Al día siguiente de su llegada, Patrick y D'Artagnan todavía comentaban lo del avistamiento del antiguo domador del circo en la ciudad de Fontainebleau...
—No puede ser que Marccelo Azfralotti esté en Fontainebleau viviendo de sus artesanías cuando aquí lo tenía todo, incluso el látigo de Diderot Colville —comentó Patrick, todavía incrédulo—. ¿Por qué habría ido a parar a una ciudad tan cercana si se supone que debía ir lejos con su botín?
—Cuando lo vi allí en la estación de trenes no pude dar crédito —respondió D'Artagnan—, pero en fin, quizá se habrá cansado de la vida errante, muchos lo hacen.
—Sí, pero el dinero de la venta de esos cachorros le ha debido otorgar una vida mejor, ¿no lo crees? —rebatió el domador.
D'Artagnan se encogió de hombros.
—Tal vez ni siquiera los vendió, es posible que también a él lo hayan robado.
Detrás de los dos hombres y resguardado por Espanto, el elefante más feroz del circo, Jack escuchaba atento la conversación. Si había oído bien, Marccelo Azfralotti se encontraba en Fontainebleau. Leblanc tenía razón, no sonaba lógico que Marccelo hubiese huido a un lugar cercano.
Esa mañana, al igual que lo hacía hacía todos los días, Jack fue a reunirse con su tío Geraldo en el hotel donde éste se hospedaba. En el restaurante del hotel, ambos bebían sendas tazas de café con leche mientras degustaban croissants, al tiempo que conversaban un poco acerca del pasado.
A medida que Geraldo relataba más cosas sobre el comportamiento extraño de Fabrizzio, más lejos se sentía Jack de su padre, hacía ya algún tiempo que había comenzado a sentir verdadera afinidad por Fabrizzio Buonarotti e incluso se sintió tan orgulloso al saber que llevaba su sangre, pero desde que él mismo le reveló lo de la profecía de Obéck y el sacrificio que debían ofrecerle, sintió que su mundo se acababa. Sin embargo, aún no se atrevía a contarle nada al respecto a Geraldo por temor a que éste también lo considerara un loco o un ser sin alma, igual que Fabrizzio. Por otra parte disfrutaba mucho cuando le hablaba de su madre, aquella que lo engendró, que tuvo la desgracia de morir con él aún vivo dentro del vientre y que por lo tanto no tuvo la dicha de conocer.
—¡Mama mía! Ludovica era hermosa —relataba Geraldo con los ojos vidriosos por la emoción—, y también alegre, le gustaba dar paseos por los alrededores de cada pueblo y ciudad que visitábamos.
Jack no pudo evitar pensar en Bernardette y en sus paseos. Geraldo continuó hablando acerca de las cualidades de su hermana y Jack sintió crecer dentro de sí un enorme deseo de conocerla así como de castigar a su padre por lo que había hecho y por lo que le obligaría hacer a él.
—Me habría gustado mucho conocerla —musitó el muchacho.
—Si quieres al menos puedes saber cómo era físicamente —respondió Geraldo.
—¿A qué se refiere? —inquirió el muchacho.
—Acompáñame a mi habitación —pidió el italiano—, allí arriba tengo un bonito retrato de la tua mama.
Jack aceptó con emoción el ofrecimiento de su tío.
Al estar frente a la puerta de la habitación de Geraldo, el corazón de Jack palpitó con fuerza pues estaba a punto de conocer el rostro de su madre. No podía evitar visualizar en su mente el rostro de Esther Robinson quien hasta los momentos había cumplido el rol de madre en su vida ya que era ella quien lo había criado.
Geraldo giró la perilla y al empujar la puerta, una elegante y ornamentada habitación apareció ante ambos.
Había pinturas en las paredes, un sofá que parecía de piel de oso polar y detrás de éste una enorme cama King zize con doseles sobre la cual había algo de ropa doblada con extrema pulcritud.
—Disculpa el desorden, hijo —se excusó el hombre—, nunca he sido demasiado ordenado.
Geraldo se encaminó hacia una mesita de noche que estaba junto a la cama y comenzó a rebuscar dentro. A los pocos minutos se hizo con la fotografía que buscaba mientras Jack pensaba que las disculpas acerca del desorden en la habitación eran completamente innecesarias ya que todo se veía en orden y la ropa doblada sobre la cama no era otra cosa más que la pijama de Geraldo.
—¡Aquí está! —exclamó el italiano con un tono victorioso, luego besó la fotografía y se la entregó a Jack—. Ella es Ludovica Millani, tu madre.
El joven tomó la fotografía entre sus manos y la observó con detenimiento. Su tío tenía mucha razón, era una mujer bastante hermosa. Pese al color sepia de la imagen se podía percibir que Ludovica era rubia como él, llevaba puesto un hermoso vestido de encajes con un listón atado a la cintura, el cabello lo tenía recogido en un moño alto y sobre éste un elegante sombrero.
Jack sonrió al verla pero un segundo más tarde la sonrisa se le desvaneció, pues advirtió algo que le llamó poderosamente la atención. Detrás de Ludovica se podía percibir la imagen de un hombre de mediana edad, de poblado bigote que sostenía en las manos un tosco pedazo de madera al que parecía estar dando forma con una navaja.
—¿Verdad que era hermosa? —inquirió Geraldo mirando la fotografía con nostalgia.
—Sí, lo era —respondió Jack con los ojos fijos en la fisonomía de la mujer, imaginándose la vida que no pudo tener junto a ella, pero en ése momento advirtió nuevamente al personaje que aparecía detrás de ella, y pese a que la fotografía estaba un poco deteriorada por la manipulación en tantos años, pudo reconocerlo bien, sin embargo decidió cerciorarse al respecto.
—¡Disculpe, señor Millani!
—Geraldo —corrigió éste—, llámame por mi nombre si aún no puedes llamarme tío.
—Está bien, Geraldo —corrigió el hombre—. ¿Podría usted decirme quien es este hombre que aparece detrás de mi madre? ¿Lo recuerda?
Geraldo tomó la fotografía para mirarla con más detenimiento y su sonrisa también se desvaneció.
—Cómo olvidarlo —se dijo a sí mismo en un susurro—. ¿Recuerdas que te dije que mis hermanos y yo vimos que cuando tu padre huyó contigo, alguien más lo acompañaba?
Jack asintió.
—Pues, ése que está en la foto es tu otro captor —continuó explicando el hombre, llenando de confusión a Jack.
—Pe... pero si él es...
—Marccelo Azfralotti —lo interrumpió Geraldo, acabando con cualquier duda que Jack pudiera tener—. Trabajó en nuestro circo como domador de leones, pero también sabía trabajar la madera. Esculpía unas figuras bellísimas con toscos trozos de madera que encontraba por ahí, de hecho...
Geraldo hizo una pausa mientras hurgaba nuevamente dentro de su mesa de noche y extrajo la estatuilla de una mujer. Cuando colocó la pieza de arte en las manos de su sobrino éste advirtió que la misma representaba con mucha precisión a su madre Ludovica.
Ya no había más duda, se trataba del mismo Marccelo Azfralotti que Jack conocía, el mismo domador de leones del circo, entonces el joven se planteó una inexorable interrogante... ¿Por qué Fabrizzio no le había hablado de él antes? Supuestamente Marccelo jamás había tenido relevancia dentro de La Fantaisie, salvo la que proporcionaba su peligroso y atractivo número en escena, pero jamás se le había visto conversando demasiado con Fabritzzio y mucho menos se podía decir que fuese su amigo ¿cómo era posible que ambos habían sido amigos en el pasado?
Geraldo también extrajo de la gaveta otra figura.
—No todo lo que esculpía ese hombre era hermoso —dijo mostrando otra figura que Jack reconoció enseguida. Era la horrenda representación de Obéck en miniatura, de modo que respiró profundamente y se sentó en una de las butacas que estaban en la habitación.
—¿Te sucede algo malo, Ragazzo? —inquirió Geraldo, mirándolo con preocupación—. Lo sé, esta horrible cosa impresiona a cualquiera —añadió después yendo a guardarla de nuevo en la gaveta.
—No, no es eso exactamente —respondió Jack—, es más bien que considero que ha llegado el momento de relatar mi parte de la historia, la que yo conozco.
Jack tenía muchas preguntas en su mente pero ninguna respuesta concreta, de modo que decidió prescindir del temor y sus escrúpulos para contarle a Geraldo todo lo que Fabrizzio le había contado a su vez a él anteriormente, toda aquella historia sobre su origen. Consideró que ya no había espacio para las dudas y la desconfianza, después de todo Geraldo era su tío y en el poquísimo tiempo que tenía conociéndolo le había inspirado confianza. No sabía si se estaba equivocando o no, pero ya no podía seguir soportando solo la carga de ser El Elegido.
—Jamás quise presionarte pero te confieso que siempre quise conocerla.
Geraldo tomó asiento justo frente a su sobrino y escuchó con atención todo lo que éste le narraba mientras observaba a través del cristal de un ventanal como caía un torrencial aguacero y las personas corrían de un lado a otro con las manos en la cabeza tratando de resguardarse.
En ese instante Jack sintió que conocía a Geraldo de toda la vida, así que se aclaró la voz y se dedicó a contarle su versión de la historia, según lo que le había contado su padre. Le relató cómo había llegado a casa de los Robinson y regresado después junto a Fabrizzio, su estancia en La Fantaisie, su iniciación en la logia masónica y la existencia de La Orden de los Caballeros de Obéck y su propósito. Debían hacer algo para detenerlo aunque ambos sabían que no sería tarea fácil pues Fabritzzio no estaba solo.
Cuando Jack terminó de relatar su parte de la historia, Geraldo tenía la boca seca, la sensación de tener el corazón detenido dentro del pecho y por instinto las lágrimas comenzaron a inundar sus ojos.
—De modo que eso era lo que hacía con mi hermana —musitó horrorizado—, se alimentaba de su sangre para a su vez alimentar a esa cosa... Ahora quiere que tú formes parte de esto.
Jack no pudo controlar sus propias emociones, de modo que terminó rompiendo en llanto, sintiendo a su vez como si se liberara de al menos una parte del enorme peso que caía sobre sus hombros. Geraldo lo abrazó para contenerlo, palmeándole con cariño la espalda, sin duda alguna también estaba bastante afectado por lo que su sobrino acababa de decirle.
—No te preocupes, Ragazzo, no estás solo —trató de tranquilizarlo Geraldo—, yo no permitiré que él te obligue a hacer semejante atrocidad.
—Yo no quiero lastimarla, no quiero ser el elegido —gimoteaba con gran desconsuelo el hombre—, no quiero hacerle daño porque... porque... ¡No puedo!
—Ella es una chica inocente como mi hermana y tú no eres un asesino como ese desgraciado y sus seguidores —completó su tío.
—No solo por eso. Yo... yo... la amo —la voz de Jack era un débil susurro, pero su tío pudo captar bien el mensaje.
—¿Amas a esa mujer? —inquirió separándose con delicadeza de su sobrino—. ¿Me estás diciendo que amas a esa Ragazza?
—No pude evitarlo, Geraldo, simplemente pasó. No sabe cuánto traté de evitarlo, lo juro, pero... Monsieur... es decir, mi padre quiere que yo... o mejor dicho Obéck quiere que yo... Pero no quiero ser el elegido, no quiero hacerle daño a Bernardette.
—No tienes por qué obedecer a Fabrizzio.
—Pero ¿y qué hay de Obéck? Se enojará mucho, está escrito que el hijo del BRAO (Bienaventurado y Resplandeciente Amigo de Obéck) debe traerlo a la vida, pero yo no quiero... No soy así.
—Aquí hay algo raro en torno a esa historia que me contaste y a esa cosa, el tal Obéck, algo que no termina de encajar del todo... ¿Por qué razón escaparía Marccelo con la camada de leones del circo? Tú dices que eran pequeños y por lo tanto no sobrevivirían sin su madre, y supongo que evidentemente Marccelo también lo sabía, además ¿por qué razón abandonaría un trabajo estable? ¿Adónde podría haber ido con esos pequeños cachorros? ¿a una feria o a otro circo quizá? Apostaría la fortuna de mi familia a que de seguro Fabrizzio ya lo habría encontrado pues son los primeros lugares a los que recurriría en su búsqueda.
—Está en Fontainebleau —respondió Jack con aire pensativo, acababa de meditarlo.
—¿Eh? ¿Cómo lo sabes?
—Escuché una conversación entre uno de los payasos y el actual domador del circo. El primero afirmaba haber visto a Marccelo allí, al parecer en la estación de trenes de esa ciudad. Parece que ahora se dedica a la venta de sus artesanías de madera.
—Debemos hablar con ese hombre —determinó Geraldo con suma seguridad—, estoy seguro de que se marchó de La Fantaisie por algo más que unos cuantos cachorros que podrían haber muerto. Él debe conocer detalles importantísmos que tanto tú como yo ignoramos.
—Sí, yo también lo creo, pero no quiero que Monsieur Buonarotti se dé cuenta, no quiero que él termine lastimando a Bernardette.
—No te preocupes, yo iré a Fontainebleau, Quiero entrevistarme con Marccelo.
—No entiendo la razón por la cuál escapó a un lugar cercano —dijo Jack levantándose del asiento mientras se secaba las lágrimas.
—Yo diría que es una astuta decisión —respondió Geraldo levantándose también—, pues ese es precisamente el último lugar al que se sospecharía que acudiría, a un lugar cercano.
—¿Entonces irá usted a Fontainebleau a entrevistarse con él, Geraldo? —inquirió Jack con esperanza—. ¿Cree que conseguirá hablar con él?
—Sí, si de verdad se encuentra en el lugar que mencionaron esos muchachos, entonces será fácil hallarlo. De veras necesito encontrarlo y conocer esos detalles que posiblemente son determinantes en todo esto. Insisto en que aquí hay algo raro. Disculpa, muchacho, pero yo no creo en esa tontería de Obéck.
—¡No! No son tonterías, Geraldo. Obéck es absolutamente real. No sabe lo poderoso que es, también implacable y terrible —añadió el hombre con voz aterrada.
Geraldo negó con la cabeza, colocando la mano sobre el hombro de Jack.
—Ya veremos luego qué sucede, mañana mismo tomaré el primer tren que salga a Fontainebleau.