Jack le contó al hombre la historia que le había narrado Fabrizzio, aquella sobre cómo había sido expulsado del circo Millani tan solo por amar a Ludovica, y como el padre de ésta, al morir ella había mandado a deshacerse del bebé que había tenido y que por lo tanto el mismo Geraldo se lo había entregado a Fabrizzio junto con una cantidad considerable de dinero en un intento por salvarlo. Geraldo parecía crispado por la rabia, la indignación y el dolor con cada palabra que salía de los labios de Jack. Sus ojos, antes llorosos, fueron adquiriendo el aspecto de dos llamas ardientes.
—Como te dije antes, yo conozco a Fabrizzio desde que éramos jóvenes y él trabajaba en el circo de mi padre, que ahora me pertenece a mí y a mis hermanos. Él tuvo un romance con la mía sorella (mi hermana) y ambos tuvieron un figlio (hijo) pero mi hermana falleció en el parto, al parecer tenía un bajo nivel de sangre en el cuerpo. El caso es que ni mi padre, ni mis hermanos, ni yo estuvimos de acuerdo con la relación que Ludovica sostenía con él debido a su manera de ser... Tenía extraños hábitos.
A este punto del relato Jack se mostró mucho más interesado, incluso dio la impresión de que no advertía nada más en su entorno, solo la voz de Geraldo.
—¿Qué clase de hábitos? —inquirió curioso—, sé que él es un tanto peculiar.
—¿Extraño, dices? —preguntó el hombre—, él es más que extraño, es un maniático.
En ese momento un camarero los interrumpió para darles la carta. Ambos solo ordenaron café nuevamente sin siquiera mirar el menú y continuaron con la conversación.
—¿Usted dice que él era un loco? —preguntó el joven teniendo una ligera sospecha.
—Sí, discúlpame, no debí expresarme así de tu padre —respondió Geraldo.
—No, no se preocupe, yo solo quiero escuchar la verdad por extraña o dolorosa que sea.
—Muy bien, es que no sé cómo decirte questo (esto) —dijo Geraldo con una mano en el mentón mientras en su mente evocaba viejos tiempos y se estremecía en el asiento. Jack no pasó por alto este gesto.
—Por favor —insistió—, necesito saber, se trata de mi madre y de él, es decir, de mi origen. Estoy en un punto de mi vida donde por primera vez no sé qué hacer ni que pensar, sé que he sido un cobarde toda mi vida, pero realmente ésta es la primera vez que tengo miedo.
Era muy extraño que dos personas que hacía tan solo unos minutos eran unos completos desconocidos, se estuviesen revelando mutuamente aspectos de su vida que eran de suma importancia, pero resultaba evidente que ambos conocían una parte de Fabritzzio que el otro ignoraba, y era preciso que los dos fuesen sinceros aunque les costara trabajo confiar.
Geraldo miraba a Jack con atención. Los ojos grises del muchacho, tan parecidos a los de su padre, en ese momento se ensombrecieron e incluso se tornaron cada vez más anegados. Aquel joven que apenas estaba conociendo le había tocado el corazón, después de todo era su sobrino.
El joven mesero regresó con una bandeja sobre la cual estaban dos tazas de café y una azucarera. Ambos comensales agradecieron y volvieron a lo suyo.
—Sé también que mi padre... bueno que... —Jack estuvo a punto de revelar algo pero prefirió reservárselo a último momento, sería mejor escuchar el relato de Geraldo primero.
—¿Sí? —inquirió el forastero.
—Solo sé que es un hombre bastante difícil —puntualizó al fin el joven llevándose la taza de café a los labios sin comprobar antes la temperatura, lo que lo hizo dar un respingo de dolor, estaba bastante nervioso.
—¿Estás bien? —preguntó Geraldo.
Jack asintió, secándose los labios con una servilleta.
—Bien, muchacho —volvió a hablar el italiano con su marcado acento al tiempo que colocaba dentro de su taza un par de cucharaditas de azúcar—. Questo que vas a oír no es nada común. Debo decirte que tu padre sí que tenía costumbres raras. Fue lo que nos llevó a echarlo de nuestro circo.
—Lo escucho—instó el joven con el latiéndole con violencia dentro del pecho.
—Fabrizzio —continuó el hombre luego de aclararse la voz y darle el primer sorbo a su café—, era un ragazzo bastante introvertido cuando llegó al circo de los hermanos Millani, o al menos eso aparentaba. Solo tenía dieciocho años de edad y dijo que recién había salido de un orfanato regido por monjes dónde solo hospedaban menores de edad y por lo tanto él debía buscar como ganarse la vida.
Le dijo a mi padre que lo único que sabía hacer a la perfección eran trucos de magia además de malabares y algunos chistes. Contó que era lo que hacían los huérfanos para ayudar a sostener el hospicio. Mi padre ya tenía un mago en escena, así que no podía darle el empleo, sin embargo la historia de Fabrizzio lo conmovió, lo que lo llevó a emplearlo como payaso.
Geraldo tenía la mirada perdida en la lejanía, evocando aquellos días en su memoria.
—Fabrizzio pareció un poco decepcionado pero al final decidió aceptar lo que se le ofrecía. Era callado, bastante retraído e introvertido, solo parecía interesado en la lectura de un viejo libro de aspecto misterioso, en fin, todo lo contrario a lo que se espera de un payaso. No obstante en escena era alguien diferente, se transformaba por completo: era gracioso y animado en extremo. Hacía figuras con globos para los niños, contaba los mejores chistes y hacía reír a todo el mundo. La gente lo adoraba.
En ese momento Jack comenzó a recordar cómo se trasformaba la acostumbrada actitud huraña de Fabrizzio cada vez que salía al escenario convertido en el mago Hazzan. Era como un actor que se despoja de su propia piel para habitar la de un personaje completamente distinto.
—Pero fuera de escena —Geraldo continuó con el relato—, seguía siendo el mismo ragazzo solitario de siempre.
Era atractivo lo que provocaba que las jovencitas suspiraran por él, y la mía sorella (mi hermana) no fue la excepción. Ella comenzó a tener un romance con él, lo supe porque me propuse vigilarla ya que noté que había algo entre ambos. Ludovica parecía encantada con él, casi lo idolatraba, consiguió incluso que mi padre acomodara a Fabrizzio en una carpa mucho mejor que la que tenía. Nadie se oponía a su romance hasta que... bueno... hasta que sucedió lo que sucedió.
—¿Y qué fue lo que sucedió exactamente? —inquirió Jack.
—Cuando supimos que Ludovica estaba embarazada, mi padre, mis hermanos y yo nos pusimos furiosos, lo admito, pero aun así no echamos a Fabrizzio del circo, sino al contrario, permitimos que se quedara para que trabajara todavía más duro por ella y... por el bebé que venía en camino. Mi padre quería que Ludovica se casara con Fabrizzio para lavar su honra, pero ninguno de nosotros tres (mis hermanos y yo) estuvimos de acuerdo. No obstante se casaron en una pequeña ceremonia llevada a cabo en medio de la pista del circo.
A medida que Geraldo avanzaba en el relato, Jack notaba como sus manos se tornaban cada vez más temblorosas.
—Solo le dirigíamos la palabra a Fabrizzio para lo estrictamente necesario. Lo veíamos como un oportunista incapaz de respetar a nuestra hermana solo por conseguir su propósito. A ella no podíamos dejar de hablarle, al fin y al cabo era nuestra única hermana, pero sí estábamos molestos y dolidos con ella —Geraldo sacó un pañuelo de su bolsillo y se enjugó algunas lágrimas que comenzaron a emerger de sus ojos—. Lo siento, Ragazzo —se excusó y luego continuó—. A medida que pasaban los meses, ella comenzó a descompensarse, cada vez la veíamos más pálida. Fabrizzio insistía en permanecer a su lado, quería cuidarla —rió con tristeza e ironía al decir esas últimas palabras.
—¿Estaba enferma o era yo quien hacía que ella se enfermara? —preguntó Jack con pesar.
—No tiene nada que ver contigo, Jack —respondió el italiano—, ella estaba enferma por otras razones y cada vez que él la veía débil, insistía en darle remedios que solo él conocía: pociones, brebajes, cosas que de verdad daban resultados favorables, pero él parecía especialmente interesado por ti, más que en ella. Decía que era preciso, absolutamente necesario que nacieras sano, pero un día descubrí algo horrible... —Geraldo dejó descansar la taza, ahora vacía, sobre el platito que estaba sobre la mesa, sin embargo sus labios permanecieron sellados. Su mirada seguía perdida, al parecer aquel recuerdo le afectaba bastante. Esto intensificó todavía más la curiosidad del joven entrenador de caballos y elefantes.
—Perdone que insista —se excusó el muchacho—, es que necesito saber que sucedió, no quiero presionarlo, pero...
—Cuando su embarazo ya estaba avanzadísimo, casi a término —dijo Geraldo al fin, rompiendo su propio silencio—, descubrí qué era lo que la tenía tan débil. Sus... sus muñecas estaban cubiertas de sangre y... allí estaba él con un cáliz en la mano, recogiendo lo más que podía mientras mi hermana se desangraba.
Jack sintió que las piernas le temblaban mientras recordaba los desmayos de Bernardette y las propias palabras de su padre diciéndole que él era el elegido de Obéck y que debían alimentarlo con sangre, su rostro fue palideciendo cada vez más. Todo aquello no podía ser más que una horrenda pesadilla, porque de otro modo ¿cómo su vida pudo tornarse tan inverosímil y absurda?
—Fabrizzio no podía verme porque estaba de espaldas a mí, pero yo sí tenía una visión bastante detallada de lo que estaba haciendo —relató Geraldo entre sollozos—. Mi hermana parecía sumida en un sopor que la volvía totalmente indefensa, luego Fabrizzio hizo algo que me horrorizó todavía más... Él... él... se bebió el contenido del cáliz. Yo estaba de piedra, no podía reaccionar hasta que algo en mi interior me hizo actuar al fin. Lo tomé por el hombro y él dio un respingo, se giró y me miró con los ojos desorbitados, pero luego su expresión se relajó. Su boca estaba curvada en una horrenda sonrisa, mostrándome los dientes llenos de sangre, de la sangre de mi hermana que al fin y al cabo era mi propia sangre.
—¡Dios mío! —exclamó Jack, horrorizado.
— Lo golpeé —dijo Geraldo—, mi hermana estaba demasiado débil como para detener la pelea. Ambos forcejeamos y en ese instante llegaron mis hermanos, mi padre y algunos trabajadores del circo. Fabrizzio huyó de allí antes de que mi padre pudiera llamar a la policía. Él aprovechó que la atención estaba centrada en mi hermana y entonces se marchó. Supongo que apenas le dio tiempo de recoger lo estrictamente necesario. La noche siguiente, Ludovica comenzó a tener las molestias típicas del parto, así que mi padre llamó a una comadrona gitana de la tribu que estaba en el circo. Ludovica estaba demasiado débil para soportar el alumbramiento, de modo que murió antes de que se pudiese hacer algo, pero tú aún estabas vivo en su vientre —al decir esto tomó la mano de Jack que ahora lloraba en silencio—, entonces la matrona tuvo que abrirla para sacarte.
Eras fuerte y sano, gracias a Dios, y a pesar del dolor de haberla perdido a ella, al menos te teníamos a ti como consuelo, sin embargo el destino... O más bien Fabrizzio, tenía planeado algo distinto.
—Él dice que usted mismo me entregó a él —soltó Jack y Geraldo negó con la cabeza.
—Non é vero (no es cierto) en cuanto se enteró de tu nacimiento, entró al circo y te secuestró, lo sé porque uno de mis hermanos lo vio contigo en brazos. Todos nos lanzamos en tu rescate, pero él desapareció en medio de la noche. Iba acompañado de alguien más, ese otro traidor —espetó con impotencia—. Alertamos a las autoridades, pero no pudimos hallarlo en ninguna parte, parecía que se lo había tragado la tierra. Mi padre, mis hermanos y yo quedamos aún más devastados, sin embargo no descansamos, nos dedicamos a buscarte en cada circo, en cada feria y teatro porque sabíamos que Fabrizzio no sabía hacer otra más cosa que el arte escénico.
—Eso es terrible —se lamentó Jack—, él me contó algo totalmente diferente.
—Ese hombre es un loco, un asesino —volvió a afirmar Geraldo—. Contratamos a los mejores detectives que trataron de seguirle la pista, pero para cuando lo encontraban, ya se había marchado de allí. Mis hermanos y yo prácticamente hemos recorrido Europa entera buscándolo, solo para encontrarte a ti.
El último de los detectives, el más cualificado, dio con la información de que Fabrizzio había llegado a Inglaterra donde se unió a un circo llamado La Fantaisie, después supimos que de allí habían comenzado a recorrer parte del continente hasta llegar de nuevo a Francia y fíjate, buscándolo a él te hallé a ti.
—Sí, bueno ya llevamos recorridas varias plazas aquí en Francia y específicamente llevamos varios meses en París. Es que el público es bueno y... además... monsieur Buonarotti quiere hacer un trabajo especial —respondió Jack con un hilo de voz.
¿Sería conveniente que le contara lo de la profecía de Obéck? Después de todo Gerald era un completo desconocido, su tío el cual le había contado la verdadera historia de su origen, o al menos eso creía, pero al fin y al cabo un desconocido.
—¿Qué clase de trabajo? —inquirió Geraldo.
Era una increíble lucha interna. Por una parte Jack consideraba que tenía que hacerlo, tenía que desahogarse y contarle todo a Geraldo, sentía que debía decírselo a alguien o explotaría, además ese hombre había abierto su corazón primero, le había contado cosas que para él habían sido terriblemente dolorosas; de verdad era necesario decirle lo que Fabrizzio tenía pensado hacer con Bernardette. También sentía que era su deber salvarla, definitivamente ya no estaba solo, pero por otra parte aunque Geraldo aun sin conocerlo le había revelado eventos importantes del pasado, Jack no se sentía en confianza para revelar los del presente, estaba desesperado, sí, pero primero debía entablar una amistad con ese hombre que tenía frente a sí y conocerlo mejor, era demasiado lo que estaba en juego. ¿Y si todo era una trampa y Geraldo era un amigo de Fabrizzio que éste había utilizado para probar su lealtad? La idea lo llenó de terror, sin embargo, algo en su interior le gritaba que esa hipótesis no era cierta.
Es increíble como la vida de un ser humano puede cambiar tan drásticamente en tan solo un día. Jack Robinson, ahora legalmente convertido en Jack Buonorotti, se había reencontrado con su tío. En ese momento sus cavilaciones fueron interrumpidas por la apremiante voz del hombre.
—¡Ragazzo! ¿Sucede algo? ¿No quieres contarme?
Él negó enérgicamente con la cabeza.
—No, no es eso, es solo que... creo que deberíamos vernos en otro momento y conversar más antes de que yo le diga... lo que sé —respondió al fin Jack.
Geraldo le dedicó una sonrisa a su recién conocido sobrino y le estrechó la mano.
—No te preocupes, Jack, comprendo perfectamente, es mejor que nos conozcamos más.
El italiano le dio a Jack la dirección del hotel donde se hospedaba pero había llegado a la conclusión de que era mejor no dejarse ver por Fabrizzio todavía, así que más que satisfecho por haber encontrado lo que originalmente buscaba, llamó al mesero, saldó la cuenta a pesar de la insistencia de Jack en pagarla, y posteriormente se retiró a su hotel.
Jack en cambio se retiró al circo sintiéndose más aliviado porque si bien aún no le había revelado lo que lo carcomía por dentro todos esos días, al menos en el fondo algo le decía que podría confiar en ese hombre aunque no lo conociera, incluso más que en su padre a quien conocía desde hacía más tiempo.