Los días siguientes resultaron bastante gratos para todos, debido a que el misterioso propietario del circo, se vio obligado a viajar a Fontainebleau por asuntos de negocios.
A él le urgía encontrar un domador de leones, así que puso un anuncio en el periódico solicitando uno. Las respuestas no se hicieron esperar porque para cualquier artista circense, trabajar en La Fantaisie representaba un gran honor.
Como era de esperarse, antes del viaje dejó todo a cargo del joven Jack, quién sabía manejar las finanzas con prudencia, más por miedo al Vampiro, que por honestidad...
A pesar de ser considerado un discípulo de Fabrizzio, los residentes del circo no respetaban a Jack, de manera que se sentían libres de hacer farras hasta en la propia pista del circo, si así lo querían, algo que Jack no trataba de impedir siempre que fuese invitado y hubiese licor, además de chicas hermosas. Después de todo era un hombre joven al que le encantaba divertirse, pero también era ambicioso, por eso se convirtió, a base de halagos y servicios, en la mano derecha del dueño, o su «lame botas» como solían llamarle todos.
Aquella noche el circo brilló de nuevo con uno de sus espectáculos al que asistió el hijo del alcalde, Marcel Bienvenue. Esta vez, el joven fue interceptado por Aramís al término de la función cuando ya se marchaba. El payaso se veía gracioso corriendo con su nariz roja, sombrero de punta, además de los zapatos graciosos y chillones.
Cuando al fin alcanzó al hijo del alcalde, lo invitó a la fiesta que darían con motivo de la partida temporal de Fabrizzio. El muchacho, al escuchar la propuesta, no lo pensó dos veces y, con el rostro iluminado aceptó de buena gana, pues sería la ocasión propicia para ver o hablar con Luna, así que de inmediato emprendió el camino de vuelta, acompañado del payaso.
Jack también fue invitado. Bailó, bebió y se divirtió como nunca, convirtiéndose así en cómplice del resto de los revoltosos cirqueros.
Marcel estaba encantado con todo aquello, pero no dejaba de buscar con la mirada a la gitana de piel nívea, quién en ese momento estaba junto a Bernardette en su carpa, terminando de arreglarse. Luna se puso un montón de joyas como acostumbran los gitanos pero puso especial atención al broche que D' Artagnan le entregó en nombre de Marcel, a quién aún no conocía, pero ya le agradaba por tan galante gesto. Ubicó el broche en la blusa, logrando así un bello contraste entre el dorado del mismo y el color vino tinto de su atuendo.
Mientras tanto, en la carpa principal, Jack, con una copa de vino en la mano, no dejaba de alardear acerca de lo buen entrenador que era, de como había ganado trofeos en equitación y un montón de cosas más, con la intención de captar la atención de alguna de las mellizas contorsionistas rusas, solo que ninguna de ellas entendía una palabra de lo que él decía, por lo tanto decidieron alejarse.
D' Artagnan, esa noche lucía espléndido, no se parecía en nada al payaso de las funciones, su rostro ahora estaba libre del maquillaje que lo ocultaba, por esa razón Marcel por poco no lo reconoció cuando lo vio, de modo que se acercó a él con timidez para saludarlo.
—¿Cómo estás, D' Artagnan? Ciertamente me siento algo incómodo en esta fiesta, ya sabes, yo no pertenezco aquí —expresó con sinceridad.
—No deberías sentirte incómodo —respondió D' Artagnan—. Mira que el dueño del circo no está, y al menos por unos días somos libres.
Aramís lo interrumpió riendo mientras decía uno de sus chistes.
—¡Ahora sí se le puede llamar circo a este lugar! —exclamó extendiendo los brazos, paseando los ojos alrededor de la inmensa carpa y de la gente.
Todos rieron, pero Marcel apenas escuchó el chiste pues no dejaba de pararse en punta de pie para buscar entre las personas al objeto de su admiración, hasta que D'Artagnan comprendió lo que pasaba y trató de tranquilizarlo.
—No busques tanto, amigo, ahí viene ella —expresó mientras señalaba la parte posterior a ellos donde se encontraba Luna, acompañada de su inseparable amiga, Bernardette.
Marcel no desaprovechó la oportunidad, así que enseguida se apresuró a abordar a la muchacha. Ella alzó la mirada, le sonrió y no hizo falta demasiado esfuerzo para reconocerlo.
—Eres Marcel, ¿no es así? —inquirió la joven, lo cual sorprendió al muchacho que sin dudarlo quiso saber como había logrado identificarlo.
D'Artagnan y Aramís decidieron retirarse para dejarles privacidad.
—Es sencillo —respondió la gitana—. En este lugar todos nos conocemos, hasta los que son nuevos. Además no pareces cirquero y mucho menos gitano.
Al igual que los payasos, Bernardette comprendió que su presencia estaba de más, así que se alejó sigilosamente para hablar con sus amigos, Los Mosqueteros (los payasos), al tiempo que la pareja continuaba conversando, pero esta vez alejados de todos, afuera de la gran carpa.
—¡Oh! Lo siento, no te he dado las gracias por el bellísimo broche —reconoció ella, mostrándole la brillante lunita dorada que adornaba su blusa.
—Si no es una imprudencia, permíteme decirte que adoro verte bailar, y a la vez me sorprende el número que haces con tu hermano donde adivinas qué clase de objeto llevan las personas en las manos, cuando tienes los ojos cubiertos.
Todo marchaba de maravilla en la fiesta mientras la banda tocaba música circense: polcas, tarantelas, valses, mazurcas, y demás ritmos para satisfacer a los artistas provenientes de diversas partes del mundo, hasta el viejo Janosh lucía contento en medio de la inmensa soledad que reflejaban sus ojos y su personalidad etérea.
Jack hizo a un lado la copa de licor que tenía en la mano, la puso sobre una mesa y luego se acercó a Bernardette, rodeándola con un brazo. Ella reaccionó haciéndose a un lado para separase. Él le desagradaba, pero ahora que se había excedido en las copas le incomodaba todavía más, sin embargo Jack no le hizo caso, le tomó una mano y la llevó a sus labios para besársela.
—¿Cómo estás, francesita? ¿Deseas bailar?
Ella arqueó las cejas, luego frunció el ceño y negó la petición del muchacho, alegando que no sabía bailar música gitana, pero él insistió.
—¡Vamos, francesita! Yo te he visto bailar con esa gente. Luna te ha enseñado, yo lo sé —le dijo mientras la jalaba del brazo.
—Bueno, quizás sepa como bailar, pero no quiero hacerlo, al menos no contigo —repuso ella con sinceridad mientras zafaba su brazo.
Renzo, que se encontraba bailando con la gitana Esmeralda, la dejó bailando sola cuando observó a Bernardette discutiendo con el entrenador de caballos, y se dirigió hacia ellos.
—Se nota claramente que no quiere bailar contigo —dijo Renzo fulminando a Jack con esos penetrantes ojos claros que contrastaban con los de los otros gitanos.
—Y supongo que contigo sí, ¿o me equivoco?—ironizó el joven entrenador con ironía.
Bernardette tomó la copa que anteriormente Jack había dejado sobre la mesa y se la puso de nuevo en las manos diciéndole:
—Bebe, come lo que quieras y no molestes. En cuanto a ti —esta vez se refería a Renzo—, no le prestes atención a las estupideces de este ebrio, será mejor que disfrutemos de la libertad.
Jack estaba lo bastante borracho como para pensar en una respuesta a fin de rebatir el comentario de la muchacha, por lo que se encogió de hombros y se dispuso a seguir bebiendo, alardeando de sus muchas «virtudes» frente a las demás chicas.
Al cabo de un rato, el aire se heló, la banda dejó de tocar y por un breve momento que pareció eterno, el silencio reinó en la estancia. Todos se miraron con asombro tratando de entender qué estaba sucediendo, la tensión también afectó a Luna y Marcel que se encontraban en el exterior de la carpa.
El incómodo silencio no duró mucho tiempo pues al instante los gritos de las personas lo rompieron. Inmediatamente después se escuchó un terrible rugido.
Marcel, con los ojos muy abiertos miró a Luna, preguntándole qué había sido eso. Ella lo tomó de la mano y emprendieron la marcha hacia la carpa principal, en donde encontraron a un enorme león situado en el centro de la pista del circo.
El felino abrió las fauces desmesuradamente, mostrando unos enormes colmillos. Todos estaban refugiados detrás de las gradas, gritando desesperados pues sentían que sin un domador estaban perdidos.
Luna y Marcel, con movimientos cautelosos, se acercaron a los demás para refugiarse también. El enorme león llamado Maximus —en honor a su tamaño— se paseaba por la pista, ahora vacía, olfateando como si quisiera encontrar algo. Se notaba bastante inquieto, mas de pronto, detrás del telón, apareció Jack con un látigo en la mano.
Tan ebrio como estaba, quería demostrar a todos que la búsqueda de Monsieur Buonarotti era en vano pues él, aparte de entrenar caballos y elefantes, era también capaz de domar una fiera como ésa.
—¡Miren todos como regreso a esta bestia a la jaula de donde se escapó! —vociferó para que todos lo oyesen.
La gente lo miró con asombro, esperando lo peor, sabían que si Jack hubiese estado sobrio, jamás habría intentado algo así, ya que era un cobarde de nacimiento.
El joven tomó una silla y con la mano izquierda la empujó hacia el frente para amenazar al felino, mientras que con la otra mano sostenía el látigo, listo para herir al animal si éste se le acercaba lo suficiente.
Maximus se veía furioso y no estaba dispuesto a dejarse intimidar, así que sin misericordia se abalanzó sobre Jack que perdió las armas con el impacto.
—¡Maldito animal, te voy a domar como sea! —gritó encolerizado mientras trataba de quitarse al enorme félido de encima, tratando de evitar sus colmillos filosos.
La lucha intensificó los nervios y los gritos de los presentes. Marcel no dejaba de comerse las uñas mientras abría los ojos al límite.
Los Mosqueteros corrieron desesperados alrededor del león, tratando de llamar su atención, pero Tibo —uno de los gitanos músicos— apuntó a Maximus con un arma, provocando la inmediata reacción de Bernardette.
—¡Tibo, no lo hagas! —imploró la chica mientras le quitaba el arma.
—No te preocupes, son dardos tranquilizadores —respondió el gitano.
Jack, que estaba desesperado y sorprendentemente sobrio debido al susto, continuó con su incansable lucha, protegiendo con especial esmero su rostro.
—¿Acaso no piensan hacer nada? ¡Cobardes! ¡Auxilio! —gritó con fuerza a la vez que la tela de su levita era rasgada por los arañazos que laceraban sus brazos.
Bernardette no pudo soportarlo más y llamó al enorme león por su nombre. Al principio él no obedeció, entonces ella comenzó a agitar las castañuelas que Renzo le ofreció en ese momento, logrando captar la atención de Maximus.
Éste irguió la cabeza y la miró fijamente. Todos dejaron de gritar, pero estaban aún muy nerviosos. De pronto, el félido liberó a su presa.
Jack no desaprovechó la ocasión y se escabulló tambaleando hacia el refugio de las gradas donde lo recibieron Luna y Marcel. El león se acercó lentamente hacia Bernardette.
—¡Ven, Maximus! ¡No te haré daño!
Increíblemente el gran gato dejó de rugir, pareció calmarse soltando un leve gruñido que pareció más bien un quejido lastimero, casi ronroneaba.
Cuando Bernardette estuvo lo bastante cerca como para alcanzarlo, lo acarició, deslizó las manos por el grueso pelaje de la melena y él comenzó a lamer su piel como si le agradeciera el haberlo tratado con dulzura, como lo que era, un ser vivo y no como un ser al que se le debe someter.
Tibo estaba asombrado pero también preparado con una gruesa cadena de metal que le ofreció a Bernardette para que se la pusiera al animal, sin embargo, ella la rechazó.
—Me parece que él no la quiere —declaró—, prefiero llevarlo sin forzarlo.
Le dio un beso al león y continuó haciendo ruido con las castañuelas para atraer su atención al tiempo que lo conducía a la jaula.
Cuando por fin entró, Bernardette le pidió perdón por apresarlo. Definitivamente no le gustaba mantener en cautiverio a los animales, pero tenía que hacerlo por la seguridad de todos en el lugar.
Tibo examinó con sumo cuidado la puerta, buscando signos de violencia como arañazos o algún otro método que el león hubiese utilizado para escapar, pero no los encontró, las rejas estaban intactas, el candado incluso estaba abierto y por supuesto, Maximus no tenía la llave, así que alzó el candado en la mano para que todos pudieran verlo, sacudiendo la cabeza en forma negativa, desaprobando el hecho.
—¡Miren! —exclamó—, estoy seguro de que ese idiota con aires de superioridad liberó a Maximus para llamar la atención de todo el mundo, pretendiendo quedar luego como un héroe.
Gastón Groodrich, el malabarista y maestro de ceremonias, le dio toda la razón, al igual que los demás.
—Es un inconsciente, pudo haber muerto él o cualquiera de nosotros, pero ahora debemos regresar con él a ver como está.
Al regresar junto a él, lo hallaron en brazos de Luna. La tela de su levita había sido desgarrada en las mangas, sus brazos sangraban debido a los cortes que produjeron las garras del animal, pero afortunadamente las heridas no fueron demasiado profundas, debido a la protección que proporcionó en parte la tela gruesa del atuendo, y su anatomía musculosa que sin duda le permitió defenderse muy bien, a pesar de que el león lo superara en peso y fuerza. Más tarde llegaron a la conclusión de que Maximus realmente no quiso matarlo ni lastimarlo gravemente, sino disminuir, a su manera, la soberbia y arrogancia de Jack.
El joven parecía moribundo, aunque Marcel, que estaba a punto de graduarse en la escuela de medicina, le aseguró que sus heridas no eran profundas y que no había perdido demasiada sangre, diagnóstico con el cual todos se tranquilizaron, menos el propio Jack que insistía en dramatizar.
—Escucha, tengo un gran amigo que además es mi maestro, es cirujano en el hospital de París. Hoy es su día libre pero igual podría buscarlo en su residencia mientras te llevan al hospital. Es un profesional, estoy seguro de que con el tiempo ni siquiera te quedarán cicatrices, pues te recuerdo que las heridas no fueron profundas —dijo Marcel Bienvenue.
A Jack se le iluminó el rostro, y lleno de emoción le respondió con una pregunta:
—¿Me lo juras?
Marcel asintió, y luego Athos, Porthos y Renzo, en medio de las quejas de dolor del joven, lo alzaron para conducirlo a un carruaje que lo llevaría al hospital. Aramis, D'Artagnan y Marcel se fueron en busca del doctor Jean Philipe Valois.
D'Artagnan se encontraba un poco escéptico acerca de si los recibiría a esas altas horas de la madrugada, pero Marcel se encargó de disipar las dudas asegurando haber aprendido de su mentor que un buen profesional debe estar siempre al servicio de sus pacientes.
Al día siguiente, en La Fantaisie no se hablaba de otra cosa que no fuese lo ocurrido la noche anterior, inclusive, los hermanos trapecistas también comentaban el hecho mientras ensayaban.
Se trataba de dos muchachos y una chica provenientes de Islandia. En el escenario eran conocidos como Los Cisnes del Trapecio, debido a la blancura de sus trajes, así como a la gran elegancia al ejecutar su número.
Estos muchachos aventureros habían llegado al circo hacía tres años, antes trabajaban en ferias locales y en pequeños circos, hasta que se enteraron de la fama del gran La Fantaisie al visitar Reykjavík, la capital de Islandia.
Knut y Arng eran gemelos, de cabellos castaños y ojos almendrados. El trabajo de Knut consistía en recibir a sus hermanos en el trapecio que colgaba al otro extremo de la carpa.
Era un muchacho amable y risueño, pero también tenía un alto sentido de responsabilidad, además de un gran instinto de protección hacia sus hermanos.
Arng era el bromista de los tres, un tanto infantil, pero también sabía asumir responsabilidades. Físicamente era atractivo como su gemelo, y el que más aplausos recibía cuando realizaba su triple salto mortal en el trapecio volante.
Helga, la más joven de los tres, era hermosa, de cabellos castaños y ojos azules, siempre alegre.
En ese momento, los tres se encontraban en la parte más alta de la carpa, ensayando su número mientras comentaban lo de Jack.
—¡No sé como Maximus no lo devoró! —dijo Knut, colgando cabeza abajo desde el trapecio situado al otro extremo.
—Quizás el pobre león se dio cuenta de que le haría mala digestión —bromeó Arng mientras se llenaba las manos con yodo en polvo para evitar el sudor en las manos.
—¡No digas eso!—increpó su hermana Helga—, hubiera sido terrible.
De pronto todo quedó en silencio, Arng se preparaba para realizar una extraordinaria proeza que desde hacía mucho tiempo intentaba perfeccionar sin éxito, debido a su gran dificultad. Esa noche lo intentaría en la función, aun cuando no le saliera perfecta. Se trataba del cuádruple salto mortal, el sueño de todo trapecista, y él tenía muchas esperanzas de lograrlo.
Knut permanecía tenso en el otro extremo, con el ceño fruncido mientras se balanceaba con fuerza, sentado en el trapecio para tomar impulso.
—¡Ve subiendo a la barra! —indicó—, cuando te avise debes saltar.
Arng obedeció y pocos segundos después estaba balanceándose en el trapecio una y otra vez para tomar vuelo, mientras Helga lo aupaba.
Inmediatamente Knut se inclinó hacia atrás, quedando colgado cabeza abajo, extendiendo los brazos.
—¡Ahora! —gritó.
Enseguida Arng soltó el trapecio y realizó cuatro vueltas perfectas en el aire que su hermana contó minuciosamente, sin embargo cuando fue a tomar las manos de Knut, solo las rozó, cayendo velozmente hacia la red de protección, causándole, como siempre que lo intentaba sin éxito, una gran decepción.
Knut se incorporó rápidamente y se lanzó a la red para consolar a su hermano, mientras Helga lo aplaudía desde las alturas.
—No te preocupes, has mejorado bastante —lo alentó.
De inmediato escucharon unas palmadas que provenían de las gradas más altas y cuando los hermanos giraron las cabezas para ver de quién se trataba, descubrieron a Aramis sentado con los ojos ávidos, luciendo también una sonrisa de oreja a oreja mientras miraba al joven acróbata. Él luego decidió bajar de las gradas hacia la pista para reunirse con ellos.
—¡Vaya! Sí que has mejorado, la última vez ni siquiera rozaste las manos de Knut. Realmente estoy seguro de que cada vez que lo intentas te acercas más a la victoria —comentó Aramis con sinceridad.
—Gracias —respondió Arng, un poco más animado—, pero no puedo evitar sentirme frustrado pues llevo casi un año intentándolo.
—Te dije que era difícil, pero no imposible—, dijo Knut, dándole un leve codazo a su hermano gemelo.
—Además, antes ni siquiera podías realizar las vueltas tan perfectamente como ahora —le gritó su hermana para que pudiera oírla mientras bajaba por la escalera que colgaba de la plataforma.
Aramis contempló por un momento los dos trapecios vacíos, oscilando en el aire y bajó la cabeza, intentando sonreír.
—¿Qué sucede? —lo interrogó Knut—, pareces triste y eso es muy raro en un payaso.
—Es solo que toda mi vida quise ser trapecista —respondió, hizo una pausa para tomar aire y luego comenzó a relatar su historia para que pudieran entenderle mejor.
—Vengo de una familia de malabaristas, mi padre lo era y su padre también lo fue, desde luego mis padres esperaban que sus hijos continuaran la tradición. No es que no nos gustaran el oficio, en un principio sí, pero la forma en que nos presionaban para realizar un buen espectáculo hizo que termináramos odiando esa labor. Por razones de rebeldía decidimos ser payasos en lugar de malabaristas como mis padres querían, sin embargo, pese a que adoro mi trabajo al igual que mis hermanos, confieso que me encantaría hacer algo más, y eso definitivamente tiene que ver con trapecios.
—¿Y por qué nunca se lo dijiste a tus padres? —quiso saber Arng.
—Desde luego que se los dije —contestó Aramis, haciendo un gesto de impotencia con las manos—. En esa época éramos niños, vivíamos y trabajábamos en otro circo mucho más pequeño que éste, pero tenía un grupo de trapecistas arriesgado que hacía su presentación sin red de protección, solo la usaban para los ensayos. Yo quise aprender y ellos estuvieron dispuestos a enseñarme, pero una noche en plena función, uno de ellos, intentando realizar una proeza en el aire, se resbaló de las manos del receptor, justo como tú —señaló a Arng—, solo que él fue a parar al suelo directamente, rompiéndose el cuello. Como era de esperarse mis padres me prohibieron acercarme a un trapecio, de hecho yo también me lo prohibí pues desde entonces me quedó cierto temor a las alturas, incluso después que nuestros padres murieron y nosotros estuvimos solos en otros circos, jamás intenté subirme a un trapecio.
—No debes temerle a las alturas —le dijo Helga—, solo respétalas. Aquello fue un accidente que pudo haberse evitado si tan solo hubiesen instalado una red de protección. Nunca debemos subestimar el peligro para darle más dramatismo al espectáculo, tenemos que tomar en cuenta que primero está el resguardo de nuestra integridad física.
Aramis asintió y el silencio reinó por un segundo hasta que Arng le hizo una pregunta.
—¿Desde cuándo no subes a un trapecio?
—De hecho, jamás lo hice. El accidente ocurrió antes de obtener mi primera clase —respondió Aramis encogiéndose de hombros.
—Bien —asintió Arng para continuar con otra pregunta—. ¿Qué te parece si comenzamos a entrenarte ahora mismo? Nunca es tarde.
Helga y Knut sonrieron satisfechos, pero Aramis abrió mucho los ojos negando con la cabeza.
—No creo que esté listo —confesó preocupado.
—¡Vamos! —lo alentó Knut—. Nunca sabrás que sucederá si no lo intentas.
—Está bien—. Aceptó al fin, extendiendo los brazos a sus amigos para que lo ayudaran a subir a la red que estaba situada a unos tres metros del suelo. Luego subieron por la escalera colgante para ubicarse en la plataforma, y Knut en su trapecio correspondiente.
Helga acercó el trapecio a las manos de Aramís mientras Arng lo sostenía por la cintura y le daba instrucciones. Knut lo estaba esperando en el trapecio receptor para atraparlo.
Aramís temblaba como una hoja, respirando con dificultad debido al miedo y la emoción, pero cuando Helga se percató de la expresión en el rostro del payaso, rápidamente decidió darle una demostración sencilla antes de que él lo intentase, así que se subió a la barra, tomó el trapecio y comenzó a balancearse estirando las piernas e impulsando con fuerza su cuerpo para ganar más vuelo.
Cuando estuvo al alcance de Knut, éste la tomó por los tobillos y ella soltó el trapecio, quedando cabeza abajo, con las manos situadas en la cintura, guiñándole un ojo a su aprendiz, después tomó el trapecio otra vez con las manos, se volteó para quedar de frente a la plataforma y se sitúo nuevamente en ella, ayudada por Arng que la recibió.
—Parece sencillo —opinó Aramís sonriente.
—Por ahora solo aprenderás a balancearte correctamente —lo tranquilizó Knut desde el otro extremo.
Nuevamente Aramis asió el trapecio, Arng lo tomó de la cintura y lo empujó con violencia hacia el vacío.
—¡Recuerda el movimiento de las piernas! —gritó contemplando sus movimientos.
—¡Vas bien! —lo animó Helga.
Aramis trataba con éxito de imitar los movimientos de la chica, consiguiendo así bastante velocidad.
Cuando fue empujado de la plataforma por Arng, el vértigo casi lo hace flaquear, pero posteriormente lo fue invadiendo una grata emoción que le hizo pensar que tal vez nunca había existido tal fobia a las alturas, sino que jamás había intentado saber que se sentía. Antes se había dejado llevar por la impresión de un accidente que, como dijo Helga, pudo haberse evitado.
—¡Trata de voltearte! —le indicó Knut!
El muchacho obedeció como pudo, quedando nuevamente con vista hacia la plataforma y cuando logró ubicarse sobre ella, Arng y Helga lo recibieron felicitándolo por su valentía.
En el hospital, Jack se recuperaba, sus heridas fueron suturadas y vendadas, nada más faltaba la orden del doctor Valois para ser dado de alta. Mientras tanto se deleitaba coqueteando con una enfermera que le cambiaba los vendajes. De pronto la puerta se abrió y apareció frente a ellos Marcel Bienvenue, acompañado de su mentor, el cirujano.
—¡Buenas tardes, muchacho! —saludó el doctor Valois.
—¡Buenas tardes! —respondió Jack, guiñándole un ojo a la joven enfermera que ya se retiraba.
—¡Ya estás listo para irte! —anunció Marcel.
—Anoche, cuando me avisaron que tendría un paciente que había sido atacado por un león, temí lo peor, pero ahora veo que quizás el animal nada más quiso asustarte, no matarte. Definitivamente no te quedarán cicatrices, además, modestia aparte, fuiste muy bien atendido —expresó el doctor Valois con una alegre sonrisa.
Al escuchar esto, Jack se puso realmente feliz, así que miró al doctor y le dijo:
—Eso es lo que más me alegra, no quedaré marcado para siempre. En definitiva debo celebrar esto en el Moulin Rouge —añadió esto último acompañado de una risa pícara.
—Pues no exactamente —corrigió el doctor Valois al tiempo que Marcel negaba con la cabeza—, aunque estés listo para regresar a tu hogar, debes guardar reposo, limpiar tus heridas, cambiar los vendajes y tomar estos analgésicos para evitar el dolor.
Al decir esto el doctor le extendió una hoja de papel con todas las indicaciones.
—Así que nada de farras en los cabarets, ya tuviste suficiente, y prepárate porque Renzo vendrá a buscarte —añadió Marcel al tiempo que se retiraba de la habitación junto al doctor, dejando a Jack desilusionado.