Pese a que era aún demasiado temprano Amelie decidió ir al ayuntamiento para encontrar un lugar adecuado para colocar la llave original, debía ser un lugar visible donde Robespierre pudiera hallarla, pero tampoco debía ser un lugar demasiado evidente para no generar sospechas.
No obstante para su sorpresa el madrugador alcalde se encontraba ya en su oficina, rodeado de un montón de papeles que estaban regados en el piso. Su frente estaba sudorosa y estaba tan enfrascado en su búsqueda que ni siquiera advirtió la llegada de su asistente que lo miraba con expresión preocupada.
—¿Sucede algo, Pierre? —preguntó Amélie conociendo de antemano la respuesta.
Él se sobresaltó al escuchar su voz y se giró para darle la cara.
—¡Ah! ¿Cómo estás? Es solo que no puedo encontrar algo —respondió mirando en todas direcciones, luego añadió con una expresión de extrañeza en el rostro—, ¿Y tú, qué haces aquí a esta hora?
Por un momento ella no supo que responder, pero luego su mente rápida le proporcionó una buena respuesta.
—No podía dormir, me levanté muy temprano, así que decidí venir hasta aquí para adelantar el trabajo. Tenemos que redactar el discurso que dirás esta tarde en el convento Jean D' Arc. Hablarás sobre las donaciones. Ya he pensado en algunas ideas mientras venía hacia aquí.
Él apenas le prestaba atención pues seguía hurgando en los cajones en los cuales ya había buscado. Ella quiso saber si él le revelaría qué era lo que estaba buscando y para su sorpresa así fue, tal vez porque necesitaba ayuda.
—Busco una llave, Amélie. Es una grande y oscura, bastante antigua.
—Pero ¿dónde la viste la última vez? —inquirió ella tratando de parecer inocente.
—En el bolsillo interno de mi chaqueta, allí siempre ha estado, anoche cuando me cambié de ropa ya no estaba, sin embargo no le presté atención porque pensé que quizás podía estar aquí en alguna parte, pero ahora veo que me equivoqué, la he perdido, no sé donde está.
—Bien, si quieres, te ayudaré a buscarla. Los hombres nunca encuentran nada —dijo Amélie mientras colocaba su sombrero y su abrigo en una percha.
Robespierre esbozó una mueca de resignación.
—Quizás tengas razón, pero ya he buscado por todas partes.
Amélie, simuló estar buscando por todos los lugares donde él había buscado previamente.
—¿Ya revisaste aquí? —preguntó señalando el cajón que tenía la gran cerradura, luego jaló el pomo pero vio que estaba cerrado. Él negó con la cabeza.
—No, yo no la he metido allí —contestó muy seguro de sí mismo.
—Pero ábrelo, quizás la hayas guardado allí y no lo recuerdas.
—Ya te dije que no la guardé allí, además la llave que abre esa gaveta la dejé en casa —mintió.
Amélie continuó disimulando, buscando aquí y allá hasta que al fin se dirigió al cuarto de baño que tenía el despacho y deslizó la llave original por detrás del lavabo.
Antes de esbozar una sonrisa llamó a Robespierre y le señaló con el índice la dirección por la que había puesto la llave.
—¿Es ésta la llave que buscas?
A él se le iluminó el rostro al contemplar lo que había estado buscando.
—Sí, es ésa —respondió con una expresión de alivio—. Tal vez se cayó cuando vine al baño justo antes de marcharnos ayer y no me di cuenta.
El viejo Janosh estaba sentado en una mecedora frente a su carpa, contemplando el cielo nublado con ojos lánguidos y tristes. Se estremecía al sentir la fría brisa sobre su piel arrugada y cuarteada por los años. El cielo gris auguraba lluvia, pero ésta no se manifestaba, pese a que de vez en cuando se escuchaba el ensordecedor ruido de los relámpagos.
A los pies del anciano caía de vez en vez alguna hoja perdida que sin duda habría sido arrancada de algún árbol cercano, y a lo lejos se escuchaba el crujir de las ramas y el rugir que provocaba el viento al hacer bailar las hojas y que recordaba el sonido de las olas del mar.
Alguien advirtió los estremecimientos del anciano y, apiadándose de él, le puso una tibia manta sobre los hombros, era Branco que tenía rato contemplando a su padre. Se dio cuenta de que pese a su aparente mirada perdida, el anciano estaba particularmente más cuerdo que nunca, lo que pudo corroborar ya que en otras circunstancias habría permanecido inmutable, esta vez por el contrario, el viejo se volvió hacia él para regalarle una sonrisa de agradecimiento.
Branco tomó asiento junto a él, evidentemente le agradaban los escasos pero gratificantes momentos en que podía conversar con su padre, pero más tarde notó que el rumbo que tomaba aquella conversación, no le agradaba para nada, es decir, el viejo hablaba con lucidez, sí, pero con una excesiva carga de pesimismo en sus palabras, o al menos eso le pareció...
—¡Qué día tan gris! —exclamó sin apartar la vista del firmamento—. Me parece que hoy se va a ir alguien.
—¿A qué se refiere, padre? ¿Cree que alguien abandonará el circo? —preguntó el patriarca.
—Alguien se va a ir con esas nubes —volvió a decir el anciano, pero esta vez apartó la mirada del cielo para posarla sobre los ojos de su hijo—. Sé lo que estás pensando, pero esta vez no estoy loco.
Apenas Branco despegó los labios para hablar fue interrumpido por su padre:
—Has sido un buen patriarca —dijo el anciano—, has sabido guiar a nuestro pueblo. Eres un buen hombre, fiel a nuestras costumbres, generoso, cordial, piadoso y severo cuando has tenido que serlo.
—Le agradezco todo lo que me dice, pero ¿por qué lo hace?
—Yo solo quiero que sepas que estoy orgulloso de ti —añadió el viejo mientras tomaba la mano de Branco entre las suyas—. ¡Mira a tus hijos! —exclamó Janosh señalando a los muchachos que bailaban al ritmo de la guitarra y el cajón de flamenco que otros gitanos tocaban—. Solo tú has logrado convertir a los hijos de payos en los gitanos más queridos de nuestra tribu. Ellos han adoptado nuestra raza como la suya y la han sabido defender. Recuerda que he tenido mis ratos de lucidez y los he aprovechado bien para analizar lo que me rodea.
Branco observaba con orgullo a sus hijos, sintiéndolos más suyos que nunca.
—Sin duda has sido un buen líder y no hay quien pueda discutir eso. Has hecho un buen trabajo, mejor de lo que yo hubiese podido.
Branco recordó entonces los días en que Janosh era el patriarca. Siempre se había preguntado como fue que de la noche a la mañana perdió la razón y él se vio en la necesidad de suplantarlo.
—Usted era un patriarca maravilloso, padre —argumentó Branco.
—Tengo una nube tan gris como esas de allá arriba en mi cabeza —señaló el cielo—, y no me deja recordar bien el pasado, solo recuerdo un golpe fuerte en mi cabeza.
Branco recordó que efectivamente, el día de la muerte de Gabrielle y la desaparición de Jean Paul, Janosh se había ausentado. Nadie sabía a donde había ido, pero más tarde regresó con la cabeza golpeada y murmurando cosas sin sentido. Todos pensaron que tal vez su instinto lo había llevado de regreso y después de eso ya no volvió a ser el mismo de antes, solo por momentos muy breves recobraba la lucidez, sin embargo parecía no recordar lo que le había sucedido.
Aquel fue un día triste para todos en La Fantaisie, Gabrielle murió, Jean Paul desapareció y Janosh había perdido su cordura, para colmo de males, inmediatamente después, aquel hostil payaso que no conversaba con nadie, excepto con Jean Paul y Gabrielle con quienes mantenía una estrecha amistad, terminó convirtiéndose por voluntad de estos, según el testamento que dejaron, en el tutor de su hija y el adusto nuevo propietario del circo.
—A veces recuerdo un cuarto blanco y sangre, mucha sangre... —musitaba Janosh con la mirada de nuevo en el cielo nublado.
De pronto el patriarca creyó que su padre había vuelto a desvariar debido a que nuevamente estaba musitando las mismas palabras que decía cuando se sumía en su propio mundo, pero esta vez, sin esperar obtener respuestas, decidió indagar acerca de esas palabras y se sorprendió mucho al escuchar que su padre le contestaba, aunque su respuesta fuese vaga e insatisfactoria...
—Padre ¿a qué se refiere con eso? ¿Cuál es ese cuarto blanco del que usted siempre habla? Recuerdo que ese día hubo mucha sangre debido a la caída que sufrió la pobre Gabrielle, pero aquí no hay habitaciones y mucho menos blancas, solo hay carpas. Esto es un circo —recalcó Branco señalando todo el lugar como para hacer que su padre volviera a la realidad—. Entonces ¿cuál es esa habitación? ¿a dónde fue usted ese día? —volvió a indagar.
—No lo sé —respondió el anciano mientras negaba con la cabeza—. Solo recuerdo la sangre en ese cuarto blanco.