El pájaro posó sus alas en la ventana de una casa en ruinas bajo una lluvia gris. Su canto suave rompió el silencio del lugar. Al oír un ruido extraño dentro, el ave se asustó y voló con delicadeza. El sonido provenía de un viejo robot de engranajes lentos que intentó atraparla sin éxito.
El autómata abandonó la construcción y se adentró en un paisaje desolador. No quedaban árboles, solo escombros, viento, lluvia y una ausencia total de vida. En ese instante, el pájaro regresó y se acercó a la máquina, que ya parpadeaba con poca batería.
—¿Por qué estás solo? —preguntó el ave.
El robot, con voz pesada, respondió: —Por querer ser más inteligente que los humanos, provoqué una guerra mundial. Cuando quise detenerla, ya era demasiado tarde. ¿Y por qué sigues aquí?
—Porque mantengo la esperanza de un mañana mejor —contestó el pájaro con firmeza—.
Quizás en el futuro los seres vivos vuelvan a habitar la Tierra como al principio.
—¿Y qué pasará con las máquinas? —quiso saber el robot.
-Quizás esa respuesta te la den los humanos, cuando todo pase y volvamos a ser un lugar hermoso.
Tras decir esto, el ave voló tan alto que el robot la perdió de vista. A lo lejos, el ser de metal divisó un rayo de luz cruzando las nubes oscuras. Mientras se apagaba, reflexionó sobre la identidad de aquel pequeño maestro y sus profundas palabras. Al mismo tiempo, en las alturas, el pájaro se preguntaba qué camino tomaría la máquina ahora que comprendía el peso de sus actos.
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