Fabrizzio estaba en Fontainebleau de vacaciones, necesitaba aislarse unos días del circo, pero al mismo tiempo aprovecharía la ocasión para buscar un nuevo domador, así que buscó una oficina de imprenta para mandar a elaborar panfletos donde solicitaba el artista para su espectáculo, señalando también la dirección del hotel donde se hospedaba para que los aspirantes pudieran encontrarlo.
Los espectáculos de La Fantaisie eran muy conocidos y apreciados en Europa, y no faltaban los artistas que quisieran formar parte del equipo, por lo tanto, un buen número de supuestos domadores acudió al llamado de Fabrizzio, razón por la cual él tuvo que prescindir de los relajantes paseos por la ciudad, para dedicarse por completo a entrevistar a los candidatos, pues con lo exigente que era, no iba a contratar a cualquiera, sino al más capacitado.
Una mañana, cuando se disponía a ir al restaurante del hotel para tomar el desayuno, vio a un joven que estaba preguntando por él en la recepción, de inmediato se acercó para presentarse y además preguntarle si lo buscaba por causa del anuncio, el muchacho contestó afirmativamente, por lo tanto Fabrizzio lo invitó a desayunar.
Patrick Leblanc era un muchacho apuesto pese a su baja estatura, tenía el cabello negro, piel blanca, casi pálida y unos ojos verdes que reflejaban un alma melancólica. Tenía cierto aire bohemio y taciturno que difería bastante de los demás cirqueros quienes por lo general lucían desenfadados.
A medida que Fabrizzio bebía su café, Patrick le hablaba de su experiencia laboral, mostrándole incluso pruebas de sus palabras, como fotografías y duplicados de contratos que demostraban que había trabajado como domador de diversos animales en circos casi tan famosos como La Fantaisie.
—Y no solo trabajo con felinos, señor —expresó el muchacho—, también con osos, cebras y camellos, además puedo llevar a cabo números de equilibrismo y malabarismo sobre caballos.
—¡Vaya! y ¿cómo haces eso? —quiso saber Fabrizzio.
—Es sencillo —comenzó a explicar Patrick—, monto un caballo de la manera tradicional, luego me pongo de pie sobre su lomo y comienzo a hacer volteretas mientras él va a todo galope. También hago malabares con clavas, pelotas, cuchillos, cuchillos con fuego, o lo que sea.
Fabrizzio lo escuchó atento, recostado en el respaldar de su silla con el brazo izquierdo cruzado sobre su estómago, sirviendo de soporte al derecho, mientras que con la otra mano se acariciaba la barbilla, asintiendo con la cabeza. Siempre le habían encantado los artistas polifacéticos para su espectáculo, sin embargo aún necesitaba más información acerca del trabajo del muchacho con los leones, que era lo que más le interesaba.
—Excelente, Patrick, pero necesito saber cual es tu rutina con los leones.
El joven percibió interés en Fabrizzio y se alegró, aunque no lo demostró. Acercó su silla un poco más a la mesa y comenzó a explicar su rutina:
—Comienzo presentándole mis animales al público, hago que conozcan sus nombres hablándoles luego de la forma de actuar de cada uno, posteriormente exhorto a las fieras a saltar a través de aros de fuego y a que bailen al son de la música de la banda, después monto sobre sus lomos como si fuesen caballos, simulo dispararles para que se hagan los muertos, ¡ah! eso sorprende mucho a la gente, y por último les ordeno que se retiren a sus jaulas.
—Me parece bastante interesante —opinó Fabrizzio con sinceridad—, sin embargo tienes que tomar en cuenta que mis leones no te conocen en absoluto, por lo tanto deberás empezar desde cero con ellos, y eso podría resultar algo peligroso.
—Pierda cuidado, Monsieur —respondió Patrick con aire despreocupado—, modestia aparte soy uno de los mejores domadores de fieras reconocido en varios circos europeos, por amansar animales indomables, reconozco cada uno de sus movimientos y aunque sé que puedo someterlos con el simple sonido de un látigo, respeto su naturaleza salvaje, sé que son impredecibles y que cada animal puede reaccionar diferente, pero estoy preparado para eso y tengo la mejor disposición —Patrick hizo una pausa y luego continuó—: Fui entrenado por uno de los mejores, mi padre, cuando teníamos nuestro propio circo.
—¿Sabes? Me parece bien, sobre todo porque tienes pruebas tangibles de lo que me has dicho —comentó Fabrizzio, señalando las fotografías que el muchacho le había entregado, luego se las devolvió mientras hacía la última pregunta de la entrevista—. ¿Cuándo estarías dispuesto a ir a La Fantaisie? Yo regreso a París mañana.
—Si no le molesta, mañana mismo podría viajar con usted, el resto de este día lo usaré para compartirlo con mis padres, pues necesito despedirme de ellos —respondió el muchacho, comprendiendo con alivio y satisfacción que había obtenido el empleo.
Al día siguiente, Jack se aburrió en exceso mientras permanecía en la cama, había despertado temprano debido a la incomodidad que le producían los vendajes, sin embargo, pese a ser perezoso y a estar habituado a dormir hasta tarde, no estaba acostumbrado a estar tumbado todo el día. No podía salir a divertirse o a ensayar con sus animales porque sus heridas aún eran recientes, y no podía arriesgarse a que se abrieran de nuevo.
No era aficionado al hábito de la lectura, pero de todos modos un buen libro no le sentaría nada mal para combatir el tedio. Él no tenía ninguno pero había visto varios estantes llenos de libros en la tienda de Fabrizzio, por lo tanto supuso que tal vez podría encontrar alguno de su interés allí.
No sabía si su jefe estaba dispuesto a prestarle sus preciados libros, pero aquella mañana Jack se sentía nuevamente rebelde, así que, agobiado por el aburrimiento, se levantó de la cama, tomó una manzana del cesto que tenía sobre la mesa y se dirigió hacia el exterior.
Continuó su camino hasta llegar a las jaulas de los leones, encontró a Maximus encerrado solo en una de ellas, aislado de los demás. El hombre sonrió de lado al pasar junto al felino, pero éste ni siquiera se inmutó, permaneció allí, quieto con la cabeza erguida al tiempo que miraba al horizonte. Jack ensanchó aún más la sonrisa y exclamó:
—¡Maldito león! Algún día te daré tu merecido.
Siguió su camino hasta llegar a la carpa de Fabrizzio. Por un momento se detuvo al pensar en su jefe, quizás se enojaría si llegaba a saber que él había ido a hurgar en su tienda, y pensándolo bien, ya tenía suficiente con el desastre que había provocado cuando estaba borracho, no obstante, debido a su terquedad, Jack continuó avanzando, desechando sus propios pensamientos.
Al llegar a la tienda no lo pensó dos veces y entró.
Frente a él, por detrás de un suntuoso escritorio, encontró tres estantes repletos de libros, entonces se acercó para leer los títulos escritos en los lomos, pero ninguno llamó su atención.
—¡Qué bajo he caído! —se dijo a sí mismo—. Estoy buscando libros porque no puedo entrenar a mis animales, ni tampoco puedo ir a las tabernas a divertirme.
Al fin su mirada se detuvo en uno de los libros, que en el lomo azul rezaba el siguiente título:
La equitación y el mundo ecuestre.
—¡Maravilloso! —exclamó.
Luego giró la cabeza para mirar un sillón donde podría sentarse a leer cómodamente, pero pensó que recostado estaría mucho mejor, de modo que avanzó, abrió los doseles que tenía al frente y se encontró con la cocina, giró entonces a su izquierda, descorriendo otras cortinas y fue así como dio por fin con la habitación de Fabrizzio.
El hombre tenía una magnífica cama al estilo Luis XV, elegante, también había estantes con libros (al parecer le encantaba leer) una mesa de noche, una percha de donde colgaba una capa con un sombrero de copa alta, un armario, un espejo de cuerpo entero, y un enorme baúl cerrado con candado.
El atrevido muchacho se tumbó en la cama y comenzó a leer el libro mientras devoraba lo que quedaba de la manzana que se había llevado consigo, pero no tenía mucho tiempo allí cuando empezó a sentir una molestia en la nuca, así que prefirió sentarse, entonces vio algo que le llamó la atención...
La punta de un libro negro se asomó por debajo de la almohada, así que Jack dejó el ejemplar ecuestre que estaba leyendo sobre la mesa de noche, y tomó el otro que llamó su atención.
El encuadernado estaba maltrecho, parecía bastante antiguo y no tenía título en el lomo, pero sí en la portada donde se leía en letras rojas lo siguiente:
Obéck, dios de la sangre
—¿Qué rayos es esto? —se preguntó con una expresión de contrariedad, luego cambió el semblante y se respondió—: Tal vez es una novela de horror o algo así.
Pero a medida que se adentraba en la lectura, se dio cuenta de que no se trataba para nada de una novela, sino de un libro de ocultismo o algo por el estilo, entonces se preguntó la razón por la cual Fabrizzio tendría una obra como esa. Sin embargo, luego le restó importancia al asunto, pensando que tratándose de una persona acostumbrada a viajar mucho por el mundo, a menudo recolectaba extraños souvenirs.
La lectura lo fue envolviendo cada vez más y más, hasta el punto que ya ni siquiera advirtió ningún sonido proveniente del exterior de la carpa, incluso si uno de sus enormes elefantes hubiese caído sobre él en ese momento, ni siquiera se habría inmutado, quizás por esta razón no advirtió que alguien entraba en la carpa, acercándose a la habitación donde él estaba.
De pronto, un grito agudo lo sacó bruscamente de su concentración y su corazón comenzó a latir a mil por hora. Instintivamente bajó el libro, encontrándose con unos ojos desorbitados que lo miraban. Era Bernardette con una mano en el pecho y otra sosteniendo un plumero.
—¿Qué haces aquí? —preguntaron los dos al mismo tiempo.
La muchacha cruzó los brazos, lanzándole una mirada de reproche.
—Respóndeme tú primero, ¿qué haces aquí?
Él sonrió, aliviado.
—No lo haré hasta que tú me respondas. No olvides que yo estoy a cargo, aunque es obvio que has venido a curiosear, ¡Vaya, vaya, Berni! Eso no se hace.
Ella puso los ojos en blanco y suspiró con fastidio.
—Vine a hacer la limpieza como todos los días. Yo sí tengo permiso para estar aquí, pero dudo que tú lo tengas —respondió con aire de suficiencia.
—Tienes razón —confirmó él con descaro—. No tengo permiso de estar aquí, pero como ya te dije estoy a cargo, además se me antojó leer para pasar el rato, y yo no tengo ni un libro en mi carpa.
—¡Eres un atrevido! —soltó ella arrebatándole el libro de las manos, y tomando también el que estaba sobre la mesa de noche—. ¿De qué estante los sacaste? Voy a colocarlos en su lugar y más te vale que salgas de aquí.
Él sonrió y se levantó de la cama para arrebatarle el libro negro de las manos.
—Éste estaba aquí —dijo mientras lo ubicaba nuevamente debajo de la almohada.
Bernardette enarcó una ceja.
—Y éste, ¿de dónde lo sacaste?
—¡Dámelo! —exclamó él—, yo lo llevaré.
Ella se lo entregó, siguiéndolo mientras él se dirigía nuevamente al recibidor de la carpa para colocar el libro en su lugar.
—Muy bien, ahora sal de aquí que tengo que limpiar —ordenó ella con voz malhumorada.
—¿Y por qué mejor no limpias mis heridas? Creo que necesito un cambio de vendajes —dijo con una sonrisa en los labios y un tono de voz meloso.
—Porque no soy enfermera.
—Tampoco eres sirvienta.
Bernardette soltó un gruñido mientras lo fulminaba con la mirada, ya estaba comenzando a impacientarse.
—¡Largo de aquí, Jack! —soltó señalando las cortinas que daban a la salida.
—Está bien, no tienes que ser tan dura conmigo, aunque te confieso que enojada te ves más linda.
—¡FUERA! —gritó Bernardette perdiendo la paciencia.
El muchacho se encogió de hombros mientras se dirigía a la salida.
Por la tarde llegó Fabrizzio, acompañado de su nuevo empleado. La oscura presencia del jefe le devolvió su acostumbrado ambiente pesado al circo.
Las mellizas contorcionistas rusas fueron las primeras en ver al carruaje llegar, de modo que corrieron avisándole a todos, pero nadie comprendía lo que decían, excepto D'Artagnan, a quién le encantaban los idiomas y entre los que dominaba a la perfección estaba el ruso. Al escuchar a las chicas, inmediatamente fue a comprobar la información.
La voz grave del Vampiro lo sacó de sus pensamientos.
—¿Dónde está Jack? —preguntó Fabrizzio con su acostumbrada mirada despectiva.
—Está en su carpa, Monsieur —contestó el payaso—, pero creo que antes usted debe saber que él fue atacado por Maximus. Sin embargo, pese al ataque, se encuentra bien de salud, gracias a Dios.
Fabrizzio frunció el ceño, adoptando una expresión de desconcierto.
—¿Y cómo rayos sucedió eso? —inquirió.
—Pues él...
Se quedó callado por un momento, navegando en su mente, recordó que ese día hubo una fiesta y estaba claro que no podía decírselo a él, precisamente al Vampiro, al hombre que era temido por unos y odiado por otros, pues si era seguro que se iba a enfurecer cuando le dijera que Jack trató de domar al animal, con certeza se encolerizaría aún más cuando supiera que el joven estaba completamente ebrio por la fiesta que tenían para celebrar la libertad momentánea de La Fantaisie.
—¡Habla ya! —expresó Fabrizzio con mucha impaciencia, golpeando el suelo con su bastón, lo cual hizo que Patrick y D'Artagnan se sobresaltaran.
—Él estaba ebrio, me imagino que se fue de farra al Moulin Rouge, como siempre —hizo una pausa breve para pensar bien que decir y luego continuó—: Liberó a Maximus e intentó domarlo... pero el animal lo atacó.
Fabrizzio iba reflejando la rabia en su rostro conforme las palabras salían de los labios de D'Artagnan. Patrick por su parte había reconocido al joven que hablaba con su jefe, pero como vio al Monsieur tan molesto, no quiso saludarlo en ese momento, sin embargo no aguantó más la curiosidad y se aventuró a preguntar.
—Disculpen pero ¿qué clase de animal es Maximus?
D'Artagnan, por el susto, ni siquiera había mirado detalladamente al muchacho, pero cuando oyó su voz la reconoció de inmediato. Sin embargo, por ahora, solo se limitó a responderle, pero fue interrumpido por una respuesta cruda y tajante de El Vampiro:
—Es un maldito león que merece morir para que nunca más intente atacar.
Y diciendo esto se marchó, dejando a los dos hombres sorprendidos, pero no hubo caminado demasiado cuando recordó que había dejado a Patrick atrás, así que desde donde estaba le ordenó a D'Artagnan que le mostrase el circo, y sin siquiera disculparse con el joven, retomó la marcha, perdiéndose de vista.
Ahora que se encontraba el ambiente más liviano, los dos chicos pudieron saludarse por fin, así que sin pensarlo dos veces se abrazaron.
Los mosqueteros habían trabajado en el circo de la familia Leblanc cuando éstos gozaban aún de fama y fortuna. Dimitri Leblanc, el padre de Patrick, había sido gran amigo del padre de los mosqueteros, pero al quedar en la ruina, tuvo que prescindir de los servicios de todos sus empleados, y los payasos tuvieron que tomar su propio rumbo.
—¿Cómo estás, amigo mío? —saludó Patrick, entusiasmado—. Nunca pensé que te encontraría aquí, ¿y tus hermanos?
—El mundo sí que es un lugar pequeño —respondió D'Artagnan—. Estoy bien, mis hermanos están conmigo, pero ¿qué haces aquí? —inquirió un poco confundido.
—Bueno, esa es una larga historia que ya te contaré luego —suspiró y luego agregó—: La verdad es que hace tiempo necesito a un amigo, más bien a ti, que eres el hermano que nunca tuve.
—¡Vaya! ¿Eso quiere decir que tú y tu hermano, Leonard aún siguen enojados?
—Sí, pero luego hablaremos de eso, por ahora solo dime como fue que ese león atacó. Parece que tengo un duro trabajo por delante.
—La verdad es que no lo entiendo, pensé que se enfadaría con Jack por haber liberado a Maximus, pero él se enojó con el león. ¡Sí que es impredecible este hombre! —respondió D'Artagnan confundido y hablando más para sí mismo que para Patrick, mientras éste lo miraba con la mano en la barbilla, tratando de comprender lo que acababa de pasar.
—¿Siempre es así de irascible? —indagó Patrick, pensando en la clase de jefe que tendría que aguantar.
—¿Irascible? —repitió D'Artagnan, haciendo mucho énfasis en la palabra—, pero si es un déspota, un desalmado, un crápula, bueno... todo un vampiro. ¡Ah! creo que debes saber que así lo llamamos casi todos aquí.
Eso último lo dijo casi en un susurro y acompañado de una risita.
—Bueno si es así, supongo que tendré que adaptarme —respondió su amigo, resignando.
Fabrizzio entró en su carpa revolviéndolo todo, buscaba afanosamente algo que luego recordó que estaba debajo de su cama. Se trataba de una escopeta.
Su cabello, el cual llevaba suelto y un poco despeinado por la brisa, le proporcionaba un aire agresivo, casi salvaje que difería enormemente de su habitual apariencia elegante e impecable. Así que lo ató con una cinta negra para que no le estorbase, después se fue, rumbo a las jaulas de los leones, desde donde se escuchó un disparo que desde luego alertó a todos los habitantes del circo.
Bernardette estaba durmiendo la siesta y se sobresaltó al oír aquel estruendo, se levantó de prisa para salir, encontrando a todo el mundo nervioso afuera.
El viejo Janosh vociferaba sin parar que había visto al Vampiro salir de su carpa con un arma, y Esmeralda desechó esa información debido a la senilidad del anciano, más su incredulidad fue refutada por Tibo, quién afirmó haberlo visto también.
—Pero si ni siquiera ha llegado a París —alegó Bernardette.
D'Artagnan, que también había salido despavorido junto a Patrick, al igual que el resto de la gente, se acercó a ella refutando lo que acababa de decir.
—Sí, lamentablemente él ya está aquí, llegó hace poco y se irritó mucho cuando le dije lo de Jack. Lo siento pero se iba a enterar de todos modos.
Bernardette permaneció pensativa mientras escuchaba lo que el joven dijo.
—Pero no creo que haya... no lo creo capaz de asesinar a Jack —soltó D'Artagnan.
—Quizás solo iba a limpiar su arma, o algo así, ¿no creen? —aventuró Luna, acercándose a su amiga entre risas nerviosas
—No lo sé —respondió algo nervioso—. Lo extremadamente raro es que... él no —titubeó un poco—, no parecía... enojado con Jack, sino con Maximus. Cuando le dije lo que sucedió, se fue histérico a su carpa. No le presté atención porque realmente creí que solo iba a mandar a trasladar al animal a un zoológico, o a azotarlo, y además que Jack sería despedido por majadero, pero momentos después se escuchó ese disparo.
A este punto, en el rostro de Bernardette se fue dibujando una expresión de terror, casi como si adivinara que acababa de hacer El Vampiro, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por un grito que le heló la sangre a todos los presentes, se trataba de Helga que regresaba de la zona de las jaulas, llorando, nerviosa y acompañada de Aramis, quién también lucía bastante perturbado, negando con la cabeza, desaprobando lo que acababa de presenciar.
—¡Lo mató! —exclamó, una y otra vez la joven islandesa, horrorizada—. Él no lo merecía.
No pudieron soportarlo más, de modo que salieron corriendo, tropezando con Jack que salió de su carpa bostezando, con el torso desnudo y el cabello revuelto. Estaba un poco aturdido por el alboroto que acababa de interrumpir su siesta, y no entendía qué pasaba, pero eso no le impidió protestar cuando le rozaron violentamente el brazo izquierdo, provocándole dolor.
Tal preocupación se transformó en una mezcla de sentimientos cuando contemplaron el desagradable escenario en que se había convertido la jaula de los leones. Fabrizzio estaba con su escopeta en la mano, sosteniéndola con mucha fuerza, algunos rebeldes mechones de cabello ondeaban con el viento, resistiéndose a permanecer trabados bajo la presión de aquella cinta oscura, su capa también bailaba con la brisa que entonces se tornó fría, y sus furiosos ojos grises estaban puestos sobre Maximus.
El infortunado animal reposaba flácido en el piso de su celda, sus ojos estaban ligeramente abiertos, sobre sus patas descansaba la cabeza inerte, con una herida en la frente de la cual manaba un hilo de sangre que se deslizaba por la nariz para luego caer formando un pequeño charco rojo sobre las piedrecillas del suelo.
Bernardette, con los ojos tan abiertos que casi se salían de las órbitas y la respiración agitada, se fue acercando lentamente al león, mientras Fabrizzio la seguía con la mirada.
—¡Así es! —exclamó con tono indolente—, despídete de él, ya no molestará a nadie más.
Bernardette no pudo soportarlo y antes de llegar a la jaula del felino muerto, se giró para encarar al Vampiro.
—¿Cómo pudo hacer algo así, Monsieur? —preguntó indignada—. ¡Es usted un monstruo! —gritó sollozando.
—Para ti podré ser un monstruo —respondió el hombre, señalándola de forma amenazante con la escopeta—, pero la verdad es que acabo de matar a una fiera salvaje que pudo terminar con la vida de un ser humano, deberías agradecerme.
—¡Él era mío! Usted me lo regaló cuando cumplí dieciséis, ¿acaso no lo recuerda?
—Te equivocas —refutó Fabrizzio—, únicamente te pedí que cuidaras de él al darme cuenta de que era el que más te gustaba de la camada.
Después de decir esto se marchó ante la mirada atónita de los presentes.
—¡Perdóname! No pude protegerte —se disculpó la joven ante el cuerpo sin vida del animal.
Su mirada se tornó borrosa por las lágrimas mientras sentía una presión fuerte en el pecho al contemplar el enorme cuerpo inerte del felino. Corrió hacia él para acariciar su melena al tiempo que lloraba desconsoladamente.
Desconcertado todavía ante lo que acababa de ocurrir, y guiado por D'Artagnan, Patrick fue a la carpa de Fabrizzio y al llegar se encontró con Jack quién lucía aún perturbado. El recién llegado le preguntó si quería hablar con el Fabrizzio y éste le respondió afirmativamente, por lo tanto el nuevo domador decidió esperar su turno fuera de la carpa.
Cuando Jack entró, Fabrizzio estaba de espaldas a él, a su izquierda, recostada de una silla y todavía caliente, permanecía la escopeta que había usado. El lugar estaba impregnado de un desagradable olor a pólvora, sin embargo al mago parecía no afectarle en lo absoluto.
—¿Cómo sucedió? Es todo lo que quiero saber.
Jack lo recordó todo y por un momento estuvo a punto de revelarle al Vampiro lo de la fiesta, pero posteriormente reflexionó, pensando que su ira se volvería contra él por no haber impedido aquel jolgorio, así que aclaró su garganta y se dispuso a narrar la historia a su manera, esforzándose para que Fabrizzio no lo intimidara con aquella mirada penetrante e inquisidora.
—La jaula de los leones estaba insoportablemente sucia, parecía un chiquero y yo quise limpiarla, así que...
—Sin temor a llenarte de suciedad, decidiste hacer el trabajo, como si yo no tuviera empleados encargados de eso —lo interrumpió Fabrizzio, acercándose más a él.
El joven asintió con la cabeza mientras sentía que la sangre se le helaba.
—Hijo, te voy a dar un valioso consejo —declaró El Vampiro, paseándose por el recinto, al tiempo que Jack lo seguía con la mirada—. Si vas a decirme una mentira, asegúrate de que sea racional.
—Pero yo no...
—¡Shh ! —lo hizo callar su interlocutor—. Las otras versiones dicen que estabas ebrio e intentaste domarlo torpemente, ¿vas a negarlo? —lo desafió.
—¿Qué fue lo que pasó, según lo que le han dicho? —inquirió Jack.
—Me interesa más conocer tu versión de los hechos —dijo El Vampiro enarcando una ceja.
El joven respiró profundo y decidió relatar de nuevo la historia, pero esta vez sin mentiras, solo reservando información que pudiera perjudicarlo aún más.
—Es cierto —admitió—. Yo estaba ebrio porque al final de la función me tomé el contenido de una botella de vino tinto que tenía en mi anaquel, así que quise demostrarle a todos, e incluso a mí mismo, que podía entrenar a cualquier clase de animal, no solo a elefantes y caballos, el resto de la historia usted ya la sabe.
El hombre al fin estaba satisfecho con la información, así que esta vez prefirió indagar acerca de su salud. Jack, un poco extrañado por su preocupación, le respondió que lo había tratado el doctor Jean Philippe Valois, que a su vez era maestro en la universidad donde estudiaba el hijo del alcalde de la ciudad, y que según sus diagnósticos el daño no había sido severo, por lo tanto sanaría pronto.
—Así que te has hecho amigo del hijo de Robespierre —dijo Fabrizzio.
Jack negó con la cabeza.
—No pero... ¿lo conoce usted, Monsieur?
—Al joven solo lo conozco de vista —contestó Fabrizzio—, pero a Robespierre lo conozco desde hace muchos años. Él también pertenece a la logia.
Al terminar de hablar, Fabrizzio extrajo un reloj de oro de su bolsillo, finamente decorado con las iniciales de su nombre, y comprobó que faltaba poco para que empezara la función.
—¡Ve a descansar! —ordenó—, así no puedes trabajar, pero antes avísale a Bernardette que se prepare para la función.
El joven asintió y salió de la carpa, seguido por Fabrizzio que al ver a Patrick por fin se acordó de él, de modo que hizo las presentaciones correspondientes entre Jack y el nuevo domador.
Una vez que Jack estuvo al tanto del oficio de Patrick, no supo si sentir envidia o admiración después del altercado que había tenido con Maximus. En el fondo temía que Fabrizzio pudiera cuestionar sus habilidades como entrenador de caballos y elefantes, debido a su debilidad con el león.
—¡Vaya! —exclamó—. Así que eres el nuevo domador, yo entreno a los caballos y los elefantes.
—¿En serio? Yo también entreno a ese tipo de animales —señaló el joven, estrechándole la mano.
—¡Qué bien! —exclamó Jack con un poco de rudeza, pero fingiendo interés.
Fabrizzio, entendiendo la situación, tranquilizó al entrenador diciéndole que Patrick nada más se encargaría de los felinos, y oportunamente se disculpó con el domador por haberse olvidado de él. Posteriormente tomó a Patrick por un hombro y lo condujo a la carpa que a partir de ese día ocuparía.
El lugar ya estaba preparado para ser ocupado pues era el domicilio del antiguo domador, incluso se encontraba amueblado debido a que al otro apenas le había dado tiempo de huir con lo indispensable, y eso incluía a los cachorros.
No obstante, Fabrizzio le dio a Patrick la oportunidad de conservar o desechar todos los muebles, y el hombre se decidió por la primera opción, ya que debido a la presteza del viaje, a él únicamente le había sido posible cargar con su ropa.