Fotografía de Janosch Lino descargada gratis de Unsplash
Apenas él recitaba poemas, ella, apretando los muslos, perdía la quietud. Se agolpaban sobre su vientre todas las ganas. Salvajes las ganas, exasperantes las ganas, como las cosquillas que se alojan en la planta de los pies al subir por las paredes. Procuró al inicio ahogar el deseo que con cada verso la enervaba, a fin de cuentas, él nunca hacía otra cosa que leer. Desde su elitismo repugnante pretendió ignorarla, sin saberse esgrimido poro a poro, a merced de su lujuria. Pero llegado al punto, ella dejaba de oír, bastaba con el movimiento de sus labios. Con cada molde a las letras sentía erguirse los pezones. La miraba, allá casi al fondo, retorcerse sobre la silla, cerrar los ojos, morder los labios. En su alter de alfa inamovible se sabía objeto, material para el desquite de todos los sexos. Cuando la supo al borde, ocupó la pose habitual ante el colapso; echándose adelante, con los codos descansados sobre las piernas largas y duras, sostuvo el libro entre ambas manos y leía, leía. Por los ojales sueltos de la camisa un par de músculos firmes matizaban su voz. Levantó la vista a tiempo, y de soslayo torció un gesto lascivo. Ella se dejó ir entre los aplausos de la multitud.