Los días que siguieron a aquella noche extraña, las cosas cambiaron en La Fantaisie. Fabrizzio logró concretar sus trámites para reconocer a Jack como hijo legítimo y único heredero de cuanto poseía, pero además todos en el circo notaron algo extraño en el comportamiento del muchacho que de repente, se volvió distante y tímido, dejó de molestar a los gitanos y principalmente a Bernardette, de hecho, trataba de evitarla lo más posible, como si huyera de ella, pero lo que más llamó la atención de todos, fue la manera en que él descuidó su apariencia. Ya no vestía de forma elegante, sino con lo primero que encontraba, no se preocupaba por cepillar su cabello, a veces solo se limitaba a atarlo en una coleta y ya no se afeitaba con frecuencia, por lo que su cutis, que antes tenía la apariencia de la porcelana y la suavidad de la seda, se cubrió de una fina y escuálida barba rubia.
Bernardette se levantó temprano aquella mañana lluviosa, ordenó el interior de su carpa y posteriormente se fue a preparar el desayuno de Monsieur Buonarotti. Cuando hubo terminado allí, dejó la comida (cubierta por una paño) sobre la mesa para que dispusiera de ella en cuanto despertara, se puso una capa impermeable por encima y salió corriendo hacia su carpa, pero cuando estuvo a punto de entrar en ella se llevó una gran sorpresa al ver en medio de la bruma que formaba la lluvia, la figura difusa de un hombre que acariciaba a los caballos. No sabía de quien se trataba, pero sentía la necesidad de averiguarlo...
—¿Quién es usted? —gritó desde el umbral de su carpa, pero no hubo respuesta.
Algo temerosa y armada con un palo que recogió del suelo, se acercó un poco más a aquel hombre y volvió a formular la pregunta, una vez más la respuesta fue el silencio alterado solo por el silbido del viento y el chapoteo de las gotas de agua cuando caían al suelo formando charcos.
Bernardette se atrevió a acercarse y entonces advirtió que aquel hombre estaba descalzo, tampoco llevaba camisa y se cubría el torso y la cabeza con una gruesa manta verde oscuro, totalmente empapada por la lluvia.
Él temblaba mientras miraba y acariciaba con aire taciturno a Pegazzo, el caballo de Bernardette. El hombre se giró con parsimonia, alzando por fin la mirada y entonces ella advirtió con suma sorpresa que se trataba de Jack Robinson.
Era extraño verlo así, entonces Bernardette sintió una punzada de dolor en el corazón. Pese a detestarlo, advirtió que el deplorable estado del muchacho la conmovía sobremanera. Su acostumbrada altivez había decaído al igual que su apariencia y de alguna forma esto la afectó.
—Jack ¡Por Dios! ¿Qué te sucedió? —preguntó poniéndole una mano en el hombro.
Él, al advertir su presencia, se echó para atrás para evitar su contacto.
—¿Por qué estás bajo la lluvia? ¿Qué fue lo que te ocurrió? —volvió a preguntar la mujer.
—Por favor, no me toques, Bernardette, no soy digno —respondió Jack en medio de espasmos de llanto.
—Pero ¿qué dices? Déjame ayudarte a llegar a tu carpa.
—¡No, Bernardette! —objetó Jack—. Por favor, déjame aquí, lo merezco.
—Deja de decir estupideces y ven conmigo de una vez —rebatió la mujer, tomándolo por la cintura mientras pasaba uno de los brazos de él por encima de su cuello para ayudarlo a caminar. Al fin él permitió que lo ayudara y así se dirigieron hasta la carpa de él.
Bernardette entonces lo despojó de la manta mojada y lo ayudó a recostarse en la cama. Él continuaba temblando y entonces Bernardette comprendió que debía tener fiebre.
Ella salió de la habitación para ir a prepararle un té, no sin antes pedirle que se cambiase de ropa, luego regresó con lo prometido, encontrando al muchacho hecho un ovillo entre las sábanas.
—¡Bebe esto, Jack! te hará bien —dijo con voz dulce, empezaba a preocuparse cada vez más debido a su extraña actitud.
Él le obedeció, pero aún no se atrevía a mirarla y mucho menos a hablarle.
—¿Ahora puedes decirme qué rayos hacías allá afuera bajo la lluvia? —inquirió Bernardette, cansándose de aquel monólogo.
—Gracias por preocuparte pero si me permites... quiero estar solo, Bernardette —respondió sin siquiera mirarla.
—¿Bernardette? —repitió ella extrañada—. Es raro que me llames así.
—¿Acaso no es así como siempre has querido que te llame? —terció.
—Pues sí pero...
—¡Vete, por favor! Si es posible huye de este lugar... Vete lejos.
Bernardette salió de aquella carpa bastante desconcertada, se dirigió a la suya para recostarse un rato porque con ese torrencial no había mucho que hacer afuera, estaba muy desconcertada pues la actitud de Jack recordaba a la de... Janosh, pero él nunca antes... ¿estaría borracho tal vez? peor no lo parecía.
Para tratar de distraerse del asunto se dedicó a observar un viejo álbum de fotografías que le pertenecía a su madre y que una vez Fabrizzio le entregó.
Allí estaba Gabrielle, sonriendo mientras sostenía a una bebé de unos seis meses en brazos (sin duda debía ser ella, Bernardette). Detrás estaba su esposo, Jean Paul con un cachorro de león en los brazos.
Bernardette sonrió con tristeza mientras escuchaba de fondo el sonido que emitían las gotas de lluvia al impactar contra la gruesa lona de la carpa, queriendo perforarla. Afuera, un grupo de niños gitanos chapoteaba en los charcos y algunos de ellos se arrojaban bolas de barro al tiempo que Fabrizzio desde su tienda los observaba con desdén...
La lluvia se estaba tornando más fuerte, era casi un diluvio y los gitanos, así como los demás habitantes del circo, comenzaron a temer que se les inundaran las tiendas o que la lona no fuese lo suficientemente fuerte para resistir las embestidas del viento que amenazaba con arrancar hasta los clavos que sujetaban la gran carpa; por lo tanto, Branco ordenó que metieran a los niños y se plantó en medio de la lluvia con los brazos extendidos al cielo clamando al profeta Ilias para que dejara de llover.
Los mosqueteros, después de reforzar sus carpas, ayudaron a los demás con las suyas. Clavetearon un poco aquí y un poco allá hasta que estuvieron seguros de que el fuerte viento no se llevaría sus refugios.
—Es en estos momentos en los que de verdad ansío tener una casa de concreto o madera —comentó Porthos, exhausto, con el martillo en la mano mientras se apartaba un mechón de cabello empapado de la frente.
—¿Estás loco? —preguntó Renzo, tiritando de frío y entrecerrando los ojos para que la lluvia no los lastimara—. Yo ya no podría vivir en esas condiciones, me sentiría encerrado.
—¿Acaso recuerdas la casa de tus verdaderos padres, aquella donde vivían tú y Luna antes de que los adoptaran los gitanos? —preguntó Arthor con curiosidad.
—Solo un poco —respondió el muchacho—. Tengo vagos recuerdos pero solo sé que adoro sentirme libre.
—Parece que ya está dejando de llover —anunció Aramis.
—Sí, es que el profeta Ilias nunca le falla a los gitanos —respondió Renzo orgulloso—, al menos eso dice mamá —agregó con un encogimiento de hombros
En efecto la lluvia estaba mermando con sorprendente rapidez, solo caían escuálidas gotas de lluvia que dibujaban ondas en los charcos.
Ese día era lunes y afortunadamente no habría función, pero sí mucho por hacer porque con el aguacero se había esparcido el heno por todas partes al igual que el lodo, y los animales estaban bastante sucios, por lo tanto todos debían ponerse manos a la obra y por supuesto Bernardette tenía órdenes de su protector de trabajar junto a los demás, solo que al menos a ella le tocaban los trabajos menos fuertes.
Renzo se acercó a Danitza para pedirle, con timidez, un poco más del chocolate caliente que ella estaba sirviendo.
Sus cabellos rojos, que al estar mojados se le pegaban al rostro y esos ojos azules puestos en ella lo hacían ver muy atractivo. Eran rasgos que contrastaban con aquella pañoleta que llevaba atada en la cabeza y esa camisa holgada. Sus facciones sin duda alguna eran las de un payo, pero también se notaba la insistencia del muchacho en lucir, con orgullo como uno más de los miembros de la comunidad gitana en la que había crecido.
Él estaba atento a la muchacha, su era muy guapa, de piel aceitunada y ojos café, sus largos y negros cabellos ensortijados en ese momento no bailaban al compás de la excesiva brisa debido a la humedad que portaba, pero aún así lucía hermoso como cada rasgo en ella, ahora que finalmente había aceptado a vivir bajo sus propias costumbres.
Unas horas más tarde, cuando ya el trabajo estaba hecho, los dos conversaban a solas para la sorpresa de todo el mundo que en otras ocasiones los habían visto discutir por cualquier cosa, sobre todo debido a la incompatibilidad de pensamientos en ambos y a esas ironías que tiene la vida cuando un payo quiere ser gitano, y una gitana quiere convertirse en gachí. Cada uno negando su propia naturaleza hasta advertir que son precisamente las diferencias las que identifican a los seres humanos como únicos en el mundo.
—¿Y a estos dos qué les pasa? —preguntó Luna extrañada, señalando a la pareja a lo lejos.
—A qué te refieres exactamente? —inquirió María con tono divertido.
—Antes no se soportaban y ahora ¡míralos!
—Danitza de nuevo es una de nosotros, así que supongo que tu hermano no pudo resistirse a sus encantos.
Por la tarde, Jack estaba más recuperado y por lo tanto decidió salir de su carpa. Llevaba puestas unas botas de hule para poder andar en el terreno fangoso que había dejado la intensa lluvia a su paso. A duras penas se había peinado el cabello y su aspecto no era para nada el de siempre.No había nadie más fuera de las carpas, excepto él y uno que otro trabajador encargado de la pista o de los animales.
El aire aún estaba cargado de humedad, incluso algunas finísimas gotas caían desde el cielo, completamente gris. Era un escenario compatible con todo lo que el joven domador estaba sintiendo dentro de sí, porque físicamente estaba restablecido, ya que no había rastros de fiebre, pero emocionalmente estaba devastado...
Todavía no podía creer todo lo que Monsieur Buonarotti le había revelado. ¿Cómo era posible que aquella muchacha tan cándida y dulce tuviese que morir? ¿Por qué tenía que ser él, precisamente el elegido para llevar acabo aquella absurda y horrible profecía? ¿Lograría reunir el valor suficiente para revelarse contra la orden? ¿Sería más grande el amor que sentía por Bernardette que el miedo hacía Fabrizzio y su extraña organización secreta?
Todas esa preguntas se agolpaban en la turbulenta psiquis de Jack Robinson mientras caminaba hacía la entrada principal del circo, escuchando de fondo los lejanos rugidos de los leones y el relinchar de los caballos.
El hombre llegó al fin a la entrada principal y se recostó de las verjas, inclinándose hacia adelante sin dejar de ver el poster de Fabrizzio que anunciaba las funciones y que ese día específicamente notificaba que no habría show por ser día lunes, el día de descanso para los artistas y demás trabajadores de la empresa itinerante.
Jack desvió la vista del poster para posarla sobre un carruaje que en ese momento se estacionaba frente al circo. Vio entonces a un hombre de cabello canoso, vestido con capa que se bajaba del carruaje y le pagaba al conductor. Por un momento pensó que aquel hombre seguiría su camino pero no fue así, se encaminó hacia la entrada del circo, pero se detuvo un momento al parecer para leer las letras que lo identificaban y que estaban sobre la carpa, luego continuó avanzando hacia Jack y al llegar le preguntó, con un marcado acento italiano, si allí vivía o trabajaba Fabrizzio Buonarotti.
Él sabía que Monsieur Buonarotti odiaba que lo molestaran los lunes porque era su día de descanso, así que solo se limitó a asentir, no lo invitó a pasar. El hombre entonces le preguntó si Fabrizzio era el dueño del circo, Jack respondió afirmativamente, aunque estaba ya bastante contrariado por las preguntas del extraño caballero italiano.
—¡Oh! Disculpe que no me haya presentado —se excusó el hombre, quitándose el guante de la mano y extendiéndosela a Jack para que la estrechara—. Mi nombre es Geraldo Millani y conozco a Fabrizzio desde su juventud. No puedo creer que por fin lo haya encontrado.
Inmediatamente aquel nombre le fue familiar a Jack, le recordó la conversación que tuvo con su padre en el templo hacía algunos meses cuando le reveló su origen.
Geraldo era nada más y nada menos que el hermano de Ludovica Millani, su madre, por lo tanto era su tío materno. ¿Se trataba del mismo Geraldo Millani del cual Fabritzzio le había comentado? El joven entrenador palideció y no pudo pronunciar más palabras, solo contemplaba a aquel caballero que segundos antes era un completo desconocido y ahora un posible pariente.
—¡Eh! ¡Muchacho! —lo llamó Geraldo, blandiendo la mano en el aire ante sus ojos para comprobar sus reflejos, haciendo que éste se espabilara—. Solo quería hablar con Fabrizzio. También poseo un circo, bueno, mis hermanos y yo somos los dueños. He venido desde muy lejos, Ucrania, allí está mi circo ahora. Llevo muchos años buscando a Fabrizzio y al fin creo que lo he encontrado. Realmente necesito hablar con él, ¿se encuentra? —dijo esto último tratando de entrar, pero Jack le puso una mano en el pecho para impedir que avanzara.
—Me gustaría hablar con usted antes de que hable con él ¿me permite? —tanteó con tono de súplica.
Geraldo se desconcertó un poco, pero accedió.
—Disculpe que no le permita pasar ¡espéreme un momento! vuelvo enseguida, no tardaré —dijo el joven rubio antes de acudir a su carpa.
Volvió solo cinco minutos después vistiendo una capa de viaje, unos guantes y unas botas más decentes, además se había recogido el cabello en una coleta y todo esto le había devuelto en parte su anterior majestuosidad.
Jack detuvo uno de los numerosos carruajes que pasaban por la concurrida avenida que estaba frente a la fachada del circo y ambos se subieron a él. Geraldo continuaba bastante contrariado y quiso saber la razón por la cuál Jack no le permitió hablar con Fabrizzio. Éste le contestó que era imperativo hablar primero con él.
El carruaje se detuvo frente a la fachada de La petite prairie, el restaurante. Tomaron asiento y el joven pidió solo café para él y su acompañante. Comenzó a hablar pidiéndole a Geraldo que le contara el motivo de su visita y qué era lo que lo conectaba con Monsieur Buonarotti. El hombre lo miró confundido y le contestó con otra pregunta...
—¿Por qué te interesa tanto eso?
—Es natural que usted se extrañe por mi interés. ¡Discúlpeme! hasta me he olvidado de decirle mi nombre, soy Jack Robinson —dijo—. Lo que sucede es que su nombre me es muy familiar, señor Millani. Tengo un parentesco con Monsieur Buonarotti y él me ha hablado de usted, al menos eso creo —concluyó para darle más confianza al caballero y al parecer funcionó.
—¿En serio? ¿Y qué clase de parentesco te une a él? — inquirió con un brillo en los ojos.
—Lo conozco bien, más de lo que pueda imaginar... de hecho soy... Todavía no me acostumbro a decirlo pero... soy su hijo.
Geraldo se quedó perplejo, su níveo rostro palideció todavía más con aquella revelación.
—¿Quién es tu madre? —preguntó Geraldo, entornando los ojos, dubitativo.
—Le seré franco —respondió el joven después de una fuerte exhalación—. Soy el hijo de Ludovica Millani, su hermana, lo que me convierte en...
—Mi sobrino —completó Geraldo con una amplia sonrisa y un brillo radiante mientras se incorporaba del asiento.
Jack también se incorporó del suyo y sin resistirse, recibió el abrazo de su tío.
—¡Ragazzo! —exclamó Geraldo con voz trémula—. He venido desde Ucrania solo para saber de ti, pero ¡Qué casualidad!
—Tal vez no sea casualidad —respondió Jack—, tal vez Dios nos ha unido hoy para que yo conociera más sobre mi origen.
—Y para que yo encontrara las respuestas que he buscado por años. Sí, a eso he venido, en busca de respuestas —contestó Geraldo con firmeza mientras se secaba algunas lágrimas con el pañuelo—, y sobre todo quería saber de ti. Ahora que te he encontrado no necesito parlare con él.
—Yo también quiero respuestas —añadió Jack, mirándolo con los ojos vidriosos—, necesito conocer a fondo mi pasado, como era mi madre. Él me contó algo, pero definitivamente ya no sé ni qué pensar...
—¿Qué te contó? —preguntó Geraldo, inquieto.
Jack se quedó mirando al piso, dudaba en contestar... ¿debería contarle la historia de Fabrizzio a un hombre que al fin y al cabo acababa de conocer?