En Venezuela, y también en muchas otras partes de Latinoamérica, se conmemora (o celebra) en el Miércoles Santo a la figura del Nazareno, es decir, la de Jesucristo sometido al sacrificio, que se identifica con túnica morada.
Es una tradición, que no identifico con una fecha, que habitantes —feligreses o no— asistan a las ceremonias religiosas de ese día para mostrar su gratitud al Santo, muchos de ellos penitentes, vestidos con túnicas moradas o violetas.
A propósito de esa referencia, sin ninguna intención de restarle valor religioso ni irrespetarla, escribí esta microficción.
Con su atavío morado, nazareno, caminaba hacia la procesión del Señor. Le dolían las piernas; se había puesto las alpargatas que guardaba para este momento, que ya le apretaban. Algo de malestar en el cuerpo quedaba de aquella enfermedad no identificada; no había podido ir al médico, pues el dinero no alcanzaba, y en el hospital público nada funcionaba. Apenas su sueldo, si se podía llamar así, solo le alcanzaba para medio comer él, su mujer y sus dos hijos.
Mientras seguía el camino a la iglesia Santa Inés, comenzó a escuchar una canción que bailó tantas veces en su juventud. Era Ismael Rivera, su preferido cantante caribeño. “El Nazareno”. Decidió quedarse escuchándolo, y su cuerpo comenzó a bailar en aquella calle solitaria de Cumaná. Todos dirían que estaba borracho, drogado o loco. Pero ese era su “Nazareno”
