En la plaza de Trocadero, Bernardette paseaba, maravillada con el paisaje. Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza la imagen de Patrick. Desde hacía semanas, los ojos lánguidos y esquivos del muchacho estaban clavados en el corazón de ella. Una y mil veces se negó a sí misma que estaba sintiendo algo por él, pero ya no lo soportaba más.
Sentada en una de las bancas de la plaza, recordó todo lo que D'Artagnan le contó sobre Patrick. El payaso solía ser reservado cuando sus amigos le hacían confidencias, pero en este caso, Patrick no le había hecho prohibición alguna acerca de revelar lo que sabía. Además, en reiteradas ocasiones escuchó la opinión de Bernardette con respecto a la tristeza que reflejaba el nuevo domador.
Cuando D'Artagnan le contó que conocía a Patrick desde hacía muchos años cuando trabajó en el circo de su familia, y también le reveló todo el dolor que éste sufrió mientras estuvo ahí. Ella no pudo olvidar jamás esas palabras. Fue así como descubrió que la pena de Patrick le dolía y asimismo aceptó, con sorpresa, que lo amaba y eso le hacía daño pues él parecía no inmutarse siquiera ante su presencia. El único amigo del domador era D'Artagnan porque habían crecido juntos, pero él no confiaba en nadie más, de modo que Bernardette tan solo podía conformarse con mirarlo a lo lejos, como si fuese parte del público.
La plaza estaba casi vacía, así que, para no aburrirse, Bernardette sacó del bolso que llevaba una libreta para comenzar a escribir una carta. Era para Patrick. La chica pensó que tal vez nunca llegaría a entregársela, pero al menos podría desahogarse, plasmando sobre el papel lo que tenía atorado en la garganta sin poder expresarlo con la voz. Cuando ya había escrito un párrafo largo escuchó la voz tierna y pausada de un anciano indigente que le habló...
—El día está tan hermoso como para escribir un poema, ¿no es así? —comentó él mientras se tronaba los dedos.
Ella giró el rostro, encontrando al viejo tendido sobre la banqueta contigua. Tal vez no era tan anciano como aparentaba, pero ya tenía los cabellos grises. Era delgado, de piel cetrina y ajada. El rostro, aunque surcado de arrugas, tenía aspecto bonachón. Bernardette entonces le dedicó una sonrisa franca.
—Pues sí, es un día hermoso, pero no estoy escribiendo poemas, sino más bien cosas en las que he estado reflexionando —comentó Bernardette.
—Pues eso está bien, señorita. Fíjese usted que siempre necesitamos reflexionar acerca de nuestra conducta. Yo no lo hice a tiempo y por eso debo pagar las consecuencias —dijo el anciano con un dejo de tristeza en la mirada.
Ella también cambió la expresión del rostro y puso la libreta a un lado, comprendiendo que el hombre tenía algo que decir. Quizá nada más quería desahogar sus penas con alguien, aunque fuese una desconocida.
—¿A qué se refiere usted exactamente? —indagó la chica.
El viejo, con voz cansada y resignada, le narró la historia de su vida en un instante, tal vez porque ella le inspiró confianza, porque necesitaba desahogarse en ese momento, o porque algo en su interior lo inspiró. Le contó que había tenido cinco hijos y que había perdido a su familia por causa de la adicción al alcohol.
Para ese entonces, uno de sus hijos yacía en cama, agonizando debido a una grave enfermedad pulmonar mientras él se gastaba el poco dinero que ganaba en cantinas y mujeres. Al llegar a casa a la mañana siguiente, la embriaguez desapareció casi de inmediato al contemplar el cadáver del pequeño, además de la fría mirada del resto de la familia. El hombre no pudo soportar la pena, de modo que terminó refugiándose aún más en la bebida, lo cual acrecentó el abismo que había entre él y el resto de sus seres queridos.
A causa de esta situación, perdió el empleo que tenía, su hijo mayor se tornó rebelde y trabó amistad con maleantes, esto lo llevó a encontrar la muerte un mal día en los suburbios de la ciudad. La esposa del borracho, loca de dolor, le pidió que se marchara del hogar que hasta entonces compartían.
Bernardette escuchó atenta, escrutando, sin proponérselo el rostro afligido del anciano, descubriendo que sus ojos hablaban más por él, pues reflejaban todo el dolor que llevaba, el peso de sus culpas, el escarnio de la gente y la ignominia.
Él también le contó a la muchacha que ya a esas alturas ni siquiera el alcohol le mitigaba el dolor, por lo tanto decidió dejarlo con determinación y, haciendo acopio de todo su esfuerzo.
—Aun así no me atrevo a regresar a casa pues causé mucho daño y quizás ya nadie quiera verme ahí.
Bernardette estaba realmente conmovida, no se atrevió a juzgarlo pues pensaba que era evidente que él ya había expiado, con sufrimiento, todas las faltas cometidas.
—¿Dónde ha vivido usted desde entonces? —preguntó interesada.
—En plazas y hospitales. A veces, me gano la vida barriendo las calles, otras cuidando de algún jardín, pero hay ocasiones en que nadie necesita a un viejo como yo y entonces me toca —bajó la cabeza por vergüenza y prosiguió—... robar comida en los restaurantes, pero no lo hago por maldad, señorita, sino por hambre. Esta vida es dura, pero yo estoy consciente de que la merezco.
Él se incorporó en el asiento, tronando los dedos nuevamente. Esta vez, el semblante de su cara era distinto y Bernardette lo interpretó como un gesto de esperanza. El viejo volvió a sonreír, preparándose para hablar.
—Después de eso he reflexionado, llegando a la conclusión de que nuestras acciones, sean buenas o malas, repercuten en los demás. Los hechos, por pequeños o grandes que sean, trascienden. Es por eso que en ocasiones me dedico a dar consejos a los jóvenes como usted, otras veces, valiéndome de esta navaja, esculpo figuritas de madera para los niños que vienen a jugar al parque y ¡cómo me encanta ver su alegría! Eso me llena el alma.
—¡Vaya! Es triste todo lo que me cuenta, pero también es reconfortante saber que usted mismo se deshizo del vicio. Es una persona valiente y estoy segura que desde dónde quiera que estén los hijos que partieron, han de estar orgullosos de usted —comentó atreviéndose a tomar la mano del anciano.
Este gesto lo conmovió pues muchas personas, tan elegantes como se veía Bernardette, huían de él tan solo al ver los harapos que vestía. Ni siquiera le contestaban el saludo y le lanzaban alguna triste moneda antes de irse.
Él hurgó en uno de los bolsillos de la chaqueta raída y sacó un pequeño dije verde en forma de corazón para colocárselo en las manos a la joven.
—Gracias por ser tan dulce con este pobre hombre, señorita. Dios habrá de recompensarla por su buen corazón. Mientras tanto, yo solo puedo ofrecerle este humilde presente, llévelo con usted para que se acuerde de mis palabras, ¡no lo olvide! Lo que hagamos en esta vida, puede influir significativamente —dijo.
Bernardette se sintió honrada y tomó la figurita con ternura, la colocó frente a sus ojos para contemplarla mejor.
—Muchas gracias, señor. Esto es una belleza, le aseguro que lo portaré con orgullo, pero me siento un poco avergonzada porque le confieso que no poseo algo que pueda ofrecerle a cambio.
—¡Se equivoca! —dijo el anciano—, me ha dado su tiempo y atención ¡Que Dios la bendiga, criatura! Quizá algún día nos volveremos a ver.
Luego de aquellas palabras, el hombre se marchó silbando una tonada, dejando a Bernardette pensando en todo lo que había dicho mientras lo seguía con la mirada hasta que lo perdió de vista detrás de unos árboles. En ese momento comprendió, al tiempo que observaba el pequeño corazón verde que recibió como regalo de aquel extraño caballero, que esa visita a la plaza había sido más provechosa de lo que ella esperaba.
Oscureció en París, el aire estaba gélido y calaba hasta los huesos. Eran las doce de la madrugada y los miembros de la orden estaban congregados nuevamente en el templo, debido a que esa noche habría una reunión, acostumbraban hacerla para discutir temas de interés.
Uno a uno fueron llegando, y el Venerable Maestro fue el último. Sería la primera tenida de Jack, así que en el templo, Lucas Mabeuf, quien era su instructor en la masonería, lo condujo directamente a su columna correspondiente que era la del norte, recordándole que allí debía permanecer callado, y que si necesitaba tomar la palabra debía consultárselo primero para que él, como Primer Vigilante, pidiera el permiso necesario ante el Venerable Maestro.
El muchacho sintió de nuevo los mismos nervios que lo atacaron la noche de la iniciación, sin embargo, se encaminó hacia la columna que le correspondía para tomar asiento junto a sus cofrades, fingiendo sentir absoluta seguridad.
Cuando los demás estuvieron ubicados, la tenida dio inicio.
El orador de orden era Fred Chassier, quien dio un pequeño discurso sobre el tema a discutir, «la revolución francesa y su repercusión en la sociedad»
En una reunión anterior, donde no debía asistir Jack, los miembros de la orden votaron a favor de dicho tema. El disertador comenzó hablando de los tiempos de la revolución, de Voltaire, Rousseau, Luis XVI y María Antonieta, mientras Jack entrecerraba los ojos tratando de comprender lo que decía, pues a él poco le importaban la libertad, igualdad y fraternidad que se profesaba dentro de la orden.
Comenzaba a arrepentirse de haber ingresado en la organización, pues imaginaba que todo sería diferente, se imagino imponente, poderoso, magistral, en pocas palabras, un hombre importante al que todos temieran, alguien como Fabrizzio.
Así fue transcurriendo la tenida en medio de opiniones y debates hasta que al fin terminó. A una seña del Venerable Maestro, Fred dio la orden para que llevaran el saco de beneficencia, una bolsa de terciopelo rojo donde cada miembro de la logia depositaba, voluntariamente, una cantidad de dinero, la cual era dispuesta a caridades. Finalmente Fabrizzio autorizó el término de la reunión. Leonard Leblanc preguntó entonces al Maestro Robespierre si esta vez no tendrían un ágape, refiriéndose al acostumbrado banquete que tenían luego de cada tenida. Él le contestó que esta vez no lo tendrían.
Muchas gracias por continuar leyendo esta historia, amigos. En el próximo capítulo, Fabrizzio le hará una importante revelación a Jack, así que no pueden perdérselo. Muchas gracias por su apoyo.