olor que es mi vida.
(De Alianza y condena)
Lo cotidiano y sencillo, rasgos en los que se condensa la esencia de la vida, pueden encontrarse explícitamente en este poema de Claudio Rodríguez, conformado por el lenguaje de la prosa hecha verso libre. Advertir un olor, evocarlo, puede ser una experiencia de reconocimiento e identidad existencial. ¡Cuántos olores no pueblan nuestra memoria afectiva, y con o en ellos nos reconfortamos, como quien asiste a una ceremonia vital!
Hacia la luz
Y para ver hay que elevar el cuerpo,
la vida entera entrando en la mirada,
hacia esta luz, tan misteriosa y tan sencilla,
hacia esta palabra verdadera.Ahora está amaneciendo y esta luz de Levante,
cenicienta,
que es entrega y arrimo
por las calles tan solas y tan resplandecientes,
nos mortifica y cuida,
cuando la sombra se desnuda en ella
y se alza la promesa
de la verdad del aire.Es el olor del cielo,
es el aroma de la claridad,
cuando vamos entrando a oscuras en el día,
en la luz tan maltrecha por lo ciego
del ojo, por el párpado tierno aún para abrir
las puertas de la contemplación,
las columnas del alma,
la floración temprana del recuerdo.Tú, luz, nunca serena,
¿me vas a dar serenidad ahora?
(De El vuelo de la celebración)
Otro elemento ordinario, que está en nuestras vidas diarias y pasa frecuentemente inadvertido: la luz del día, sobre todo, la del amanecer; esa en que se va des-cubriendo ante nuestros ojos —dormidos todavía o desviados—, el milagro del ser, que se nos muestra como misterio a contemplar. En otro poema dice: “Cuanto miro y huelo / es sagrado”.
Ahí mismo
Te he conocido por la luz de ahora,
tan silenciosa y limpia,
al entrar en tu cuerpo, en su secreto,
en la caverna que es altar y arcilla,
y erosión.
Me modela la niebla redentora, el humo ciego
ahí, donde nada oscurece.
Qué trasparencia ahí dentro,
luz de abril,
en este cáliz que es cal y granito,
mármol, sílice y agua. Ahí, en el sexo,
donde la arena niña, tan desnuda,
donde las grietas, donde los estratos,
el relieve calcáreo,
los labios crudos, tan arrasadores
como el cierzo, que antes era brisa,
ahí, en el pulso seco, en la celda del sueño,
en la hoja trémula
iluminada y traspasada a fondo
por la pureza de la amanecida.
Donde se besa a oscuras,
a ciegas, como besan los niños,
bajo la honda ternura de esta bóveda,
de esta caverna abierta al resplandor
donde te doy mi vida.
Ahí mismo: en la oscura
inocencia.
(De El vuelo de la celebración)
Este poema de Claudio Rodríguez, que podría interpretarse como un texto en clave erótica, está configurado por una cierta ambivalencia, donde lo material —geográfico, ambiental— (caverna, bóveda, etc.) es usado de modo que crea fugas de significado de suma productividad poética. En lo personal, me quedo con la interpretación predominantemente erótica, de redescubrimiento en lo ignoto del sexo de la mujer.
Referencias:
Rodríguez, Claudio (1981). Antología poética. España: Alianza Editorial.
García J., Luis (editor) (2000). La promoción poética de los 50. España: Edit. Espasa Calpe.
Pueden acceder a poemas de Claudio Rodríguez en los siguientes enlaces: 1 y 2.
Gracias por su lectura.
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