Cuando un artista sufre, no lo hace de igual manera al resto de las personas, el artista sufre mientras ríe y brilla para mantener al publico alegre porque siempre, en todo momento, a pesar de la tristeza y el alma rota, el show, debe continuar. Así que Bernardette se dio un baño y comenzó a preparase sin ganas. Sus ojos todavía estaban hinchados por el llanto, sin embargo el maquillaje ocultó las imperfecciones.
Una vez lista, salió de la carpa, cargando con esfuerzo la caja plateada con los diversos utensilios de magia que Fabrizzio utilizaría en su número: una varita, diversas cajitas metálicas con interminables compartimentos, espadas y hasta las jaulas pequeñas que contenían a los conejos y a las palomas, cuyas alas habían sido previamente cortadas para evitar que escaparan.
Uno de los encargados de la pista la ayudó con la carga, situándola a un lado del escenario.
Bernardette continuó con aquella triste expresión en el rostro pues buscó con la mirada a Maximus en su jaula y no lo halló, entonces confirmó que se lo habían llevado para siempre. Eso la deprimió, pero no se podía dejar abatir, así que reprimió las lágrimas y caminó hacia la parte posterior de la carpa principal donde Fabrizzio la estaba esperando, ataviado con un traje elegante con corbatín.
Usualmente Bernardette lo ayudaba a vestir, pero en esta ocasión quiso arreglarse solo, no tenía deseos de tenerla cerca mientras hablaba de lo sucedido con el león.
Desde el escenario, se escuchó la voz grave del maestro de ceremonias despidiendo a los mosqueteros que habían hecho su nueva presentación, aquella que tanto ensayaron, incluso estrenaron vestuario, que hacía alusión a los uniformes de los mosqueteros reales.
Los cuatro emergieron por la parte posterior del escenario, todavía riendo de sus propios chistes y bromas, con sus sombreros de plumas y espadas hechas de globos. D'Artagnan le guiñó un ojo a Bernardette para animarla y continuó su camino.
Aún se escuchaban las risas del público mientras los utensilios de magia eran situados por los encargados de la pista en el centro de la misma. Entonces el maestro de ceremonias, Gastón Groodrich, que además era malabarista, pidió la atención del público pues estaban a punto de ver en plena acción al mago Hassan, así que la banda tocó un redoble de tambor mientras Bernardette fingía una espléndida sonrisa en su rostro. Fabrizzio también sonrió, extendiendo la mano para tomar la de ella.
Ambos abrieron el telón para salir al escenario en medio de los aplausos del público. La muchacha no dejó de sonreír, agitando la mano derecha para estimular todavía más los aplausos.
El mago se quitó el sombrero de copa y se lo pasó a Bernardette, ella lo dejó sobre la mesa que estaba en la pista, extrajo de la caja una varita y se la dio a Hassan. Él simuló pronunciar unas palabras mágicas al agitar la varita y al instante sacó un hermoso conejo gordito del sombrero.
Los niños del público abrieron los ojos con asombro y los adultos aplaudieron con emoción.
Seguidamente, el mago tomó la mano de la joven para conducirla a la caja rectangular que yacía horizontalmente sobre la plataforma. Hassan abrió la cubierta para que su asistente se metiera en ella, quedando recostada. En seguida el mago cerró la tapa, dejando al descubierto solo los pies y la cabeza de ella.
A continuación, Hassan sacó una filosa hoja cuadrada, bastante grande, posteriormente la introdujo en una ranura que había en el medio de la caja donde se había metido Bernardette, quedando dividida en dos mitades que él separó ante el estupor del público.
Bernardette sonrió para demostrar que no había sufrido ningún daño.
En seguida, Hassan unió de nuevo las mitades para sacar a la muchacha completamente ilesa, pero para su gran final reservó lo mejor...
Los pisteros llevaron, por orden del mago, una jaula montada sobre un armazón con ruedas. Esta jaula fue cubierta hasta la mitad por una cortina negra con dibujos plateados de lunas y estrellas.
Fabrizzio tomó nuevamente la mano de Bernardette para conducirla hasta la jaula, y una vez que ella entró, cerró la reja. A continuación dio la orden a los pisteros de correr la cortina, cubriendo por completo la jaula mientras él se dedicaba a agitar su capa en una especie de danza misteriosa.
Los encargados de la pista hicieron girar la celda al compás de un redoble de tambor hasta que el mago extendió los brazos hacia arriba y la banda detuvo la música, entonces, con un gesto indicó a los hombres que debían descubrir la jaula...
Cuando la orden fue ejecutada, allí en el interior de la jaula y ante los ojos de una audiencia maravillada, en lugar de la mujer se encontraba una enorme pantera negra, rugiendo de forma amenazadora, lo que hizo que las personas comenzaran a aplaudir profiriendo elogios al mago al tiempo que se escuchaba una gran fanfarria de la banda.
La gran jaula fue retirada del escenario para ser llevada detrás del telón, mientras tanto Hassan recibía la ovación sonriendo y reverenciando al público.
Bernardette por su parte, una vez fuera de la vista de la audiencia, salió totalmente entumecida de un compartimiento secreto situado justo debajo del piso de la jaula. D'Artagnan, que estaba allí, la ayudó a salir mientras la felicitaba por su labor, pues en realidad, tomando en cuenta que todo el esfuerzo lo había realizado ella, se podía considerar que era la verdadera estrella del espectáculo.
Luna y Renzo llegaron corriendo, agitados, ya que tenían el tiempo justo para su presentación (Normalmente llegaban con tiempo de sobra)
Cuando Hassan salió del escenario, pronto se transformó de nuevo en el insoportable Fabrizzio Buonarotti y abandonó su alegre expresión para fruncir el ceño como siempre lo hacía.
Los chicos gitanos se apresuraron a aparecer en escena. El número de telepatía de Renzo y Luna realmente maravillaba al público, pues observar a Luna adivinar con los ojos cubiertos qué objeto tomaba su hermano de las manos de las personas sentadas en las gradas y en los palcos, era una experiencia sumamente fascinante.
Más tarde realizarían su acostumbrado número de baile que tanto animaba a las personas donde además de bailar, Renzo también cantaba.
Detrás del escenario, Bernardette volvió a tener el mismo semblante triste de antes, sus ojos se humedecieron nuevamente y en aquel momento decidió regresar a la zona de las jaulas. Su amigo D'Artagnan la acompañó.
—Es demasiado cruel —dijo Bernardette con un dejo de rencor en la mirada—. No tenía ningún derecho de hacer algo así.
—Sé que querías mucho a Maximus, pero él ya no sufrirá más, lo vas a superar como lo has hecho siempre, confía en mí —intentó reconfortarla el payaso y luego añadió—: Nunca te he dicho un secreto, ¿verdad? —ella negó con la cabeza.
—Pues tengo uno —confesó mientras la conducía hacia unas banquetas que estaban junto a la jaula vacía del felino.
—Cuando éramos niños y vivíamos en el circo de un amigo de mi padre, mis hermanos y yo sufrimos mucho debido a su alcoholismo. Mi padre era malabarista y trató de inculcarnos su oficio, nos maltrataba si al ensayar la rutina no salía bien. Cada vez que practicábamos, si una de las clavas o pelotas se nos caía de las manos, nuestras piernas temblaban porque sabíamos que nos daría una paliza. Mamá, pese a no golpearnos, estaba de acuerdo con él en que aquel era el mejor método para educarnos, pensaba que una formación rigurosa proporcionaría buenos frutos a futuro, y que algún día se lo agradeceríamos. Sin embargo cuando los golpes le tocaban a ella no pensaba de la misma forma.
Un día, ella decidió irse, dejándonos al «cuidado» de ese hombre que al verse solo se desquitó todavía más con nosotros. Dejó de trabajar para dedicarse por completo a la bebida, y nosotros tuvimos que ganarnos el sustento.
Después de cada función, cuando abandonábamos los malabares y nos dirigíamos a la cama, nos sentíamos aliviados, mientras nuestro padre permanecía en las cantinas, pero una de esas noches no regresó...
A la mañana siguiente, el dueño del circo, es decir, el padre de mi amigo Patrick, entró en nuestra carpa para decirnos que nuestro papá fue encontrado muerto en las afueras de una cantina.
—¡Por Dios! —exclamó Bernardette, tapándose la boca con las manos—. ¡Qué terrible!
—Mis hermanos y yo no sabíamos cómo reaccionar, además no contábamos con los recursos económicos para llevar a cabo un sepelio. ¡Éramos niños! Pero el dueño del circo demostró ser un amigo verdadero para nuestro padre, no solo se hizo cargo de todo, sino que también nos permitió quedarnos a trabajar en su circo si así lo queríamos. Sin embargo, tiempo después, el amigo de mi padre lo perdió todo, ya que aunque no era adicto a la bebida, sí lo era del juego, así que decidimos marcharnos a una feria en Italia que pertenecía a un amigo del padre de Patrick.
Al llegar allá nos recibieron con cariño, nos sentimos libres, un poco solos y asustados, pero libres.
Conocimos a los payasos que trabajaban allí y ellos nos enseñaron a reír, a ser felices y llevar felicidad a los demás, aun cuando estuviésemos tristes, por eso preferimos adoptar este oficio, para reírnos del dolor —expresó colocándose la nariz roja, provocando una sonrisa a Bernardette—. Aunque sintamos tristeza, sabemos que el show debe continuar y que hay personas que están allí sentadas frente al escenario, que quizás sufren más que nosotros, y esperan olvidar sus pesares al menos por esta noche, es entonces cuando los artistas hacemos nuestro trabajo.
La joven lo miró con admiración y sin pensarlo siquiera lo rodeó con los brazos.
—Yo siempre te vi tan feliz a ti y a tus hermanos que jamás me imaginé que su infancia hubiese sido tan dura. Nunca se rindieron —dijo enjugándose las lágrimas.
—Nos encargamos bien de eso —respondió sincero—, de jamás rendirnos, incluso nos dedicamos a hacer actividades complementarias. Yo por ejemplo, con el dinero que gané en Italia me dediqué a recibir clases de idiomas y de arte dramático, es que... bueno yo... sueño con actuar en un teatro algún día, Athos, gracias a sus estudios, además de payaso y malabarista es también un gran pianista, Porthos, aprendió a pintar y a hacer artesanías de madera, y finalmente Aramis toda su vida soñó con ser trapecista, pero nuestros padres se lo impidieron, debido a un accidente que tuvo un acróbata del circo donde vivíamos, no obstante hoy está a punto de hacer su sueño realidad.
—Yo también tengo un sueño, quiero ser una gran alambrista como mi madre... lo sé, es solo un sueño, una quimera, pero me gustaría tanto que se hiciera realidad.
—Si quieres, lo puedes lograr, nunca te rindas.
De pronto, vieron acercarse a Renzo y a Luna de modo que intuyeron que ya debía ser el turno de Aramis que haría su debut junto a los trapecistas islandeses.
—Vamos a darle nuestro apoyo —expresó Bernardette, emocionada.
—Aún no es su turno —aclaró Renzo—, le corresponde a las mellizas rusas, pero... cambiando un poco el tema me complace decirte que se te ve mejor semblante, Berni.
—Sí, me alegra que estés mejor —afirmó Luna.
—Eso se lo debo a las palabras de D'Artagnan —contestó la muchacha mientras el payaso asentía con humildad, luego ella cambió de tema—: Debemos expresarle nuestro apoyo a Aramis, quizá esté muriéndose de los nervios por su nuevo número.
Detrás del telón, en efecto Aramis estaba nervioso. Ese era su gran día, el de su debut, además Arng iba a mostrar, si podía hacerlo, su cuádruple salto mortal.
Aramis necesitaba con urgencia que le brindaran seguridad, estaba solo detrás del telón ya que los hermanos islandeses se encontraban instalando la red de protección en el escenario, al tiempo que las gemelas rusas ejecutaban su número.
Cuando D'Artagnan, Bernardette, Renzo y Luna iban en camino, se toparon con Athos y Porthos que ya se habían cambiado de ropa e iban a ver el debut de su hermano.
Los amigos de Aramis subieron entonces a las gradas más altas, donde por lo general las personas del público no se sentaban. Allí solían ubicarse solo los artistas cuando querían disfrutar de la función como espectadores.
Athos, Porthos y D'Artagnan por su parte, se fueron a hacerle compañía a su hermano y cuando éste los vio llegar, se llenó de emoción.
Con la compañía se sintió fuerte, sus hermanos y amigos estaban con él para apoyarlo.
De pronto se escuchó a la banda tocar y a la voz del maestro de ceremonias despedir a las mellizas en medio de la acostumbrada lluvia de aplausos, momento en que los hermanos islandeses salieron del escenario para reunirse con Aramís, posteriormente, y con mucha prisa, el cuarteto se colocó sobre los hombros unas capas con el dibujo de unas alas en la parte posterior. Entre sí se ayudaron con esa labor, y los hermanos del nuevo trapecista se fueron a acompañar a sus amigos en las gradas para presenciar el espectáculo.
Los artistas se dieron animo antes de salir a la pista para demostrar su talento, al tiempo que Gastón Groodrich los presentaba como Los cisnes del trapecio.
—Están a punto de presenciar una gran demostración de valentía y elegancia —vociferó—. Como podrán observar, ya no son un trío, sino un cuarteto, puesto a que a estos hermanos se ha sumado Aramis, uno de los graciosos mosqueteros que nos divirtió junto a sus hermanos —agregó señalándolo—. Esta es su primera vez en el escenario como trapecista, así que anímenlo con un fuerte aplauso.
El muchacho fue el último en subir por la escalera colgante después de despojarse de la capa, al igual que los demás. Cuando llegó a la plataforma, Helga ya tenía la barra colgante en las manos. Ella giró la cabeza, regalándole una sonrisa al mosquetero, posteriormente se lanzó al aire y cuando soltó el columpio extendió los brazos como si volara en medio de las expresiones de asombro de los espectadores. Su hermano Knut la atrapó como siempre y las personas recuperaron el color de sus rostros.
Cuando Helga alcanzó de nuevo la plataforma, le tocó entonces el turno al nervioso Aramis. Sus piernas temblaron, pero Helga que se percató de su temor, comenzó a alentarlo.
Arng por su parte sostuvo el trapecio para entregárselo a Aramis una vez que se subió a la barra sobre la plataforma, éste en seguida se impregnó las manos del polvo de yodo que servía para mantenerlas libres de sudor.
En ese instante vaciló pero luego respiró profundo y con la certera idea de estar alcanzando su meta, se lanzó, afirmándose al columpio como si debajo de él no hubiese malla de protección.
Knut ya estaba colgando cabeza abajo en la barra receptora, esperando el momento indicado para darle una señal al muchacho que se balanceaba una y otra vez para obtener más velocidad. Cuando Knut consideró que ya era el momento, dio una fuerte palmada que Aramis supo interpretar bien, así que soltó el trapecio dando un giro elegante en el aire, agarrando posteriormente las manos del receptor.
Tanto el público, como los hermanos y los amigos del muchacho, estaban entre nerviosos y emocionados, como lo estaba él mismo.
Al regresar a la plataforma, los aplausos de la audiencia no se hicieron esperar, así como las felicitaciones de sus compañeros en las gradas mientras se oía una fanfarria de la banda.
Aramis tuvo una inexplicable sensación de libertad y de satisfacción... como si hubiese madurado en tan solo un breve instante, era una experiencia asombrosa e incomparable.
Gastón, el maestro de ceremonias, pidió silencio, ya que era necesario para la siguiente hazaña.
Arng tomó de nuevo posición sobre la barra de la plataforma, empolvó sus manos con yodo y agarró la barra oscilante.
—Lo que verán a continuación no tiene precedente —comentó Gastón—. Arng intentará hacer cuatro vueltas en el aire antes de sujetar las manos de su hermano Knut, el receptor. Si lo logra, será toda una proeza.
Knut empezó a columpiarse en su trapecio para agarrar suficiente vuelo, mientras su hermano hacía lo mismo. Todos se encontraban tensos, incluso el resto de los mosqueteros que permanecían agarrados de la mano en las gradas más altas.
Los gitanos que vendían palomitas de maíz en el vestíbulo del circo, detuvieron su labor para observar al muchacho en lo más alto de la carpa. Lo habían visto ensayar y fallar en reiteradas ocasiones y por ende necesitaban comprobar si esta vez lograría realizar la proeza con éxito. Hasta Fabrizzio, que ya se había colocado de nuevo su habitual traje oscuro, estaba alerta cerca de la pista, pues si el muchacho lograba aquella difícil hazaña, La Fantaisie obtendría entonces mucha más fama y admiración.
Ahora Knut se aferró al columpio con las piernas y echó su cuerpo hacia atrás, quedando de nuevo con la cabeza hacia abajo, acto seguido extendió los brazos y dio una fuerte palmada para indicar a su hermano que ya era tiempo de soltarse. En seguida Arng obedeció, realizando con bastante precisión cuatro vueltas en el aire, al tiempo que Helga y Aramis, junto con los amigos del muchacho en las gradas, las contaron una a una, pero cuando Arng llegó a la barra colgante receptora no pudo alcanzar las manos de su hermano y por lo tanto se precipitó hacia la red, entre los gritos del público y su propia decepción.
—Fue un gran intento —trató de animarlo Gastón—, se merece un gran aplauso.
Pero el muchacho le hizo señas al maestro de ceremonias pues quería probar de nuevo. Este accedió ante la insistencia del joven, por lo tanto, el muchacho subió de nuevo por la escalera colgante para llegar a la plataforma y repitió la misma maniobra.
El ambiente otra vez entró en tensión ante la posibilidad de otro fracaso, a excepción de Buonarotti que ya se disponía a marcharse a su carpa. Sin embargo a diferencia del anterior intento, esta vez, luego de realizar las cuatro vueltas que nuevamente fueron contadas en voz alta por Gastón, Arng pudo alcanzar con éxito las manos de Knut. Todos comenzaron a gritar emocionados, incluso en las gradas más altas, y los amigos del muchacho se abrazaban celebrando.
Aramis y Helga también se abrazaron, llenos de alegría, y Gastón no dejó de elogiar al valiente muchacho. Evidentemente esto atrajo la atención de Fabrizzio que se acercó al escenario y tomó el lugar de Gastón para pedir la atención del público.
—Esta es la prueba irrefutable de que aquí solo ofrecemos los mejores espectáculos —afirmó para luego continuar—: El muchacho realizó una proeza maravillosa, sin precedentes lo cual demuestra que es todo un profesional. Fui testigo de su perseverancia al ensayar diariamente por largas horas, hasta que finalmente alcanzó la meta aquí frente a ustedes. Hoy han sido testigos de dos acontecimientos extraordinarios, el primero fue Aramis, que demostró su valentía, gracia y versatilidad al subirse a las barras colgantes, tomando en cuenta que no lo había hecho antes de manera profesional —Aramis saludó con la mano derecha desde arriba—, y el segundo —continuó Fabrizzio—. Arng, con la estupenda hazaña que realizó. Así pues que pido un fuerte aplauso para Los Cisnes Del Trapecio.
Con este fastuoso número dieron por culminada la función y cuando Renzo, Luna, los mosqueteros, y Bernardette fueron a felicitar a los exitosos acróbatas, los encontraron firmando autógrafos rodeados de una multitud en el vestíbulo del circo.