Aquel día era especial para los gitanos, pues era el aniversario de su patriarca. Monsieur Buonarotti les había permitido hacer su celebración en vista de que su carpa quedaba retirada de la de los ruidosos gitanos, el resto del circo estaba invitado a aquella divertida celebración.
Renzo se apresuró a invitar personalmente a Bernardette, para él era importante que ella asistiera, ya que ella era su mejor amiga.
Ella estaba cepillando las crines de Pegazzo mientras le cantaba, de pronto el caballo relinchó y se mostró un poco inquieto. La joven se volvió hacia donde miraba el animal y allí estaba Renzo, con el dedo índice en los labios, esbozando una seña al caballo para que guardara silencio, pero cuando Bernardette se volteó, su amigo no pudo evitar reír y exclamar:
—¡Vaya! Intenté asustarte, pero este endiablado animal lo arruinó todo, no sé cómo logras soportarlo.
—Renzo, él me ama y yo a él, es lo único que tengo en el mundo, además lo amo por ser un regalo de mi padre, lo único que me quedó de él —respondió.
—¿Lo único que tienes? Eso no es cierto —rebatió el muchacho—, también nos tienes a nosotros los gitanos, tus amigos. De hecho vine a invitarte a la fiesta de mi padre, será luego del espectáculo.
—¡Oh sí!—exclamó ella con emoción—, por poco lo olvido, hoy es su cumpleaños. Asistiré encantada.
En ese momento los interrumpió Monsieur Buonarotti.
—¡Ve a arreglarte!—le ordenó a Bernardette—, la función comenzará en cualquier momento.
Ella obedeció sin protestar, y al cabo de un rato emergió de su carpa con el atuendo de espectáculo. Estaba ataviada con elegantes plumas azules que adornaban su cabeza, y un traje ceñido a la cintura.
Sostenía una enorme caja plateada, la cual contenía diversos utensilios de magia, casi no podía cargarla debido al peso, pero de inmediato Renzo se apresuró a ayudarla.
Aquel día, la carpa principal —en donde se hallaba la pista— estaba colmada por una gran multitud venida de diversas partes del país. La fama del circo había abarcado no solo París, sino toda Francia. El lugar estaba abarrotado por aplausos de los espectadores, los niños reían curiosos por tantas ilusiones que llenaban sus mentes, en tanto los adultos regresaban a la niñez...
Al término de la función llegó el acontecimiento más esperado por todos, la fiesta del patriarca gitano. Cada detalle estaba preparado para esa gran noche, los gitanos lucían sus mejores trajes, adornados con diversas piezas de joyería (falsas) pero ellos se empeñaban en hacer creer que eran reales.
En el área en que estaban ubicadas las carpas de los gitanos, se encontraba instalada una pequeña plataforma de madera, en la cual los hijos de Branco bailarían para él y para todos los invitados como cada noche lo hacían para el publico, después de su número de prestidigitación.
Había también una enorme mesa con bebidas junto a una gran variedad de platillos. Desde cualquier distancia se podía escuchar el ruido de los cajones, guitarras y panderetas, anunciando el comienzo de la celebración.
Bernardette lo escuchaba todo desde su carpa mientras se apresuraba a arreglarse para la ocasión. Se vistió con un elegante traje púrpura oscuro, adornado con delicados encajes. Estaba realmente emocionada, tanto que al salir, por poco tropieza con Esmeralda (una de las gitanas).
Cuando llegó a la fiesta, advirtió que ya se encontraba congregada la mayor parte de los invitados alrededor de la plataforma, sobre ésta estaba Renzo junto a su hermana Luna, quienes comenzaron a danzar al son de la rumba, bulería y demás ritmos que interpretaba un trío musical.
Renzo agitaba sus pies, aplaudía, enviaba guiños pícaros y cariñosos a las muchachas mientras éstas lo ovacionaban. Por su parte, Luna ondeaba los brazos en el aire haciendo sonar sus castañuelas.
Cuando terminaron su baile, agradecieron los aplausos reverenciando al público, incluyendo a su padre, quién alzó la copa a la altura de su rostro para, posteriormente, decir un pequeño pero conmovedor discurso donde recordaba la importancia de haber transmitido la cultura gitana a sus hijos adoptivos, además de cuan orgulloso se sentía de ellos.
Desde la entrada de su carpa, El Vampiro lo observaba todo con aire de superioridad, y posteriormente se metió con una mueca de desdén.
Las tiendas donde vivían los artistas en el circo La Fantasie, por dentro estaban divididas en habitaciones, al igual que cualquier casa, así que Fabrizzio se dirigió a su dormitorio y una vez allí, se agachó para mirar debajo de su cama para sacar una caja de madera que se notaba envejecida, aunque se podía percibir en ella que alguna vez estuvo pintada de varios colores..
Fabrizzio se sentó sobre la cama mientras hurgaba en los bolsillos de su saco, hasta que encontró una pequeña llave con la cual desbloqueó el candado que cerraba la caja.
Al hacerlo dejó al descubierto algunos objetos, entre ellos una vieja nariz de payaso. La tomó con la mano derecha para ponérsela, cerró los ojos e inmediatamente se vio a sí mismo contemplando a Gabrielle en su última presentación. Observó con detalle la expresión de terror en el rostro de la mujer al caer, contempló los ojos tristes de Bernardette, y no pudo evitar ver también sangre, mucha sangre... estaba en sus manos, en el pijama que llevaba puesto, en la caja, en las paredes de lona de su carpa, en la cama... en todos lados...
No lo resistió más y se arrancó la falsa nariz de un tirón, haciendo desaparecer también todas las alucinaciones, a continuación se levantó de la cama para contemplar su imagen en un espejo de cuerpo entero.
—No tengo nada que temer y nadie a quién rendir cuentas... —luego de pronunciar aquellas palabras, sacudió la cabeza y corrigió—. Bueno, a excepción de ti, mi señor.
Después se recostó sobre la cama como si nada y se quedó dormido.
Al llegar el alba, todos se hallaban demasiado cansados como para levantarse temprano, además era domingo y los únicos que ya estaban despiertos eran Athos, Porthos, Aramis y D'artagnan, los simpáticos payasos quienes —al igual que mucha gente de circo— fueron bautizados con nombres exóticos, los cuales en conjunto les servían para utilizar el título de Les Quatre mousquetaires (Los cuatro Mosqueteros) puesto que los verdaderos mosqueteros habían sido cuatro, y no tres como todo el mundo creía.
Ellos estaban ensayando un nuevo número fuera de la gran carpa principal, de pronto, desde el lado exterior de las verjas que rodeaban el circo, los interrumpió un joven apuesto que tenía aspecto de ser un acaudalado muchacho de la ciudad. Él empezó a reír con la chiflada actuación de ellos y, aplaudiéndoles, les expresó la verdadera razón de su presencia en ese lugar.
—¡Chicos! Lo que me trae hasta aquí es la esperanza de poder encontrar a una joven muy linda que danza en el escenario cada noche, su nombre es Luna —hizo una breve pausa y luego continuó—. Le traje un presente como muestra de mi admiración.
Todos se miraron entre sí y luego Athos preguntó:
—¿Estás hablando de Luna, la gitana?
—Es la única ¿no? —añadió Porthos, mirándolo con los ojos entornados.
El joven respondió extendiendo su mano derecha.
—Soy Marcel Bienvenue, y sí, tienes razón, es a ella a quien quiero ver.
D'Artagnan, esta vez abrió mucho los ojos en señal de sorpresa.
—Bienvenue... como el alcalde, ¿acaso son parientes? —inquirió curiosamente el payaso, estrechándole la mano.
—Pues sí, él es mi padre —respondió el joven.
D'Artagnan miró a sus hermanos.
—¡Chicos! —exclamó—. Entonces tenemos entre nosotros nada más y nada menos que al hijo del alcalde de París —luego inclinó ligeramente su cabeza y agregó—: Es un gran placer para nosotros que te agrade nuestro número. Si gustas puedes pasar a ver el resto del ensayo y así esperas a tu gitana... es decir, a Luna.
Arthos y Aramís se apresuraron a abrir la reja que los separaba de Marcel, mientras que Porthos le explicaba lo ocurrido la noche anterior, en relación a la fiesta gitana, y que debido a eso, todos los demás estaban agotados, durmiendo aún.
Intentaron dirigirse hacia la gran carpa con el objetivo de utilizar la pista para ensayar más a gusto, ya que algunos obreros habían levantado las lonas para ventilar el interior, por ende, se encontraba más fresco, pero Arthos se detuvo en seco, expresando su molestia.
—Los pisteros y nosotros no somos los únicos en levantarnos temprano, ahí viene el egocéntrico entrenador de caballos y elefantes.
Hacia ellos se acercaba la figura imponente de Jack Robinson, un joven inglés, oriundo de Londres, hijo de una familia arruinada económicamente que después de tal tragedia financiera se dedicó a trabajar como instructor de equitación, polo y criquet.
Tenía el cabello dorado, largo hasta los hombros, nariz respingada, mentón cuadrado y los ojos grises, además de un aire de suficiencia y desdén con los que creía inferiores a él.
Jack Robinson conoció a Fabrizzio en Inglaterra unos años atrás en una competencia de equitación en Oxford, a las cuales el propietario del circo solía asistir debido a su pasión por los caballos.
Como en aquel momento Fabrizzio había comprado unos potros árabes y no tenía quién los entrenase para la función, se entrevistó con el muchacho para ofrecerle el puesto de entrenador. Él enseguida se interesó en la oferta, no solo por el alto sueldo que recibiría, sino también porque le encantaba viajar y con ese empleo podría hacerlo constantemente.
Una vez instalado en el circo, Jack no solo entrenó a los caballos y les enseñó trucos, sino que también aprendió a trabajar con elefantes y la experiencia le agradó en demasía.
Pese a trabajar con caballos, Jack no era para nada sensible como lo son los equinos, más bien era fuerte e imponente como los elefantes. Con lo único que sus defensas se derrumbaban, era con el perfume de mujer... de solo percibirlo su mente se activaba, buscando las mejores estrategias y rituales de conquista por los cuales era famoso. No discriminaba si ella tenía o no un compromiso con alguien más, porque el perfume era un elixir que sacaba a relucir todo su encanto masculino de seducción.
Mientras el entrenador se acercaba, sostenía en sendas manos las riendas de un caballo. En tono despectivo les pidió a los payasos que no ocuparan la pista porque era su turno de ensayar, por ende, no quería estorbos.
Los jóvenes decidieron no prestarle demasiada atención a la actitud hostil de Jack, de modo que prefirieron regresar al lugar donde antes se encontraban, cerca de las verjas que rodeaban al circo. Marcel los siguió, un tanto preocupado.
—Ese joven debe estar molesto por mi presencia aquí. ¿Es su jefe?
Ellos rieron y posteriormente Aramís respondió:
—No te preocupes, ese fantoche no es nuestro jefe, solo es el entrenador de los pobres caballos y elefantes... aunque recientemente, el dueño del circo lo nombró capataz, lo que le concede cierta autoridad, pero nadie lo toma demasiado en serio —y colocando la mano en la espalda del joven añadió—: descuida, seguro a él sí le caerías muy bien pues le agrada todo aquello que de alguna forma represente poder.
Marcel se despidió de ellos luego de darles las gracias por dejarlo presenciar su actuación, pero antes sacó de su bolsillo un hermoso estuche de terciopelo rojo que contenía un broche de oro bellamente moldeado en forma de luna menguada, lo puso en las manos de D'Artagnan.
—Es para ella —le dijo.
D'Artagnan observó a sus hermanos con una expresión de confusión y exclamó:
—¡Si que es confianzudo este chico!
—O es tan rico que le da igual si lo timamos o no —respondió Porthos.
También Bernardette se había levantado temprano aquella mañana, pero permaneció en su cama navegando en sus pensamientos.
Siempre se preguntó qué sería de ella si se marchara a otro lugar. Toda su vida estuvo rodeada de un mundo bello en apariencia, pero la verdad era que en el fondo lo creía hipócrita e inverosímil, porque mucho de lo que se proyectaba en el escenario no existía, es decir, el lugar se llenaba de alegría, de una extraordinaria sensación de bienestar y de sonrisas, pero aquello era efímero ya que cuando las luces del escenario se apagaban y el telón caía, todo volvía a ser gris, desaparecían las sonrisas de los artistas, y algunos de ellos hasta hablaban mal de sus compañeros.
Los gitanos creían que de alguna forma esa situación se debía a la presencia de El Vampiro. Quizá generaba mucho estrés en el personal o derrochaba energía negativa, lo cierto era que cuando él se ausentaba, aunque dejara el lugar en manos del odioso Jack, inmediatamente todo recuperaba el color y la alegría que tenía cuando daban una función.
Todo esto, sumado al hecho de haber perdido a sus padres, de crecer sin su afecto y apoyo, de vivir bajo el yugo de Fabrizzio, soportando sus palabras duras, además del trabajo excesivo que le encomendaba, hacía que ella tuviera ganas de huir lejos, pero estando lejos se sentiría vulnerable, no tenía más remedio que permanecer allí, después de todo en su interior contaba con la esperanza de transformar aquel mundo alegre pero surrealista, en uno sin apariencias donde la alegría fuese real, sin sonrisas falsas y sin yugos, pero luego terminó por advertir que este sueño, al igual que el de ser alambrista como su madre, era solo una utopía.
En ese momento miró un reloj que tenía en una repisa y advirtió que se hacía tarde y debía ir a servirle el desayuno a su «Protector».
—El Vampiro debe estar esperándome —se dijo, y sin más tiempo que perder se apresuró a atenderlo, sin embargo al salir de su carpa sintió que todo le daba vueltas y su vista se nubló.
Cuando recobró el conocimiento sintió un olor muy fuerte que la hizo cubrirse la nariz. Se hallaba recostada en su cama nuevamente, esta vez rodeada por gitanos. María, la esposa del patriarca Branco, le acercaba a la nariz un frasco que contenía una sustancia que ella misma había preparado con hierbas medicinales.
La muchacha estaba pálida y confundida, pero una escena como ésa no era nada nuevo para ella, ya que desde pequeña había experimentado desmayos y mareos. Cada vez que recurría a un análisis médico éste solo arrojaba como resultado un déficit en su nivel de hemoglobina, así que con el tiempo logró acostumbrarse, por lo que cada vez que esto ocurría, sus amigos acudían a socorrerla.
—Siempre lo he dicho, esto se debe al exceso de trabajo —aseveró María—. No tengo ninguna duda al respecto.
—Es cierto, debes descansar —concedió Renzo mientras acariciaba la mejilla de la muchacha.
—¡No exageren! —dijo Bernardette riendo—. No es nada, ya saben que a veces me pasa.
—La chica tiene razón, no ha de tener nada malo, así que no hay porqué exagerar.
Todos se volvieron sorprendidos por aquella repentina voz, era Fabrizzio que en vista de la tardanza de Bernardette decidió ir a buscarla.
—Provéanle un buen desayuno para fortalecerla y que luego venga a servirme —ordenó.
—Pero Monsieur, ¿no se ha dado cuenta de que ella está débil? Deje que le sirva yo en su lugar —solicitó María, que era una de las pocas personas, al igual que su esposo, que se atrevía a contradecirlo.
—Para eso ordené que la alimentaran. Lo que tiene ha de ser porque no se alimenta bien, y por eso su nivel de hemoglobina siempre desciende, en fin, no tengo porqué darles explicaciones. Tengo hambre y solo ella sabe atenderme como me gusta.
Sin decir más, Fabritzzio se retiró dejando a todos comentando sobre lo desconsiderado que era.
Después de desayunar, Bernardette estuvo en condiciones para atender a Fabrizzio, así que se fue a su carpa.
—¡Ya estoy aquí! —dijo al entrar.
Él respondió con dureza debido a su carácter irascible.
—Ya veo, aunque tardaste demasiado, pensé que no vendrías nunca, ¿acaso intentas dejar tus obligaciones de lado y que yo mismo me prepare el desayuno?
Ella permaneció silenciosa, con el ceño fruncido, demostrando su inconformidad, sin embargo comenzó a cumplir el encargo. Trabajaba escuchando solo el tintineo de las cacerolas que manipulaba, pero una idea que rondaba su mente desde hacía días la mantenía intrigada, de modo que no resistió y rompió el hielo...
—Monsieur, ¿por qué ya no tenemos domador? Desde hace dos noches que los leones no salen al show.
—La respuesta es simple —respondió Fabrizzio, dejando a un lado el periódico que estaba leyendo—, el muy cretino robó la camada entera de cachorros que parió la leona Pome, supongo que para venderlos.
—¡Dios mío!—exclamó Bernardette y enseguida se apresuró a preguntar—. ¿Y qué hizo usted entonces? Marccelo tiene toda la vida trabajando aquí, es extraño que haya hecho eso.
—No hice nada —respondió el hombre con simplicidad—, porque no pude hallarlo —hizo un gesto de impotencia con el puño y continuó hablando—: Afortunadamente para él, pudo huir.
—¿Y qué hará usted con respecto a la bacante que dejó Marccelo? —preguntó curiosa—. Ese es uno de los números más esperados, sin duda necesitamos a alguien que lo sustituya.
Fabrizzio parecía ansioso y la joven notó la preocupación en su semblante, mientras él respondía que por ahora no sabía qué hacer, pero que ella tenía razón, ya que ése era un número del cual no podía prescindir.
Bernardette terminó de preparar el desayuno y le dijo:
—No se preocupe, Dios no lo abandonará, seguramente usted ha de encontrar a alguien honesto y responsable.
Después de decir esto, dejó al hombre solo con su desayuno y sus propios pensamientos, yendo directamente a reunirse con María en la gran carpa.
Al llegar, la encontró parada junto a un artefacto compuesto por dos postes, separados a unos siete metros entre sí. Sobre cada uno de los postes había una plataforma y entre ellos estaba tensada una cuerda a unos cuatro metros de altura. Bernardette debía cruzarla, tal como lo hacía su madre en el pasado, siendo guiada por su amable instructora.
—¿Te sientes bien ya? —preguntó María.
—Perfectamente —respondió Bernardette con sinceridad.
—Pues entonces sube, por favor—pidió la mujer.
Una vez que Bernardette estuvo arriba, su instructora le indicaba donde debía colocar los pies, ella extendía los brazos a cada lado para mantener el equilibrio y caminaba sobre la cuerda con la misma facilidad con que lo hacía en el piso, pero con el ceño fruncido, con una expresión bastante tensa, por lo tanto María intervino:
—Hija, debes sonreír, demostrar más seguridad. Ya dominas esta altura y pronto estarás lista para más, entonces, deberás utilizar una pértiga de equilibrio.
—Sí y también creo que estoy lista para hacer malabares mientras cruzo la cuerda.
—Bueno, ya habrá tiempo para eso, por ahora solo nos concentraremos en tu equilibrio.
Pero en ese instante todo el aire se heló cuando percibieron aquel místico aroma que pertenecía al extraño mago y dueño del circo. El rostro de la chica se tornó de nuevo serio y ligeramente bajó la cabeza.
María se volvió y lo miró. Él estaba con los brazos cruzados, negando con la cabeza.
—¡Baja de allí!—ordenó con vehemencia. Ella obedeció al momento y cuando quiso protestar, él se apresuró a continuar con el reproche—. Te he dicho una y mil veces que es peligroso para ti, además no tienes ni un ápice del talento que tenía tu madre quien, a pesar de tenerlo, terminó muy mal.
Bernardette bajó del alambre y le envió una mirada llena de odio ante su burla.
—¡Monsieur, no me gusta que hable así de mi madr!...
Pero el hombre no le permitió continuar.
—¡No digas nada! Debes aprender a superarlo y afrontar tu realidad. solo sirves como complemento de un número circense, no como estrella.
María se llevó a la afligida Bernardette con ella hasta la carpa de su familia, donde Luna quiso distraerla comentándole todo lo referente a la fiesta de la noche anterior, pero notó que ella continuaba realmente ausente, por lo que decidió intentarlo con una proposición que pareció funcionar:
—Dame tu mano derecha, voy a leértela como hago con el público que nos visita.
Bernardette rió y extendió su mano derecha.
—¡A ver! Esta es la línea de tu vida, muy larga por cierto, pero también llena de tropiezos y misterio. Se ve que serás feliz pero después de pasar por un proceso.
Hizo una pausa como si tratara de analizar muy bien la situación, estaba tensa, confundida por las cosas que veía. Ladeó su cabeza para intentar comprender mejor y luego agregó:
—Hay cosas extrañas aquí, no entiendo bien, solo sé que tiene que ver con Monsieur Vampiro, aunque de por si ese hombre es el Payo más extraño que he visto, porque el gitano más extraño que conozco es el viejo Janosh.
La chica sonrió al decir esto, contagiando también a Bernardette, quién retiró la mano suavemente mientras afirmaba estar de acuerdo con su amiga en lo extraño que era el dueño del circo.