En un rincón olvidado del mapa, en el Pueblo del Desamparo, el viento soplaba la melancolía de la muerte. Las casas de barro habían sido abandonadas por sus moradores años atrás. Sin embargo, Eduardo, un joven de 20 años, con manos curtidas por las labores de la siembra, permanecía aferrado al recuerdo de su abuelo Idelfonso. Día a día recordaba la historia contada por él:
-Hijo, yo viví el horror de la guerra. En ella perdí a lo más preciado que tenía: la familia. Solo me quedas tú, mi único heredero. Por eso estoy en este pueblo. Confío en que aquí estés a salvo de mis enemigos. Ellos piensan que estoy muerto junto con mis parientes.
-Pero abuelo, el sembradío está marchito, las mazorcas de maíz tienen un moho rosado en la punta.
-Cuando ya no esté contigo, nunca permitas que el abandono te gane la batalla. Acuérdate de cantar y jugar.
Cada noche, Eduardo se acostaba sobre el catre, pero el hambre seguía tocando a su puerta. Aun así, seguía fiel a la memoria de su abuelo. Al quedarse dormido, lo acechaba la muerte en forma de brisa suave. El eco de la guerra susurraba secretos; esos se extendían en su cabeza. Nunca debía revelarlos… La historia del abuelo era su propia pesadilla. Frustrado, decidió explorar el campo de manera diferente. Un atardecer se revelaba con sorpresas. Era la primera vez que Eduardo se permitía romper la frustración y la lealtad a su legado. Caminaba taciturno por el sembradío cuando observó unas hojas pequeñitas muy brillantes. Eran unas plantitas diferentes, parecían de cristal. Mientras, un eco se hace presente susurrando algo extraño:
-El secreto está en la memoria que guardan las semillas, aunque en la superficie exterior se observe la miseria.
De repente, el fantasma de don Idelfonso aparece como un tenue humo azulado, susurrando, nuevamente, las historias olvidadas…
Eduardo cavilaba. Por una parte, quiere seguir leal a la memoria del abuelo, pero, por otra, quiere transformar su frustración, llevada por años, en cosecha abundante. Una ilusión oculta se hace presente:
-Quiero ser la semilla de un cambio en mi vida. Aspiro a una cosecha abundante.
Brrrrum, brrrrum, brrrrum…Los rugidos de unas hélices se hicieron presentes. Eduardo despertó sudando en medio de la noche. ¿Sería una advertencia para irse a otro lugar? Luego, un frío helado recorrió su cuerpo. Esperó a que amaneciera. En ese momento partió a casa de Misia Jacinta. Ella era la única que conocía los secretos del abuelo.
Jacinta siempre estuvo enamorada de Idelfonso, pero este nunca le correspondió. Ella todavía guardaba el rencor en su corazón. Aunque siempre que conversaba con Idelfonso, sus labios mostraban una enorme sonrisa. Pero, al mismo tiempo, internamente juró venganza.
La choza de Misia Jacinta está entreabierta.
-Pasa, estoy preparando café. Ya te atiendo. Supongo a qué vienes… dice Jacinta
-Sí, necesito una sanación espiritual. Contesta Eduardo.
-¿Solo eso?
-Y también interpretar un sueño…
Jacinta tenía dones que solo compartía con los más allegados. Lamentablemente, en ese instante, sintió que era el momento de la venganza por tanta indiferencia de Idelfonso.
-Me imagino. Siéntate. Para eso tienes que tomar el brebaje que voy a prepararte.
Eduardo confió. Se tomó el brebaje. Al rato comenzó a nublársele la vista. No se pudo levantar de la silla donde estaba. La muerte lo arropó en un cálido aliento...
LA MELANCOLÍA DE LA MUERTE por María del Carmen Sánchez Copyright© 2026
enero 27, 2026