Resumen: Marta fue llevada a consulta contra su voluntad porque su hija piensa que ha enloquecido.
(La hija se va a trabajar y Marta queda a solas con el doctor, quien le pregunta cómo se encuentra).
¿Cómo estoy? Está bien, se lo diré. Al parecer usted es el único que quiere escucharme. Al fin y al cabo mi hija piensa que me he vuelto loca, que estoy senil; pero se equivoca, doctor. Tengo setenta años y aún conservo los recuerdos de mi infancia, lo que comí la semana pasada y cada una de las noticias que dieron ayer por la mañana mientras mi hija se arreglaba para ir al trabajo. Podría contarle incluso cómo conocí a mi primer amor, si tuviéramos tiempo. O citar las amables palabras que usó aquel hombre guapo cuando quiso abusar de mí y yo solo tenía trece años.
Hay cosas en esta vida que no se olvidan, ¿sabe?
Mi marido sirvió toda la vida a su país: fue capitán del escuadrón fronterizo que hoy todos recuerdan como héroes. Sus responsabilidades eran tan grandes que conoció a nuestra hija cuando ella estaba por cumplir su primer año de edad. Nunca le reproché nada. Solo pedía a Dios por su salud y que regresara a casa sano y salvo. Pero hace treinta años, en una incursión, los rebeldes acribillaron a todos sus hombres y él desapareció misteriosamente. Tras meses de búsqueda infructuosa, los altos mandos del ejército se dieron por vencidos y lo declararon muerto en combate. ¡Esos canallas! ¡Si tan solo se hubieran esforzado! Creen que un funeral digno es suficiente… ¡qué equivocados están!
Mi marido no está muerto, doctor. Anoche mientras veía las noticias sobre lo ocurrido en la costa, vi a un hombre sentado en uno de los bancos del muelle observando el atardecer, y le puedo jurar que era él. Mi hija no me creyó y me trajo aquí a hablar con usted; pero no tengo tiempo para esto. Ahora, si me disculpa, iré a jalarle las orejas a ese sinvergüenza... ¡aunque me toque buscarlo por todas las playas del país!