Allí estaba Crónidas al atardecer, ya casi era de noche, como siempre estaba mirando el monolítico reloj que tanto le apasionaba. ¡Si tan solo pudiera atravesar con su mirada la estructura sólida que ocultaba el mecanismo!
Los ojos del relojero estudiaban sin parar las cuatro caras del artefacto y ese letrero con el que el dueño lo marcó para que nadie se le olvidara quien había sido la excelsa figura que lo había poseído:
Hacienda El Trompillo, General J.V. Gómez
El Trompillo, altura sobre el nivel del mar 472 metros, distancia a Maracay 58 Kms
La gente, a menudo lo señalaba de forma discreta con la cabeza.
—¡Ahí está el extranjero de nuevo! ¿Acaso no se da cuenta de que esa vaina está maldita? —dijo un hombre a sus dos compañeros que iban caminando por la plaza Ávila.
—¡Sí eres gafo! —amonestó el de su derecha, azotándole la cabeza ligeramente—. ¿Tú crees en esa mariquera?
—De que vuelan, vuelan —respondió el hombre.
—Yo no sé —respondió el interlocutor encogiéndose de hombros—. Mi abuelo dice que ese reloj ha matado a más de uno. Yo no sé si es verdad o no, pero tú sabes que los viejos saben de esas vainas. Él dice que estaba carajito cuando murió el último relojero.
—¡Bicho! —exclamó el otro, estremeciéndose y haciendo énfasis en la expresión, como si con ella pudiera ahuyentar todo el mal que percibía tras la historia nefasta y fúnebre del icono del pueblo.
Crónidas era ajeno a esa conversación, sus ojos azules siempre puestos en la cara frontal del reloj, la más importante, contemplando la última hora marcada. Era como si le pidiera permiso de acercarse sin decir una sola palabra. ¿Qué era lo que lo mantenía congelado? ¿Por qué se negaba a marcar el tiempo? y sobre todo ¿Por qué morían los relojeros que osaban repararlo? Era como si con el acto molestaran a Chronos, el dios del tiempo, y éste a su vez les hiciera pagar con la vida el atrevimiento. O tal vez el general con su maldición...
—Pero ¿qué estoy pensando? —se reprochó a sí mismo Crónidas mientras negaba con la cabeza.
Estaba sorprendido de sus absurdas conjeturas cuando él mismo tenía una hipótesis bastante lógica que podía explicar el fenómeno...
Según sus investigaciones, el reloj había sido ensamblado en tiempos de guerra en el período colonial y por lo tanto, tal vez quién supiera que el mismo pertenecería a Antonio Guzmán Blanco, le habría colocado alguna especie de veneno u otra sustancia tóxica que pudiera perjudicarlo, pero ¿cómo lo haría si el reloj permanecería afuera, al aire libre? Y además, no creía que el veneno pudiera dañarle tan solo con mirar las manecillas —analizó Crónidas mientras sus pasos lo guiaban de vuelta hasta la posada donde vivía, acompañado como siempre por el coro interminable de los sapos y ranas que anunciaban la llegada de la noche.
Quizá la sustancia no había sido puesta a propósito.... debía que tomar en cuenta de nuevo que el ensamblaje tuvo lugar hace muchísimos años y en esa época no tenían el conocimiento requerido sobre algunas sustancias que a veces podrían resultar fatales.
Al llegar a su habitación y después de darse un baño relajante en la tina, tuvo una idea. Extrañaba las conversaciones con su amigo el taxista y además, hasta la fecha todavía no conocía a su esposa e hijas, así que le pareció bueno invitarlos a pasar el rato en la piscina de la lujosa posada al día siguiente, sería sábado y no creía que hubiese inconveniente alguno. Así que tomó su teléfono celular y llamó a su amigo para hacerle la invitación. El hombre y su familia aceptaron con gusto.
Posteriormente, Crónidas se dispuso a conversar, como de costumbre, con su esposa e hijos a través de una de las redes sociales. Usaba su computadora portátil, pues su celular se estaba cargando, pero al rato, se despidieron para ir a dormir pues, a pesar de que en Güigüe eran apenas las nueve de la noche, allá en Berna ya eran las dos de la madrugada. Ninguno de ellos tenía problemas en desvelarse, pero Crónidas prefería que durmieran.
Como aún era temprano y no tenía sueño, el prefirió seguir activo, investigando en la web, todo lo que pudiera encontrar acerca de las sustancias con que la gente solía limpiar o lubricar relojes desde los tiempos de la colonia, incluso encontró un artículo bastante interesante acerca de Las Chicas Fantasmas de Estados Unidos y Canadá, unas mujeres que trabajaban en una fábrica de relojes en ambos países, cuya función era pintar los números usando, sin saberlo desde luego, una pintura radioactiva que evidentemente las llevó a una muerte segura y dolorosa...
Pero esas muertes habían sucedido a un proceso degenerativo y cruel en el cuerpo de esas muchachas, que en un principio fueron llamas Chicas fantasma, debido a que su piel y ropa comenzaron a despedir un brillo inusual. Las víctimas del reloj de Güigüe, en cambio fueron encontradas muertas en extrañas condiciones, a excepción de Salvatore Consoli, que había muerto después de que una bomba cayera sobre el hotel donde se hospedaba. En fin, ya habría tiempo de descubrir qué había sucedido, además, todavía le quedaba una cita con el profesor Portillo que le hablaría de la última víctima...
Crónidas apagó su computadora portátil y cerró la tapa para acomodarse en su cama y así disponerse a dormir. Al día siguiente se dedicaría a recrearse junto a sus nuevos amigos, haría un paréntesis en medio de tantas investigaciones e historias de muertes y maldiciones.
Pero a pesar de que tenía sueño, estaba absolutamente consciente de estar despierto todavía cuando lo escuchó...
Susurros... eran diversos susurros ininteligibles que entraban a través de su ventana de doble hoja, ligeramente abierta para que entrara el frescor de la noche. Por un momento Crónidas creyó que se trataba de huéspedes fiesteros que regresaban a la posada luego de una noche de excesos, pero al levantarse y echar un vistazo por la ventana, no vio más que el reflejo impoluto de la luna en las aguas tranquilas de la piscina. No había nadie en el exterior y sin embargo se escuchaban esos murmullos desesperados.
El hombre cerró la ventana y se sentó en la cama, desconcertado, concentrándose para tratar de entender qué decían, pero por más que lo intentó no pudo lograrlo. No obstante percibió una sensación de angustia que lo abrumó, era como si esas voces lejanas y etéreas, trataran de llevarle un mensaje indescifrable...
Después de un largo suspiro, Crónidas intentó relajarse, ya no escuchaba los murmullos, ahora solo percibía los sonidos típicos de la noche: los sapos, los grillos, y el aullido lejano de algún perro por ahí, en la distancia.
—Tal vez he escuchado demasiadas historias —se dijo a sí mismo Crónidas con una sonrisa, hablando en el francés que se acostumbraba a hablar en su natal Berna—. Tonterías, todo tiene una explicación lógica y una base científica.
Luego de un rato, el hombre se quedó profundamente dormido, y esta vez sin pesadillas ni susurros inquietantes. Al día siguiente se levantó temprano y aguardó la llegada del amigo y su familia.
Crónidas se dedicaba constantemente a tomar y enviar fotografías del pueblo y la posada a su familia en Suiza, y ellos le respondían con fotografías propias. Lo extrañaban, se extrañaban mutuamente porque se amaban y eran una familia cariñosa que no estaba acostumbrada a estar separada muy a menudo. Solo Lucas, su hijo mayor, vivía fuera de casa aunque se radicaba en una ciudad bastante cercana, a un par de horas en auto. Se encontraba allá porque estaba en la universidad.
El hombre estaba tomando y enviando a su esposa, algunas fotografías del carruaje que estaba apostado en la entrada, rodeado de flores, cuando vio el festiva verde detenerse en el estacionamiento de la posada.
Victor salió del auto y posteriormente su esposa e hijas. Crónidas se acercó a recibirlos...
—¡Hola! —lo saludó Víctor con amabilidad—. Ellas son Carmen, mi esposa, y mis hijas Irene y Mairene.
—¡Qué bella familia!
—Muchas gracias —respondieron los demás.
—Encantada en conocerte —dijo la esposa del taxista—. Trajimos algo para ti que te gustará mucho, según mi esposo.
—No era necesario, pero aún así muero de curiosidad —respondió Crónidas, tratando de echar un vistazo al envase envuelto en paños de cocina que Carmen llevaba en las manos.
—Es un quesillo. Víctor me dijo que te gustaba mucho.
—¡Oh, Dios mío! Sí que me gusta. Muchas gracias —respondió Crónidas, visiblemente complacido—, quedé encantado la vez que lo probé en el restaurante del hotel, y vaya que me leyeron el pensamiento porque estaba planeando ordenar un pedazo en la cafetería de la posada, pero no hay dudas de que su versión casera debe ser mucho mejor.
—Sí que lo es —confirmó Víctor—. Y además te trajimos unas polvorosas y cortados.
—¡Oh! ¡Cuántas cosas ricas! Muchas gracias. ¡Vamos! Sigan adelante. Ya reservé un lugar en la piscina —comentó Crónidas, señalando hacia adelante mientras las hijas del taxista se tomaban fotografías con el landó (el carruaje).
El lugar reservado era una mesa redonda de seis puestos donde Carmen colocó el recipiente con el Quesillo. Crónidas ordenó algunos refrescos y se pusieron luego a degustar las delicias de ese manjar típico de la gastronomía venezolana que la familia le llevó como regalo. El relojero estaba fascinado con el sabor.
—Y bien ¿qué has conseguido hasta ahora? —preguntó Víctor—. Le estuve comentando a Carmen acerca de tu investigación.
—Sí, bueno, he recopilado información, pero todas las muertes son desconcertantes —respondió Crónidas—. No hay ninguna que revele algo acerca de qué la causó. Los registros forenses no indican nada más allá de una muerte repentina.
—¡Interesante! —intervino la hija mayor del taxista que se había incorporado al grupo junto con su hermana—. Tan interesante como enigmático, además me parece curioso que el asunto no haya tenido tanta relevancia como debería.
—Lo mismo opino yo —saltó Crónidas—. Esto requeriría una investigación más profunda, análisis científicos.
En ese momento llegaron los refrescos solicitados y el mesero se dispuso a repartirlos.
—Tal vez la gente no le da seriedad al asunto porque hay que reconocer que todo eso suena algo inverosímil —comentó Carmen—, por más que no lo sea.
—Pero yo mismo he visto los recortes de periódico que anunciaban las muertes de los relojeros —dijo Crónidas—. ¿Recuerdas al profesor Portillo, Víctor? Él tiene mucho material al respecto, incluso conoció a la última víctima y me hablará de él en nuestro próximo encuentro. También he revisado las crónicas en la biblioteca del pueblo y...
—Todavía sigues con la idea de reparar ese reloj, ¿verdad?—dijo Víctor, mirándolo con suspicacia.
—¡Eso sería una locura! —comentó Irene, la hija menor de la familia—. Digo, con todo respeto, es que a mí me daría miedo.
—Sí, bueno, ese asunto de la maldición da para pensar —comentó Carmen.
—No, es que no creo en ese asunto de la «maldición». Según me contó el profesor Portillo, el general Juan Vicente Gómez maldijo el reloj, pero eso no puede ser lo que esté causando las muertes. Seamos sensatos, lo más lógico sería pensar que el mecanismo tiene algo más en su interior, algo tóxico, dañino y lo suficientemente fuerte como para perdurar todos estos años.
—¿Y aún así pretendes destaparlo? — Insistió Víctor—. Yo también me inclino más por tu hipótesis, pero precisamente por eso pienso que deberías dejarlo como está.
—La última vez que alguien se expuso al mecanismo fue hace muchos años, eso fue lo único que me dijo el profesor Portillo, pero ahora hay formas de protegerse mucho más efectivas, incluso contra la radiación.
—De todas maneras pienso que podría ser muy peligroso, pero en fin, tú eres el que sabe —respondió Víctor—. Cambiando el tema ¿cómo está tu familia?
—¡Oh! Están bien, aunque un poco tristes porque me extrañan. Yo también a ellos, pero ya les dije que me falta poco para terminar el proyecto. Después de hablar con el profesor Portillo comenzaré a hacer las gestiones con el ayuntamiento para solicitar el permiso. Luca, mi hijo mayor, está contento porque salió de vacaciones en la universidad y por lo tanto regresará a casa en Berna. Mi esposa también está feliz por eso.
—Me alegra muchísimo, ojalá que pronto puedan verse —comentó Carmen.
—Sí, porque los extraño —respondió Crónidas.
Ese día, Crónidas se sintió más que agradecido, estaba acompañado, en un ambiente familiar y agradable. El día era caluroso, pero el frescor del agua de la piscina lo compensaba, así como esa fina lluviecita que cayó después del mediodía.
A la hora del almuerzo degustaron unas deliciosas pizzas, y por la tarde, cuando Víctor, su esposa e hijas se disponían a retornar a su ciudad, no dudaron en devolverle la gentileza invitándolo a almorzar también en su hogar. Él aceptó gustoso, complacido y agradecido, sin saber que, por azares del destino, o por fuerzas mayores, aquella visita no podría consumarse.
Los despidió con la mano mientras veía alejarse el festiva verde, con una extraña sensación de abandono. Hacía poco tiempo que conocía a Víctor, específicamente desde su llegada a la ciudad de Valencia, pero de verdad que había comenzado a apreciarlo. Su familia era encantadora, tanto su esposa como sus hijas eran mujeres simpáticas y conversadoras, amantes de los libros y los documentales de Discovery Channel, por lo cual estuvieron conversando largo y tendido.
La invitación que le hicieron lo llenó de entusiasmo y alegría pues, al estar tan lejos de su tierra y seres queridos, le venía muy bien tener buenos amigos y sobre todo si estos lo habían tratado tan bien, haciéndolo sentir en casa.
Por la noche, cuando estaba descansando luego de hablar con su familia por vídeo llamadas y comentarles lo de la agradable visita recibida, Crónidas despertó sobresaltado al escuchar un murmullo en su oído. Miró hacia todas direcciones pero solo había penumbras. Así que encendió la lámpara de su mesita de noche, pero tampoco observó algo que le llamara la atención. Todo seguía impoluto, tranquilo y silencioso.
—Tal vez estaba soñando —se dijo a sí mismo el hombre mientras negaba con la cabeza.
Pero cuando se disponía a dormir de nuevo, volvió a escuchar el rumor de voces ininteligibles pero desesperadas. Eran tan vívidas que parecían provenir de su propia habitación, como si decenas o tal vez cientos de personas (no podía precisarlo con exactitud) trataran de comunicarse. Eran voces de todo tipo: femeninas, masculinas, graves, agudas, voces infantiles y ancianas.
—¿Qué rayos? —se preguntó en su idioma natal, parpadeando varias veces para ver si lograba enfocar algo, pero no veía nada.
Las voces se detuvieron de repente justo en el momento en que, después de tanto observar alrededor de la habitación, Crónidas observaba un viejo radio despertador que estaba en la otra mesita de noche. El hombre suspiró con alivio y se dispuso a revisarla, pensando que tal vez se habría encendido por accidente...
Un sonido estridente lo hizo sobresaltar de repente y casi se muere de risa al comprobar que se había asustado de un trueno que antecedió a una lluvia torrencial que, poco a poco fue dejando atrás, amortiguado, el sonido nocturno de los sapos y los grillos.
Cuando Crónidas tuvo en las manos la vieja radio, comprobó que estaba apagada, y el hecho lo desconcertó, aunque su parte racional le indicaba que a veces esos viejos cacharros se activaban o desactivaban solos, sobre todo cuando funcionaban a baterías y estas fallaban.
La encendió por un momento y comprobó que en efecto, las pilas se estaban descargando, o tal vez no había buena señal porque justo en ese momento, una estación de radio estaba transmitiendo la canción «El Reloj» del trío los Panchos, solo que la melodía se debilitaba a ratos, sonaba como distorsionada y con mucha estática.
Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer...
Él se encogió de hombros y apagó el aparato para regresar a la cama, pero antes tomó su teléfono celular para comprobar la hora. Como todo buen relojero le obsesionaba el tiempo, así que encendió la pantalla. Eran las tres y un minuto de la mañana.
Espero que les haya gustado este sexto capítulo, nos vemos en la próxima oportunidad pero antes quería agradecer el apoyo que me han brindado y los comentarios tan bonitos que me han dejado.