Se cumple hoy (12 de mayo) un primer centenario del nacimiento de un importante escritor hispanoamericano, Marco Denevi. Supongo que en Argentina se estará celebrando tan relevante aniversario. Buenos Aires fue su lugar natal y de muerte en 1998. Denevi escribió novelas, teatro y cuentos. También se dedicó al periodismo en el diario La Nación e incursionó en la escritura de guiones para cine y televisión.
Algunas obras de Denevi alcanzaron éxito en vida del autor, como es el caso de su primera novela, Rosaura a las diez, de 1955, premiada y llevada al cine (puede descargarla en pdf en el siguiente enlace). Su obra teatral Los expedientes, de 1957, por la que recibió el Premio Nacional de Teatro. Y su novela corta (considerada cuento por algunos), Ceremonia secreta, de 1960, que fuera realizada como filme en 1968 por el destacado director inglés Joseph Losey (es posible descargarla como pdf aquí).
Se ha señalado entre los rasgos de su producción literaria lo policíaco y lo gótico, el carácter extraño y oscuro de sus personajes, y el componente irónico, aspectos que comparte con otros escritores de la gran literatura argentina.
Marco Denevi es uno de los más sobresalientes cultivadores del microrrelato, lugar que ocupa junto con el guatemalteco Augusto Monterroso y el mexicano Juan José Arreola. De su producción en esa línea destaca su libro Falsificaciones, de 1966. Por ser un subgénero por el que tengo una especial estima, me detendré un poco en esto, reproduciendo tres de ellos y comentándolos brevemente, a continuación.
Silencio de sirenas
Cuando las Sirenas vieron pasar el barco de Ulises y advirtieron que aquellos hombres se habían tapado las orejas para no oírlas cantar (¡a ellas, las mujeres más hermosas y seductoras!) sonrieron desdeñosamente y se dijeron: ¿Qué clase de hombres son estos que se resisten voluntariamente a las Sirenas? Permanecieron, pues, calladas, y los dejaron ir en medio de un silencio que era el peor de los insultos.
El precursor de Cervantes
Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.
Cuento policial
Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.
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En los tres minicuentos destaca la ironía, que en algunos casos se acerca al humor negro. Así también el carácter intertextual, bien sea por alusión a clásicos, o por su referencia genérica. Ambos rasgos son muy propios del subgénero, como ha apuntado su estudiosa Violeta Rojo (puede consultar su Breve manual para reconocer minicuentos en el siguiente enlace).
En el primero destaca la relación con el episodio de las sirenas en la Odisea, a partir del cual, a través de la perspectiva de estas (por supuesto, no presente en el canto clásico griego), se nos presenta una visión sarcástica de lo masculino.
En el segundo, se trastoca completamente, en un juego atrevido e igualmente irónico, la historia del Quijote como personaje y como historia, partiendo del personaje de Dulcinea del Toboso, que muere también afligida, como el Quijote.
En el tercer microrrelato, tenemos también un juego intertextual, pero esta vez con un género (subgénero, sería lo correcto) de la narrativa: el cuento policial, del cual Denevi fue seguidor y creador, como dijimos al comienzo. El microrrelato devela en sí mismo su carácter de artificio, como todo cuento, al seguir ciertas claves del estilo (Crimen y castigo, por ejemplo), exponiendo al final su propio sentido fantástico.
Si está interesado en leer microrrelatos de Marco Denevi, puede acceder a una buena selección en el blog de Ciudadseva (en este enlace)