Marcel y Dafne se disponían a salir rumbo a las instalaciones del circo para visitar a los amigos, cuando Dafne se percató del maletín que Robespierre había dejado al salir media hora antes. Sabían que siempre guardaba papeles importantes allí y sospechaban que adentro se encontraba uno especial que era el cheque correspondiente a la donación hecha por la alcaldía al pequeño hospital que Robespierre iba a inaugurar aquella mañana. Marcel abrió el maletín y lo primero que consiguió fue el documento, pero junto a éste también estaba un sobre rosado con dos corazones entrelazados impresos, donde se leía en letras rojas escritas con caligrafía delicada:
«Para mi Pierre, de su amada Amélie»
El joven se sorprendió y frunció el ceño en un gesto de contrariedad, Dafne notó la expresión y como era natural quiso saber qué sucedía, pero él la tranquilizó con una leve sonrisa, diciéndole que había encontrado el documento, pero, aprovechando que ella ya no posaba la vista en el portafolio, tomó hábilmente el sobre y lo colocó en el bolsillo de la gabardina.
Luego los muchachos se subieron al coche que los llevaría rumbo al circo.
Dafne estaba realmente emocionada, ya que conocería más a fondo todo ese mundo de fantasía que había visto la noche anterior, pero su hermano la previno, explicándole que no todo era lo que parecía, que detrás del telón no había magia, ni color, ni brillo, ni tampoco tanta felicidad como parecía.
—También hay gente que sufre —dijo—, hay gente hipócrita, gente divertida, gente amargada, gente humilde, gente presumida y otros que ni siquiera parecen gente.
Estuvieron todo el viaje platicando acerca del estilo de vida circense, de las mezclas de idiomas, de culturas, de razas y costumbres. Marcel también le habló de la cantidad de países que la compañía itinerante había visitado, y sin darse cuenta ya estaban frente a la gran carpa principal . Dafne le pidió al cochero que volviera por ellos tres horas más tarde, y ambos hermanos se dirigieron a la entrada principal donde los recibió D'Artagnan, sonriente y con los brazos abiertos.
—¿Cómo estás, amigo mío? ¡Bienvenidos de nuevo a La Fantaisie!
—Gracias, D'Artagnan, estamos bien, gracias a Dios.
—Supongo que esta bella señorita es tu hermana, ¿no es así?
Marcel se dispuso a presentarla, pero la muchacha, espontánea, extendió la mano derecha. D'Artagnan le besó el dorso con sutileza como todo un caballero.
—Es un gusto conocerla, señorita Bienvenue, su hermano me habló de usted y me dijo que estaba interesada en conocer un poco más este lugar.
—Así es —afirmó Dafne sonriente—, pero conmigo no debes ser tan formal. Puedes tutearme si así lo deseas.
Esta iniciativa tranquilizó al muchacho que, debido a su profesión, no estaba acostumbrado a los protocolos ni a la formalidad. Así que de esta manera, con más confianza, los llevó a contemplar las instalaciones, aprovechando que era uno de esos extraños días en que el dueño del circo salía, perdiéndose en la ciudad.
Los muchachos comenzaron entonces el recorrido por las jaulas de los animales y el interior de la carpa principal donde presenciaron algunos ensayos, posteriormente el payaso los condujo a su propia tienda; allí los estaban esperando los demás mosqueteros que habían preparado botanas deliciosas como croissants con paté de atún para recibirlos, también encendieron el gramófono y se dedicaron a pasar un buen rato conversando de música y de los más famosos intérpretes del mundo como Beethoven y Tchaikovski. Dafne les contó que sabía tocar el piano y que su sueño era ser una concertista famosa algún día y sin tener que usar las influencias del alcalde, ellos encontraron en ella la misma humildad que en Marcel.
A medida que fue pasando el tiempo se fue creando un ambiente cada vez más divertido e incluso otros de los habitantes del circo se unieron a la tertulia. Las contorsionistas rusas acapararon la atención de todos cuando dieron una demostración de la Mazurca (el famoso baile típico de su país natal) más tarde, casi se mueren de la risa cuando Porthos y Athos imitaron, sin éxito, los movimientos de las muchachas.
Por otra parte, había personas intrigantes y envidiosas que nada más se dedicaban a criticar la reunión, aunque en el fondo se morían por participar de ella, pero la arrogancia no les permitía otra cosa que hacer comentarios negativos y en eso se encontraba Danitza, la hija de Tibo, el malabarista.
Ella era arrogante, altiva y ambiciosa. A pesar de ser una gitana no le gustaba vestirse, hablar, ni actuar como tal. El resto de los gitanos la llamaba «La Renegada» apodo que ella no soportaba para nada. Estaba segura de su origen Payo y creía que al igual que los hijos del patriarca, también ella había sido abandonada por los padres no gitanos en las instalaciones del circo. Se aferraba ferozmente a esa hipótesis, pese a que su apariencia física la refutaba por completo, pues la piel tostada y ojos avellanados encajaban con el perfil de los gitanos tradicionales y además, tenía un parecido extraordinario con sus padres.
Para poder darse ciertos lujos, Danitza debía trabajar duro pues los padres de ella le advirtieron desde siempre que si quería vestir con ropas caras y obtener lo que quería, entonces debería conseguirlo con esfuerzo, ya que lo que ellos ganaban no alcazaba para pagar tales cosas y además consideraban un insulto a las costumbres propias que un gitano quisiera prescindir de la indumentaria original. La muchacha en el fondo estaba segura de lo que era, una gitana cirquera, pero lejos de sentirse orgullosa de eso, más bien se sentía avergonzada, pero no tenía otra alternativa pues lo único que había aprendido en la vida para sustentarse, era el arte circense.
Su número en escena era bastante aplaudido pues entrenaba a un grupo de cuatro perritos pequeños, dos machos y dos hembras. Los machos tenían el pelaje teñido de celeste y las hembras de color rosa. Los canes hacían todo tipo de proezas en escena: bailaban al son que tocaba la banda, se trepaban a una escalera y desde allí se lanzaban directo a los brazos de la chica que luego saludaba y reverenciaba al público.
La tienda de Danitza estaba cerca de la de Los Mosqueteros y por lo tanto podía escuchar la música con tanta claridad como si estuviese en la fiesta misma.
—Es insoportable —dijo—. No puedo entender como los hijos del alcalde pueden mezclarse con gente como ésa ¡Por Dios, papá! ¡Solo míralos!
— ¿Y cómo sabes que son los hijos del alcalde los que están con ellos allí?
—Pues porque escuché cuando D'Artagnan lo dijo.
—Pero entonces no te debe molestar demasiado porque has estado pendiente de ellos. Además no sé qué criticas, ellos simplemente se divierten y yo no veo nada de malo en eso.
Bernardette en cambio se dedicó fielmente a las labores pues quería terminarlas pronto. Estaba tan absorta en el trabajo que casi no advirtió nada más que sus propios pasos y el sonido cada vez más fuerte y cansado de su respiración.
Ella cargaba un par de baldes con agua para arrojarlos en los bebederos de los animales, de pronto sintió la presencia de alguien, así que miró por encima del hombro izquierdo y vio al viejo Janosh junto a ella. El anciano conversaba en romaní con lo que parecía un amigo imaginario.
La joven decidió no prestarle atención y siguió su camino, secó el sudor frío que le corría por la frente y se fue acercando poco a poco al bebedero de Clavel, la jirafa, para arrojar en el interior el contenido de los baldes que traía. El animal se veía sumamente agradecido con ella pues le lamió la mano y luego se dispuso a beber con desesperación el líquido, pero Bernardette se sentía cada vez más débil, las piernas le temblaban, la vista se le oscureció y ya no pudo sostenerse en pie, de modo que terminó desmayándose.
Janosh la miró desconcertado sin comprender lo que sucedía. Con la misma inocencia de un niño le sonrió con la boca desdentada y se marchó, conversando con aquel ser invisible. Afortunadamente Helga iba camino a la tienda de los mosqueteros para reunirse con todos. Cuando vio a la muchacha tirada en el suelo quiso acercarse, pero comprendió que ella sola no serviría de gran ayuda, de modo que salió corriendo a buscarlos a todos.
Cuando Helga llegó a la carpa de Los Mosqueteros, Aramis se sorprendió mucho al verla llorando y Athos detuvo inmediatamente la música.
—¿Qué te sucede?— preguntó Aramis consternado.
Knut y Arn al ver a su hermana en ese estado pensaron que tal vez algo malo le había sucedido.
—Sí, por favor dinos qué pasa, nos tienes en ascuas a todos —suplicó Knut.
—A mí no me pasa nada —respondió ella secándose las lágrimas—. No se trata de mí, sino de Berni. Cuando venía para acá la vi tirada en el suelo, parecía que estaba muerta.
—¿Dónde está ella?—preguntó D'Artagnan.
—Junto a la jirafa.
Todos salieron en tropel, y Marcel tomó el maletín de primeros auxilios el cual llevaba a todos lados desde que comenzó a estudiar su carrera.
Cuando llegaron al lugar donde yacía Bernardette, el joven estudiante del último año de medicina procedió a examinarla minuciosamente, y por fortuna no encontró ninguna contusión craneal. Luna, al igual que todos estaba observando atenta, pero ella estaba analizando con mucho detalle la situación mientras elaboraba una hipótesis.
—Quizás no quedó inconsciente por una caída, sino al revés, se cayó por quedar inconsciente.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Marcel.
—Que quizás se desmayó de nuevo —se apresuró a contestar Porthos.
—Tienes razón —afirmó Aramis—, pero hace mucho tiempo que no se desmaya, incluso llegué a pensar que no lo haría nunca más.
—¿Le ha sucedido muchas veces? —indagó Marcel.
—Pues sí —respondió Porthos.
—¡Vaya! Quizás se deba a que no se está alimentando bien —dedujo Marcel haciendo un rápido repaso mental de los conocimientos que poseía.
Bernardette comenzó a reaccionar, estaba desorientada y pálida, no obstante pronto notó que estaba rodeada por amigos que lucían bastante preocupados, así que quiso ponerse de pie rápidamente, pero Marcel se lo impidió.
—Debes levantarte despacio —sugirió.
Ella no tenía fuerza suficiente como para erguirse pues estaba débil, de modo que el joven intentó ayudarla, pero cuando quiso asirla por las muñecas para alzarla, ella se quejó y retiró las manos por instinto, Marcel entonces la examinó para encontrar la fuente de aquel dolor y en la muñeca derecha encontró un pequeño corte, apenas perceptible.
—No sé cómo me hice esto, ni siquiera recuerdo haberme lastimado —explicó.
Marcel mandó a que la llevaran a su habitación. Ella se resistió al principio pues le preocupaba terminar las labores antes de que llegara Fabrizzio, pero Arn la tranquilizó diciéndole que entre todos la ayudarían con eso y que de seguro las labores estarían terminadas para cuando llegara el propietario del circo, así que Knut la tomó en brazos y se dispuso a acatar la orden de Marcel. Todos se fueron tras el trapecista y Bernardette, excepto Marcel y D'Artagnan que se quedaron conversando acerca de lo que acababa de ocurrir.
—Cuando la estaba examinando encontré una pequeña herida en su muñeca —comentó Marcel—, es un poco profunda pero fue hecha con gran habilidad como si quisieran ocultarla, es decir, a simple vista es casi imperceptible.
—¡Oh Dios! Ha debido lastimarse y perder sangre.
—Sí, quizás ella ya no soporta tantas vicisitudes, ya me lo comentaste una vez, la vida que lleva trabajando para Monsieur Fabrizzio no es nada fácil.
—Así es —afirmó D'Artagnan—, pero ¿qué quieres decir exactamente?
—Que creo que esa herida debe tener una razón de ser, no sé, tal vez ella...
—¿Qué insinúas, Marcel? —lo interrumpió el payaso—. ¿Piensas que tal vez ella pudo?.. ¡No! Bernardette jamás haría algo así, estoy seguro.
La idea de que la joven pudiese causarse daño a sí misma estaba totalmente descartada para D'Artagnan y sin duda para el resto del grupo, aunque Marcel no estuviese tan seguro de eso.
Al cabo de un rato el aprendiz de médico entró en la tienda de Bernardette encontrándola con mejor aspecto: había recuperado el color en las mejillas, y Renzo la alimentaba con un caldo de gallina que había preparado Luna con hierbas aromáticas y reconstituyentes que además olía delicioso. Marcel se sentó junto a ella y luego de examinarla nuevamente, comprobó que estaba bien, pero le sugirió que debía guardar reposo, bebiendo abundantes líquidos para mantenerse hidratada.
—Esa sopa te servirá —comentó.
—Estoy segura de eso —afirmó Dafne. Luego aspiró suavemente y agregó—. ¡Mmmm huele delicioso!
—Yo lo preparé con hierbas medicinales para que recupere las fuerzas —dijo Luna.
—Pues si fue preparado con tus manos, de seguro así será —comentó Marcel.
La gitana agradeció el elogio pero se ruborizó y posteriormente el silencio reinó por unos segundos que le sirvieron a Marcel para hacer un rápido análisis de lo aprendido en la universidad, que a su vez le procuró una nueva hipótesis con respecto a los desmayos de Bernardette.
—Berni, las veces que te has lastimado, ¿te ha sido difícil contener la hemorragia?
En realidad él buscaba alguna señal de una enfermedad llamada Hemofilia, que consiste en la pérdida excesiva de sangre en el paciente, debido a que ésta no tiene una buena coagulación.
—Bueno, no precisamente —respondió la joven ante la pregunta de su amigo—, más bien creo que mi sangre se coagula bastante rápido.
—Pero ¿te has herido en otras ocasiones? —inquirió de nuevo.
—He tenido uno que otro pequeño accidente como todo el mundo aquí en el circo, pero no ha sido algo grave. De verdad, Marcel, no creo que sea hemofilia —comentó ella comprendiendo a la perfección las preguntas del joven.
—No te preocupes, solo estaba indagando, pero ya veo que tienes conocimientos sobre el tema, quizás nada más se deba a que no te estás alimentando como deberías.
La conversación fue interrumpida por Athos, que entró anunciando la llegada de un cochero a las afueras del circo.
—¡Dios mío! Es Monsieur Buonarotti —exclamó Bernardette palideciendo de nuevo.
—No, no es él, así que tranquilízate, es un cochero pero el carruaje viene sin pasajero—explicó Athos al tiempo que la muchacha recuperaba los colores del rostro.
—Entonces seguro vienen por nosotros —dijo Dafne con aire aprehensivo.
Marcel y la hermana se despidieron de todos bajo la promesa de volver de nuevo. Dafne se acercó a Bernardette y le expresó buenos deseos...
—Espero te restablezcas por completo, fue un gran placer para mí conocerte, solo lamento haberlo hecho en esta situación.
—Ya nos veremos otro día, de verdad valoro mucho el apoyo y amabilidad que me brindaron. Espero verlos pronto —habló Bernardette .
Justo cuando Dafne estaba segura de la gentileza de «todos» los habitantes del circo apareció Danitza en el umbral de la tienda con las cejas levantadas y la nariz apuntando al cielo.
—Ya deja de llamar la atención y ponte a trabajar, allí está mi pobre gente trabajando para ti como si lo merecieras —dijo con desprecio.
—Y a ti ¿desde cuándo te importa nuestra gente? —preguntó Renzo—. Tú solo eres una gitana renegada. Mejor lárgate de aquí y no molestes.
—¡Ustedes dos son los que menos deberían criticarme porque son payos disfrazados de gitanos!
—¡Y tú eres una gitana renegada disfrazada de gachí! —gritó Luna con la sangre hirviendo en las venas.
Danitza se sintió humillada y acorralada, lo que le dio el impulso para arremeter nuevamente, pero esta vez contra los hermanos Bienvenue, los miró de arriba hacia abajo...
—Siempre aprovechan para meter citadinos aquí cuando el Monsieur no está. Esto se vuelve una anarquía. ¡Qué vergüenza! Y, lo que es peor ¿cómo pueden ustedes dos mezclarse con gente como esta siendo los hijos del señor alcalde?
—Pues sencillamente porque todos son gente valiosa —respondió Dafne.
—En cuanto llegue el Monsieur, le voy a decir que no fuiste tú quien hizo todo el trabajo, sino esos tontos que están allá afuera —advirtió Danitza señalando a las gemelas rusas que cepillaban las crines de los caballos, a los hermanos islandeses que aseaban la carpa del patrón y a la esposa del patriarca que preparaba los alimentos para él.
—A él no le importa quién haya hecho el trabajo siempre y cuando esté bien hecho —repuso Bernardette en su defensa.
—Mi padre es amigo de Monsieur Buonarotti y si me entero de que le has dicho una sola palabra a él de lo que pasó hoy, te juro que puedo hacer que te echen de este lugar—amenazó Marcel
Ella decidió callar ante la amenaza pues era cobarde y sabía que el joven tenía cierto poder. Lo miró con desdén y se marchó de allí, los hermanos Bienvenue también se marcharon y Dafne le comentó a Marcel acerca de lo que hablaron cuando apenas iban camino al circo.
—¡Vaya! Ya veo que tienes razón, también hay personas insoportables y eso que no conocí a ese Jack del que tanto me hablaron en la tienda de Los Mosqueteros.
—Y yo agradezco a Dios que no lo hayas conocido, porque es un ser despreciable y petulante. De seguro te habría tratado de conquistar porque se cree todo un Don Juan De Marco, pero solo es un fantoche —contestó Marcel.
—Siendo así, entonces yo también me alegro de no haberme topado con él siquiera, así como también me alegro de no haber estado cerca de Fabrizzio, ese hombre siempre me inspira temor.
Adentro del circo, D'Artagnan no podía deshacerse de lo que le había dicho Marcel, de modo que al terminar de alimentar a los caballos se fue directo a la carpa de Bernardette, se sentó en la cama junto a la muchacha, le tomó la mano derecha con delicadeza y mostrándole su propia muñeca le preguntó:
—Berni ¿qué fue lo que te sucedió realmente?
Ella esbozó un gesto de fastidio.
—Ya lo dije antes, no lo sé.
—Voy a ser honesto contigo —dijo su amigo—. Últimamente ocurrieron dos hechos extraños, quiero decir, ayer saliste a cenar nada más y nada menos que con el insoportable aquel que tú decías que odiabas y ahora esto. Hoy cuando sufriste otro de tus desmayos apareces con una herida en la muñeca —hizo una pausa y suspiró para poner en orden las ideas, como quien arma un complicado rompecabezas—. Berni, quiero saber si ese imbécil te hizo daño porque de ser así te juro que...
—No, él no me hizo nada —lo interrumpió un poco sorprendida por la actitud del payaso, ya que jamás lo había visto así—, es solo una pequeña herida sin importancia, apenas perceptible, y ni siquiera la había notado hasta que Marcel me tomó por la muñeca.
—Quizás no quiso dejar huellas y por eso te hirió de esa manera.
—Ya te dije que no fue él, en realidad no sé cómo me lastimé —se detuvo por un instante como si hubiese recordado algo de repente y prosiguió—, o quizás fue en el arrebato de ira que tuve cuando llegué de la cena; estaba tan enojada que arrojé un florero contra el suelo y posiblemente alguna astilla salió proyectada, lastimándome.
—¿Y por qué estabas tan enojada? Bueno, si se puede saber.
La muchacha le contó cómo el domador se había valido hábilmente de la fobia que ella tenía hacia los elefantes para obligarla a salir con él.
—¡Ah! Entonces fue eso. Todos notamos algo raro en la función de ayer y vimos cuando te susurraba algo al oído, pero no comprendimos nada, ahora todo tiene sentido.
El joven quedó satisfecho con la explicación y ella, ahora sintiéndose completamente fuerte, quiso ayudar a los amigos a culminar las labores, pero él se lo impidió, diciéndole que posiblemente ya todos esos deberes debían estar terminados y que ella debía descansar tanto como fuera posible para la función de la noche.