Los días transcurrieron de nuevo en la ciudad de París, y La Fantaisie anunciaba ya su partida. Muchos carteles estaban dispuestos por la ciudad.
En el circo, los artistas y demás trabajadores se preparaban para continuar con el éxodo inexorable al que estaban acostumbrados desde que eran pequeños, pero al mismo tiempo, muchos se llenaban de emoción y expectativa con respecto a la próxima ciudad que visitarían. Sin embargo, sabían que cuando anunciaban su partida era porque aún les quedaba por lo menos un mes de funciones, o incluso más en esa ciudad, y que aquella era solo una estrategia utilizada para arrastrar más público, pero también había personas en el circo que no estaban contentas...
Es natural que se piense que los gitanos, estando acostumbrados a peregrinar, estarían contentos de partir, y de hecho así era, pero Luna no podía sentirse más desdichada.
El día anterior había ido junto a sus padres y hermano a un almuerzo en casa de los Robespierre, invitada por Marcel, al principio, los padres de él se mostraron muy sorprendidos de que la novia de su hijo fuese una gitana, y durante la tertulia, ellos no hicieron otra cosa más que menospreciar a los gitanos y a la gente del circo, aunque Marcel y su hermana Dafne les rogaban que pararan, por lo tanto los gitanos terminaron marchándose y el joven pelándose con su familia.
Lo bueno era que Marcel estaba más determinado que nunca a estar con ella, y de hecho le pidió matrimonio porque no concebía la idea de que el circo se marchara y él la perdiera.
Por otro lado Bernardette se encontraba en su tienda, cosiendo algunas lentejuelas que se habían desprendido de uno de sus trajes de presentación, mientras pensaba en la carta que había escrito para Patrick. Quería acercarse a él, volverse su amiga, pero él no parecía querer socializar con nadie pese a los meses que ya llevaba en el circo, pasaba la mayor parte del tiempo dentro de su tienda, y las pocas veces que lo veía conversar con alguien, era con D' Artagnan y sus hermanos. Sus ojos guardaban un misterio infranqueable, o una profunda tristeza que ella no podía descifrar, así que ¿de qué forma podría llegar a él? tal vez a través de las letras, pero... no sabía si entregar o no esa carta... podría considerarlo un atrevimiento, por más que Luna le hubiese insistido en que debía hacerlo.
Sintiéndose abrumada por los pensamientos decidió parar y salir por un momento, entonces lo vio...
Allí estaba Patrick, llevaba consigo a uno de los cachorros de la leona África, atado a una correa. Ella observó detalladamente cada uno de sus movimientos, parecía estar disfrutando de la compañía del felino.
—¿Debería o no?... No tiene nada de malo —se dijo a sí misma.
Después de pensarlo por un rato, Bernardette se introdujo de nuevo en la tienda para buscar la carta, y la halló en un cofre que tenía en su cómoda, pero cuando salió de nuevo dispuesta a entregársela, los pies no le respondieron, se quedó petrificada.
—Podría pensar que soy una atrevida o una entrometida.
Pero de pronto, sintió un impulso que la hizo avanzar hacia él, esta vez sin detenerse ni un instante, mirando ese par de ojos tristes y verdes que estaban fijos en el cachorro.
—¡Patrick! —llamó ella blandiendo la carta en la mano derecha.
Él subió la mirada y la posó sobre la muchacha, dedicándole una leve sonrisa.
—¿Cómo estás? —saludó Bernardette.
—Bien, gracias, ¿y tú? —respondió Patrick con voz tímida.
—Bien.
El silencio reinó por unos segundos. En realidad ella esperaba que él continuara la conversación, pero en vista de que no lo hacía, se vio obligada a ir directamente al grano.
—Patrick, sé que no nos conocemos lo suficiente —habló con los ojos posados en el suelo, atreviéndose a mirarlo a la cara de vez en cuando—, pero aun así me gustaría ofrecerte mi amistad, es decir, siempre suelo ofrecerle mi mano a las personas que llegan aquí.
Patrick escuchaba con atención, sin atreverse a interrumpirla.
—Sin embargo —continuó la chica—, me he dado cuenta de que no eres una persona expresiva.
—Sí, así es —confirmó Patrick riendo—. No es que no me guste hablar con las personas, sino que a veces me siento bien estando solo.
—Sí, bueno, a mí también me pasa en ocasiones. No pretendo invadir tu espacio, pero me gustaría decirte algunas cosas sin perturbarte con mi presencia —hizo una pausa y lo miró directamente a los ojos—, así que he decidido escribirte esto... si no te molesta.
Bernardette le mostró el sobre y Patrick lo tomó con suavidad.
—Por favor, no vayas a pensar mal de mí por este atrevimiento —dijo mirando al suelo nuevamente—, son solo palabras de amistad y aliento.
—¡No te preocupes...! —respondió el muchacho—, te agradezco el gesto, de hecho eres la única persona, además de los mosqueteros que se ha preocupado por mi adaptación, por hacerme sentir a gusto.
Ella sintió que el corazón se le iba a salir por la boca de la emoción ante sus palabras, pero disimuló lo mejor que pudo.
—Eres amable, Bernardette, además me encanta leer —dijo señalando el sobre—. Pero si me disculpas tengo que irme ahora, es hora de comenzar el entrenamiento con los cachorros.
—Sí, claro. Mientras más temprano comiences con su entrenamiento mejor, ¿verdad?
—Así es —respondió Patrick guardándose la carta en el bolsillo de la chaqueta—. Adiós y gracias de nuevo.
—De nada, y por favor, cuando la leas, dime qué opinas —dijo esperanzada en tanto él se alejaba.
Patrick solo asintió a modo de respuesta y se fue acompañado de su félido amigo. Bernardette se quedó observándolo mientras esbozaba una sonrisa de satisfacción y alivio.
—¡Francesita! ¿Qué rayos hacías hablando con ése? —preguntó Jack, sacándola de su ensimismamiento.
Bernardette se agarró el entrecejo con dos dedos, tratando de armarse de paciencia.
—¡Por Dios! ¿Cuántas veces más tendré que repetirte que no me llames así? —protestó.
—Y yo te he respondido muchas veces que te llamaré como me plazca. Ahora respóndeme —dijo Jack cerrándole el paso.
Ella intentó en vano apartarlo de su camino, lo último que quería hacer era discutir.
—Eso no es tu problema, ahora ¡quítate!
Pero Jack no estaba dispuesto a rendirse, de modo que la tomó por la cintura para evitar que se fuera.
—¿Por qué eres tan amable con él y en cambio siempre quieres huir de mi? —Inquirió casi en tono de súplica que no pudo reprimir.
—Porque eres tan molesto y ególatra —respondió ella con total sinceridad—. Ahora ¡Déjame en paz, Jack!
—No soy un ególatra, solo... Berni, no me gusta que...
De pronto, ambos escucharon una voz determinante que se acercaba hasta ellos, expresando una orden. Bernardette se sintió aliviada.
— ¡Suéltala, Jack! —ordenó D'Artagnan.
—¿Y por qué tendría que obedecerte a ti? Un simple Payaso de feria —dijo sin soltarla
—Porque los payasos de feria sabemos golpear bien —respondió D'Artagnan divertido, acariciándose los nudillos de forma amenazadora.
Jack estaba más ufano que nunca, ahora que sabía que era el hijo del dueño y no su simple empleado, aunque todos continuaran creyéndolo así. Él sabía que fuese cual fuese el resultado, saldría ganando en esa situación. Bernardette también lo intuía pues Jack siempre resultaba favorecido por El Vampiro, aunque las evidencias lo delatasen. Ella no quería ver a su amigo perjudicado, así que decidió actuar con rapidez y le asestó un pisotón a Jack en el pie derecho con tal fuerza que lo obligó a soltarla. D'Artagnan rió con ganas, la chica se encaminó hacia él con el ceño fruncido, pero se detuvo a mitad del camino para dirigirle una última advertencia al entrenador que, con una expresión de dolor, se acariciaba el pie por encima del zapato.
—Eso es para que dejes de ser tan atrevido —dijo mientras lo apuntaba con el dedo índice—. Y si alguna vez te atreves a volver a acercarte a mí, te va a ir mucho peor.
—¡Me las vas a pagar, Bernardette! —amenazó, furioso.
Al día siguiente, por la tarde, el alcalde y su asistente se preparaban para irse a casa ya que la jornada de trabajo en el ayuntamiento había terminado. Ella estaba emocionada porque al llegar la noche se encontraría nuevamente con él, como hacían de vez en cuando.
Amélie estaba terminando de ordenar algunos documentos cuando de pronto observó, por el rabillo del ojo (desde luego fingiendo no advertir algo extraño a su alrededor) cuando Robespierre abría la misteriosa gaveta del escritorio, tomando un pequeño fardo para posteriormente colocar en el interior algunos de los objetos que guardaba allí. También lo vio guardándose en el bolsillo de la chaqueta la llave que había usado para abrir el cajón.
La mujer tuvo de inmediato la sospecha de que, al igual que en ocasiones anteriores, él pospondría el encuentro nocturno y en efecto, así fue. Robespierre canceló el compromiso diciéndole que no podrían reunirse pues él había quedado en verse previamente con Fabrizzio y otros amigos justo por la noche.
—Lo olvidé por completo —dijo golpeándose ligeramente la frente con la palma de la mano.
Esto al principio, lejos de decepcionarla, la llenó de entusiasmo, esa podría ser la oportunidad de descubrir el misterio, es decir, ya sabía que la llave abría el cajón del escritorio, pero ahora también estaba consciente de que allí, Robespierre guardaba cosas que tenían que ver con las extrañas reuniones nocturnas. Entonces se le ocurrió una idea, lo seguiría, pero antes debía saber a qué hora comenzaba la dichosa tertulia, por lo tanto, valiéndose de su astucia comenzó a indagar...
—Amor, ¿es absolutamente necesario que vayas allá? Teníamos una cita, ¿no lo recuerdas?
—Sí, cariño, no puedo faltar —contestó el alcalde.
—¿Y a qué hora van a reunirse? Tal vez nos dé tiempo de vernos antes de que te vayas.
—No, querida, no podemos, nos reuniremos a las doce, justo cuando habíamos quedado en vernos tú y yo después de que tus padres se fueran a la cama, al igual que mi esposa.
Amélie sonrió satisfecha, pues le había sacado a Robespierre la información que necesitaba, ahora solo faltaba esperar hasta medianoche para llevar a cabo su plan, así que sin más qué hacer por el momento, los dos se marcharon al fin a sus respectivas casas.
Horas después, Amélie estaba en su casa, esperando el momento oportuno para salir, sentada en un sillón de la sala dándole su biberón a Dominique mientras su madre, Madame Denise, bordaba afanosamente en un sillón frente a ella. Amélie observaba de vez en cuando como su madre se cabeceaba y se despertaba sobresaltada cuando se pinchaba los dedos al equivocar las puntadas, entonces aprovechaba la ocasión para sugerirle que se fuera a acostar y ella le respondía que solo le faltaban un par de puntadas más.
En aquel momento Amélie consultó el gran reloj de pedestal de la sala y comprobó que eran las diez y treinta de la noche «Aún tengo tiempo» pensó, dejó el biberón vacío a un lado y se dispuso a acostar al bebé que yacía profundamente dormido en sus brazos, una vez que lo hizo, bajó de nuevo a la sala y encontró a su madre completamente dormida con sus manos vacías y el tambor de bordado en el suelo, al igual que la cesta de costura.
—Ve a dormir, mamá, ya es tarde —sugirió la hija señalándo el gran reloj que ahora marcaba las diez y cuarenta y cinco minutos.
—Tienes razón, Amélie, ya es tarde ¿vas a acostarte tú también?
—Sí, solo vine a buscarte —mintió.
La cansada mujer subió las escaleras lentamente, seguida por su hija que se moría de la impaciencia. Cuando Madame Denise entró por fin en su habitación, Amélie entró también en la suya, tomó una capa de viaje y bajó las escaleras nuevamente, esta vez se dirigió a la habitación de la nana de Dominique que también había sido la suya, además de su cómplice, y le pidió que se pasara a su habitación para estar junto al bebé mientras ella salía un momento.
—¿Vas a verte con él? —inquirió la celestina con una mirada inquisidora.
La respuesta de Amélie fue una enorme sonrisa.
—Pues entonces date prisa, la verdad es que no se qué pasaría si tus padres te descubren nuevamente saliendo a tan altas horas —dijo la nodriza con una sonrisa de complicidad.
—Yo ya no soy una jovencita, yo sé lo que hago —se acercó a la mujer y la besó en la mejilla—. No me tardo —dijo apresurándose.
La mujer se dirigió al patio trasero donde estaba el establo. Ella sabía que a esa hora sería difícil encontrar un carruaje, pero en realidad no necesitaba uno, sino un caballo que no llamaría tanto la atención, de modo que tomó uno de los del establo, lo ensilló y salió al galope.
La casa de Robespierre no estaba muy lejos de allí, la mujer consultó su reloj de bolsillo y comprobó que aún tenía tiempo para llegar. Los cascos del caballo hacían eco en las calles vacías y se fundían con el ritmo cada vez más agitado de los latidos del corazón de Amélie, conforme se acercaba más a su destino. El viento jugueteaba con su cabello y le daba una agradable sensación de libertad. Por un momento pensó que lo que estaba haciendo era una locura, pero luego descartó ese pensamiento ya que realmente le urgía saber en qué andaba metido Robespierre.
Cuando se fue acercando, aminoró el paso hasta detenerse por completo al llegar a una esquina, desde la cual vio que Robespierre se subía a un carruaje, pero para su sorpresa, éste se subió al compartimiento del chofer, es decir, él mismo iba a conducirlo.
El carruaje se puso en marcha y Amélie esperó a que se retirara a una distancia suficiente como para poder seguirlo sin exponerse, pero no tan grande como para perderlo de vista.
El sonido de los cascos de los caballos y de las ruedas del carruaje donde viajaba Robespierre, ahogaba el sonido de los pasos del caballo de su perseguidora y por lo tanto no advirtió su presencia, solo miraba su reloj de bolsillo con insistencia y se secaba el sudor de la frente con un pañuelo.
Al cabo de un rato llegaron al fin a su paradero. Amélie se extrañó muchísimo al ver que el carruaje del alcalde se detenía justo en frente de una iglesia... ¿Qué podía hacer él allí a esa hora? La distancia en la que ella se encontraba no era muy privilegiada, ya que no le permitía observar con mucho detalle, sin mencionar la pobre iluminación que proporcionaban los faroles de la calle.
Amélie desmontó el caballo y lo ató a uno de los faroles, miró en ambas direcciones y caminó hacia la iglesia, pero tomó la precaución de esconderse detrás de un árbol para no ser vista; desde allí advirtió la silueta de algunos caballeros que vestían de forma elegante y que se dirigían junto a Robespierre a la parte posterior del templo. También observó a un muchacho que desde donde ella estaba se veía muy joven, quizás un adolescente.
El muchacho se subió al carruaje en que llegó el alcalde y se puso en marcha hasta doblar la esquina, la curiosa mujer se asomó por la calle en que había cruzado el carruaje, y lo encontró aparcado frente a una casa donde se encontraban otros tres más. Luego el jovencito emprendió el camino de vuelta y ella se dispuso a seguirlo sin ser vista, ocultándose detrás de los árboles o los buzones.
El chico se dirigió a la parte posterior de la iglesia y de su bolsillo sacó una llave idéntica a la que tenía Rosbespierre, al parecer era una llave maestra. Ella pudo advertir el parecido de la llave a la luz del farol que estaba junto al joven.
El hombre abrió la reja, entró y la cerró de nuevo.
Amélie se subió otra vez al caballo y se dispuso a marcharse aún más intrigada que nunca, pero con una idea clara en su mente, debía obtener una copia de aquella llave y regresar cuanto antes a ese lugar para investigar.