Sir Henry Morgan despertó sobresaltado, con el corazón a mil por hora, en una habitación sin puertas ni ventanas. Comprobó que aún no podía moverse y quiso gritar desesperado, pero sus labios permanecían sellados. A pesar de la oscuridad, reconoció los dibujos del papel tapiz de la pared: un océano azul, profundo, surcado por un galeón amenazante, listo para la batalla.
Aunque todo había cambiado durante los últimos años, extrañaba su antigua tripulación, el salitre en sus fosas nasales, el canto de las gaviotas, las aguas del mar Caribe, atracar en algún puerto, saquearlo, tomar rehenes, reclamar los ducados, burlar la ley.
Lo único cercano a estos recuerdos era aquel papel tapiz, los harapos que vestía, las pistolas en el cinturón, la espada que colgaba a un lado y la sensación... de haberlos vivido intensamente.
Moría por salir de allí, robar un barco, hacer una parada en la Isla de la Tortuga, abastecerse de ron, volver a zarpar, llegar a Jamaica, rodearse de sus mujeres y tesoros, para luego planear su venganza.
Recordaba el saqueo de Portobelo, las tretas realizadas en Maracaibo, la toma de Panamá, la cárcel de Londres, el Rey nombrándolo caballero y gobernador. Se maldecía por recordar y cerraba los ojos para sumirse en una oscuridad más profunda. Se adormecía pronto y espabilaba aterrado.
La pesadilla.
Cuando cedía al sueño... volvía. Y siempre era igual.
Las paredes temblaban. El piso se estremecía. El techo era arrancado de súbito. La luz inundaba aquella cárcel a la que había sido condenado. Una mano gigantesca lo apretaba con fuerza, lo sacaba de allí y lo exhibía frente a una cara grotesca, mientras la otra mano de aquel ser, que parecía un niño de mil metros, comenzaba a estirar sus extremidades.
Sir Henry Morgan quería gritar, como todas las almas en el infierno, pero lo único que resonaba en la habitación era una voz infantil:
—¡Mamá, este muñeco no sirve para nada! ¡No se estira como yo quería! ¿Por qué me compraste un muñeco de Morgan? Yo quería el de Luffy. ¿Me oyes, mamá? ¡Mamá!