—No puedo creer lo mucho que he aprendido de ustedes —dijo Aramis a sus amigos trapecistas con mucha emoción—, antes ni siquiera podía pensar en subirme al trapecio gracias a ese miedo estúpido que me embargaba.
—El miedo siempre se convierte en el peor verdugo, amigo —respondió Arng mientras ataba uno de los extremos de la red de protección a uno de los postes.
—Sí, eso lo sabemos mis hermanos y yo desde que subimos a la plataforma por primera vez —añadió Knut, su hermano gemelo.
—¡Bah! Yo nunca tuve miedo —comentó Helga haciendo un gesto de indiferencia con la mano.
—Eso es porque nuestra hermana es la más valiente de la familia —contestó Arng.
—No lo pongo en duda ni por un segundo, chicos —puntualizó Aramis—. A mí no me queda más que agradecerles por haberme impulsado a perder el miedo.
—El crédito es todo tuyo, querido mosquetero, has avanzado mucho —concluyó Helga mirándolo con admiración—. Aprendiste tantas cosas en tan poco tiempo.
—Pero otros que han avanzado mucho son esos dos —añadió Knut señalando con la cabeza a Renzo y Danitza que podían verse a lo lejos en el vestíbulo del circo—, Ya ni siquiera pelean ¡Solo mírenlos!
Renzo y Danitza danzaban alegremente al son de una guitarra y un cajón que tocaban un par de gitanos de la tribu (Los mismos que acompañaban a Renzo y a su hermana diariamente en su puesta en escena)
—Pues sí, tienes razón —saltó Arng riendo y contemplando a la pareja—, es extraño verlos danzar.
—¿Y por qué? Así son los gitanos, gente alegre. Siempre están cantando, riendo o bailando. Eso es lo que me agrada de ellos —dijo Aramís.
—Sí, pero ¿acaso te olvidas de que esos dos se odiaban?
—Eso quedó en el pasado, Arng —añadió Helga—. Danitza cambió mucho desde la muerte de Janosh y ahora se lleva bien con todo el mundo. Creo que al fin ha dejado de ser La Renegada.
En el vestíbulo, Renzo entonaba una canción que él mismo había compuesto en español, el idioma original de sus padres adoptivos después del Romaní. Danitza danzaba agitando su vaporosa falda escarlata mientras tocaba la pandereta.
Danitza escuchaba aquella voz completamente admirada mientras su cuerpo obedecía a los acordes de aquella animada rumba flamenca. Era extraño, casi inverosímil contemplar aquella escena: el joven de tez pálida, cabello rojizo y ojos azules vestía pantalones ajustados, camisa holgada, parecía uno de los ciudadanos de París disfrazado de gitano, pero bailaba con tanta habilidad, sujetaba la estrecha cintura de la muchacha y acariciaba su delicado rostro con tanta naturalidad y gracia que cualquier Payo parisino no habría puesto en duda jamás que se trataba de un verdadero gitano, y de seguro habría reprochado también su manera de bailar, tachándola de vulgar.
—¡Basta! —dijo la grave voz de Fabrizzio al salir de su carpa—. ¿Acaso los gitanos no saben hacer más que ruido? Estaba tomando una siesta y me han despertado ¡Maldita sea!
La música se detuvo abruptamente ante la reclamación.
—Lo... lo siento, Monsieur, no fue nuestra intención molestarlo —trató de excusarse la ex renegada.
Renzo en cambio frunció el entrecejo, apretando los labios con rabia. Tenía un alma rebelde, no le gustaba que lo increparan y mucho menos que criticaran las costumbres de su pueblo, de modo que levantó la nariz y dio un paso al frente dispuesto a enfrentarse a Fabrizzio que lo fulminaba con la mirada gris, pero Danitza, casi adivinando las intenciones del hombre, le tomó el brazo para detenerlo...
—¡Renzo! —lo llamó—. Será mejor que nos vayamos a otro lado.
El gitano pelirrojo opuso un poco de resistencia, pero al final giró sobre sus pies y se fue junto a ella.
—Y ustedes —dijo Fabrizzio refiriéndose a los músicos—, será mejor que también desaparezcan de mi vista.
Los aludidos se apresuraron a ejecutar la orden de inmediato mientras Danitza y Renzo se alejaban hasta los vagones del tren donde no había nadie más. Ambos estaban indignados, pero solo Renzo se atrevía a emitir comentarios en contra del dueño de circo.
Mientras tanto, en un luctuoso caserío, un viejo escultor llegaba a su morada con un costal sobre su cansada espalda después de un arduo día de jornada. Llevaba pasos lentos y cansados como si sobre la espalda llevara un peso mayor al de ese viejo y raído costal. Su mirada era taciturna.
Un grupo de niños harapientos y descalzos pasó por su lado a toda velocidad, persiguiendo un aro de metal cubierto de óxido que uno de ellos empujaba con una vara de madera para que rodara, pero el viejo estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no advirtió la presencia de aquellos muchachitos. Puso el saco en el piso y hurgó dentro de uno de los bolsillos de su pantalón para extraer una llave la cual introdujo en la cerradura, abrió la puerta y avanzó hacia el interior.
La casa era más bien un taller, el piso estaba cubierto de virutas de madera, había decenas o tal vez cientos de figuritas de todos los tamaños en varias repisas y también sobre las mesas, algunas a medio terminar y uno que otro bote de pintura.
El hombre volvió a hurgar dentro del bolsillo y extrajo algunos billetes y monedas para ubicarlos en un tarro que escondía debajo de una tabla suelta del piso, tomó el saco y lo puso sobre una mesa de madera junto a la cual había un trozo de mármol blanco cuya parte superior ya iba adquiriendo forma de mujer.
El viejo sonrió mientras recordaba que un individuo con apariencia de hidalgo le encargó dicha estatua que representaba a su bella esposa, pues había quedado encantado con las figuras de madera que había visto en la estación de trenes de la ciudad. En esa ocasión le preguntó si podía trabajar también en piedra. El anciano, después de meditar y estremecerse por un momento al tiempo que su rostro se ensombrecía, respondió que sí, que una vez lo había intentado con muy buenos resultados, aunque aquello no parecía traerle buenos recuerdos...
De pronto unos golpes en la puerta llamaron su atención, de modo que volvió sobre sus pasos para ir a ver de quien se trataba, pero cuando abrió la puerta y observó a aquel hombre parado frente a él, sintió que el tiempo se detuvo y que tal vez por alguna razón, sus cavilaciones habían atraído a sus fantasmas del pasado...
—¡Mama mía! —exclamó el hombre apostado en la puerta—, eres tú, Marccelo ¡Cuánto tiempo!
Marccelo, con manos temblorosas intentó cerrar la puerta en la propia nariz de Geraldo, pero este último se apresuró a colocar la mano sobre la puerta para detener la acción.
—¡No intentes huir de nuevo! Tienes muchas cosas que decir y sabes que merezco las respuestas.
—No sé de lo que me está hablando —soltó Marccelo hablando en francés, pese a que el caballero parado en la puerta insistía en hablar en italiano.
—No subestimes mi inteligencia, Marccelo, no he venido hasta aquí para irme sin información alguna —terció Geraldo irrumpiendo a la fuerza en la humilde vivienda.
Al observar todas aquellas figuras a su alrededor, Geraldo no tuvo duda alguna de que Marccelo tendría la respuesta que buscaba tan afanosamente. El escultor no tuvo más remedio que mirarlo y resignarse a que estuviera allí, sabía que no tenía sentido oponer resistencia y muy en su interior, aunque se encontraba bastante sorprendido por la repentina visita de aquella persona que no veía desde que había abandonado su amado país natal, también se encontraba aliviado de que fuese él y no Fabrizzio.
—Marccelo, yo no vengo a juzgarte por lo que sucedió hace tantos años, aunque ignoro por qué le seguiste la corriente, solo vengo a buscar las respuestas a ese montón de preguntas que tengo en mi cabeza.
Marccelo, resignado, le señaló a su visitante un viejo sillón de orejas algo raído por las polillas.
—¿Puedo ofrecerle algo? ¿Té, café, agua? —comenzó el escultor y con un encogimiento de hombros añadió—, es todo lo que tengo por ahora.
—Café estaría bien, gracias —contestó Geraldo y se dispuso a acomodarse sobre el sillón sin apartar la mirada de su alrededor donde yacían todos aquellas obras de arte.
Marccelo se retiró a otra habitación, al fondo de la sala, pero una gran ventana sin cortinas le permitía a Geraldo verlo trabajar. Las manos del ex domador y ahora escultor temblaban mientras encendía la estufa y unos minutos más tarde esparció el azúcar por la vieja encimera al no poder controlar el nerviosismo. Cuando hubo terminado de preparar el café, regresó al vestíbulo con sendas tazas humeantes sobre una bandeja de metal.
—Geraldo yo...
—¡Déjame ayudarte! —lo interrumpió su interlocutor, apartando unas cuantas figuritas de madera de la pequeña mesa que había frente al sillón de orejas para que Marccelo ubicara allí la bandeja con las tazas.
Marccelo se sentó en otro sillón que estaba diagonal al de su visitante, tomó una de las tazas y comenzó a soplar sobre ella para enfriar el contenido. Geraldo hizo lo mismo con su taza, pero al mismo tiempo comenzó a hurgar en uno de los bolsillos de su saco.
—Supongo que sin duda alguna sabrás reconocer esto, ¿verdad? —dijo sacando de su bolsillo la estatuilla de madera que representaba a su hermana Ludovica.
—¿Cómo olvidarla? —respondió el otro con una expresión melancólica en el rostro mientras tomaba la escultura con la mano derecha.
—Así como de seguro tampoco habrás olvidado ésta, ¿o me equivoco? —añadió Geraldo enseñándole también la réplica en miniatura del pavoroso Obéck.
Abrumado por la impresión, Marccelo dejó caer la figura de Ludovica que tenía en la mano.
—¿Qué? ¿Solo te impresiona su horrenda apariencia, o te recuerda algo malo? —preguntó Geraldo, atento a la reacción de su compatriota.
—Yo...Yo... Geraldo yo fui quien...
—Fuiste tú quien hizo esta figura, lo sé —dijo el hombre, satisfecho al ver la reacción del otro mientras recogía del suelo la estatuilla de Ludovica —recuerdo claramente que esta figura se te cayó de las manos cuando huiste junto a Fabrizzio y mi sobrino —añadió después enarbolando la miniatura de Obéck.
Marccelo se tapó la cara con las manos y comenzó a sollozar. Era evidente que había vivido atormentado por los recuerdos pero eso no evitó que Geraldo continuara...
—Sé eso y también lo sé todo sobre Obéck.
El escultor dejó de sollozar para prestar atención.
—¿Qué sabes?—preguntó con voz trémula—. ¿Qué se supone que sabes?
—Todo sobre la «profecía» —contestó dibujando unas comillas con los dedos al pronunciar la última palabra—, pero créeme, Marccelo, que aunque comprendo que viniste aquí por tratarse de un lugar relativamente cercano a París y por razones lógicas Fabrizzio no te buscaría en esta zona, no comprendo cómo es que instalaste tu negocio de artesanías justo en la estación de trenes donde podía verte el propio Fabrizzio de haber venido en algún momento.
—Y vino —respondió Marccelo, estremeciéndose tan solo con el recuerdo—. Me instalé allí porque es un buen lugar, muchas personas que llegan a la ciudad o salen de ella siempre quieren conservar algún recuerdo y cuando el hambre apremia, a veces nos volvemos idiotas. Confieso que pasé por alto el enorme detalle de que él podría verme al igual que mis clientes.
Ese día él llegó a Fontainebleau, pero antes de que me viera, antes incluso de que bajara del tren, yo lo vi y como era de esperarse me asusté. Pensé que había venido por mí, por eso recogí la alfombra con todas las figuras encima y me fui tan rápido como me lo permitieron mis viejas y cansadas piernas. Al día siguiente leí un anuncio en el periódico que decía que él había venido a la ciudad en busca de mi reemplazo en el circo. No regresé a la estación de trenes en al menos un mes para asegurarme de que él se hubiese ido ya, durante ese tiempo viví de lo que había ahorrado hasta entonces.
—Interesante historia, Marccelo —concedió Geraldo después de tomar el último trago de su taza—, pero creo que aún quedan muchas preguntas sin respuestas, aunque claro está... tengo una ligera sospecha que espero puedas confirmar o descartar.
—No sé si pueda ayudarte —respondió el hombre esquivando su mirada.
—Bien... iré directo al grano, así sin tapujos... ¿Cómo llegó la imagen de Obéck al templo?
—¿Qué? ¿Qué templo? No sé de lo que me hablas, tú conservas la figura en tu poder.
—Ya te pedí que no subestimaras mi inteligencia, así como también te revelé que lo sé todo sobre la historia del famoso Obéck.
Marccelo palideció más de lo que estaba al comprender que Geraldo conocía acerca del templo y una vez más, aunque ignoraba como es que conocía aquella información, comprendió que ya no había razón alguna para seguir callando, de modo que despegó los labios y comenzó a hablar, aunque le costaba debido al miedo que sentía.
—Él... bueno él es poderoso y...
—¡No! No, por favor, no me salgas con eso, Marccelo, tú y yo sabemos que eso no es cierto. ¡Basta de tonterías! Esto es serio, se trata de la vida de otro ser humano la que está en juego.
Marccelo bajó la cabeza.
—Y solo tú me puedes ayudar a terminar con esto.