Afuera del lujoso hotel, fiel al acuerdo, Víctor esperaba por Crónidas mientras leía el periódico, consultaba la hora en el reloj digital de su teléfono celular con un gesto de satisfacción, había llegado a tiempo. Era puntual hasta rayar en lo obsesivo, incluso su esposa e hijas bromeaban con él a menudo a propósito de eso, comparándolo con los británicos a los que se les ha adjudicado por años el don de la puntualidad.
Como siempre, escuchaba la radio, y al notar que un locutor comenzaba a anunciar propagandas, el taxista cambió de estación de forma autómata, sin apartar la mirada del periódico. No obstante, de vez en vez miraba hacia la entrada del hotel por si el cliente que estaba esperando se acercaba. De pronto, su teléfono celular comenzó a repicar con las notas de «Let it be» de los Beatles, y al observar la pantalla, leyó el excéntrico nombre de su cliente, entonces respondió la llamada...
—¡Víctor! Ya bajo, lamento hacerte esperar —se excusó el extranjero con su acostumbrado acento armónico—. Creo que anoche abusé de las delicias gastronómicas que me ofrece este bello país, así que me costó salir del baño.
—No te preocupes —respondió el taxista sin poder evitar una risa escueta que contagió a su interlocutor—. Aquí estoy.
Cinco minutos después, al desviar la mirada de nuevo hacia la entrada del hotel, Víctor comprobó que en efecto, Crónidas se acercaba, entonces encendió el motor del auto...
—¡Hola! ¡Uff! Lamento que me hayas esperado tanto —se excusó nuevamente el extranjero, esta vez, abordando el asiento delantero del auto—, siendo relojero, no suelo ser impuntual.
—¡No, qué va! Si no fue demasiado tiempo —respondió el taxista comprobando la hora en su teléfono celular.
—Anoche cené un delicioso pabellón criollo —respondió el hombre con una sonrisa nostálgica—, pero además de que todavía estoy adaptándome al cambio de horario, creo que abusé porque pedí una ración de un rico quesillo que me recomendó el mesero, y al probarla, no pude resistirme, así que ordené una más. Fue demasiada comida.
—No te culpo, adoro cuando mi esposa prepara ese postre —respondió Víctor mientras giraba el volante para cruzar hacia el portón de salida—. De hecho, le diré que te mande una porción cuando lo haga.
—Te lo agradecería mucho —respondió Crónidas, risueño.
Como de costumbre, el tráfico era pesado en casi todo momento en aquella ciudad, pero pronto, el festiva verde se deslizaba por una carretera que conducía a las afueras de ella, donde el ambiente se hizo un tanto más agreste.
Ambos hombres disfrutaban tanto del paisaje como de la amena conversación. Crónidas le hablaba a Víctor de su natal Suiza y éste respondía asegurando querer visitar ese país que sonaba tan atractivo, además de resaltar las bondades del suyo propio.
Poco a poco la carretera fue abriéndose paso a una zona más poblada. Comenzaron a verse los primeros comercios y en el medio de la calle, vendedores ambulantes ofreciendo café y dulces típicos como «polvorosas» y «cortados». Crónidas tuvo curiosidad por su sabor, así que compró un paquete de esas tentadoras galletas esponjosas que le resultaron muy atractivas, y otro de los bizcochos oscuros que parecían hechos de chocolate. El extranjero, sin poder contenerse, abrió el primer paquete y extrajo un par de galletas, ofreciéndole una de ellas a su compañero de viaje.
Alguna que otra casita se vislumbraba a orillas de la carretera mientras el auto avanzaba y el viento arremolinaba los cabellos del suizo, aliviándole el calor.
—¡Ah, mira! Ya estamos llegando —exclamó Víctor señalando al frente donde había un letrero verde con letras blancas que decía:
Bienvenidos a Güigüe
—¿En serio? —preguntó Crónidas con pueril emoción, mirando hacia arriba justo cuando pasaban debajo del enorme cartel.
No lo dijo en voz alta, pero saltaba a la vista que se encontraba enormemente emocionado, pues cada vez estaba más cerca del reloj misterioso que lo había llevado hasta ese lejano país. No dejaba de preguntarse mentalmente si acaso era tan hermoso e imponente como se veía en las fotografías subidas a internet que él veía todos los días, cavilando a su vez acerca de qué clase de mecanismo llevaba por dentro.
El auto siguió avanzando hasta que paulatinamente se vio envuelto en un pequeño embotellamiento que hizo suspirar de tedio e impaciencia al taxista, era la clara señal de que ya habían llegado al pueblo. No obstante el tráfico avanzó casi enseguida.
Había mucha gente en las calles, yendo y viniendo de aquí para allá, comprando en los comercios, andando en bicicleta o en motos. Mucho ruido se escuchaba en esa atestada calle mientras el cielo comenzaba a nublarse.
—La iglesia... La iglesia —susurró Víctor tratando de recordar la dirección.
—¿Estamos cerca? —preguntó Crónidas.
—Sí, lo estamos, solo que no recuerdo exactamente donde está la iglesia, pero ya la encontraremos.
El auto siguió avanzando por la calle conforme el taxista seguía su instinto, pero al ver a un jovencito vestido con uniforme de colegio, no dudó en preguntarle.
—¡Chamo! —lo llamó el taxista haciéndole señas con la mano—. ¿No sabes dónde me queda la iglesia Nuestra Señora del Rosario? La que está frente a la plaza Ávila.
—Sí, vale, esa queda ahí mismito —respondió el adolescente señalando el horizonte. Crónidas prestaba mucha atención—. Siga derecho y cuando llegue al final, cruza a mano derecha. Ahí mismito está la iglesia.
—Ok, gracias, hijo —respondió el taxista que siguió el camino y asimismo las instrucciones.
En efecto, después de cruzar donde le habían indicado, ambos hombres, Víctor y Crónidas, pudieron observar el alto campanario de la iglesia, pero lo que llamó la atención del extranjero, fue la silueta lejana y atrayente de lo que había robado su sueño en los últimos meses, el famoso reloj. Allí estaba, llamándolo en la lejanía... faltaba tan poco...
—Sí, allá está —dijo el taxista con satisfacción.
Continuaron la marcha conforme la ansiedad crecía en Crónidas que no hacía más que mirar el reloj, cada vez más cercano, notando que incluso, ya podía ir distinguiendo la veleta que imperaba sobre el artefacto. Era tanta su impaciencia, que a pesar de todo, sentía que aquel objeto se alejaba más de él mientras seguían el camino.
—Bien, ya estamos aquí, éste es el famoso reloj de Güigüe —anunció Víctor mientras se estacionaba frente a la plaza, mirando hacia la casa parroquial que estaba junto a la iglesia.
—No puedo creerlo —musito Crónidas en su idioma natal. Víctor se extrañó, no solo por el hecho de que no hubiese hablado en español, como correspondía, sino por el extraño brillo que percibió en la mirada del hombre que no le apartaba la mirada de encima al objeto.
Los movimientos de hombre suizo eran prácticamente autómatas, abrió la puerta del auto y salió abruptamente, de hecho, Víctor tuvo que advertirlo del peligro cuando una moto casi lo atropella al cruzar la calle.
—¡Cuidado!
Crónidas se sobresaltó y se dio cuenta del peligro. El motorizado se alejó indignado y asustado también. Pero el incidente de pronto quedó relegado a un segundo plano, al tiempo que el relojero se acercaba a su objetivo.
—¡Vaya! Ya estoy aquí —dijo esta vez en español.
Crónidas miró el reloj de hito en hito mientras sonreía, admirando cada detalle: la columna, el barómetro, el termómetro, las agujas, la veleta y la placa atornillada en el medio de la columna.
Hacienda el Trompillo, General J.V Gómez
Víctor observaba el aparato también, pero no con tanta fascinación como su compañero que caminaba alrededor para observar todos los ángulos.
Por la parte de atrás tenía otra inscripción:
El Trompillo. Altura sobre el nivel del mar: 472 metros, distancia a Maracay: 58 Km
Notó que el reloj tenía cuatro caras y en una de ellas observó la polémica hora que, según los diversos relatos que había leído, denotaba la definitiva en la que Juan Lorenzo, el último relojero que lo puso en marcha, murió... Las tres y un minuto.
No sabía por qué, pero esa hora se quedaría grabada en el subconsciente de Crónidas para siempre.
—¿Te atreverías a arreglarlo? —preguntó Víctor con una risa burlona, sacándolo de su ensimismamiento.
Crónidas se encogió de hombros.
—¿Por qué no? —respondió—. No creo en maldiciones.
—Ni yo tampoco, pero ya van varios relojeros que han muerto en el intento. Bueno, aunque eso tal vez no pasa de ser un mero cuento de camino —añadió Víctor luego con una expresión de desdén.
Víctor observó el reloj. Le parecía hermoso, sí, incluso regio e imponente, pero no lograba entender porqué a Crónidas le llamaba tanto la atención. ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría llagar hasta el otro lado del mundo solo para reparar un viejo reloj? Todo eso de la «maldición» tal vez no era más que un truco para tratar de atraer turistas a ese pueblo.
—Me gustaría conocer más de su historia, quiero investigar sobre él.
—Oh, sí, desde luego —se alegró Crónidas, aunque por otro lado, no quería apartarse del reloj.
—Si quieres podemos acercarnos hasta la alcaldía para ver qué te dicen —propuso el taxista.
Al llegar a la alcaldía, una secretaria les habló del cronista Manuel López Portillo, un profesor de historia que dictaba la cátedra en la universidad de Carabobo. Hombre culto, vecino de toda la vida del lugar. Según la mujer, ese hombre poseía, además de un gran conocimiento y un sinnúmero de anécdotas, varios documentos y fotografías que constataban todas sus historias. Era preciso encontrar al profesor. Víctor preguntó su dirección y la mujer les explicó con amabilidad donde estaba su residencia.
No fue difícil hallar la vivienda, la misma estaba frente a la plaza Ávila, en el lado contrario a la iglesia. Era una casa hermosa, con un bello jardín adornado con tortugas de madera y sapos verdes de porcelana. Tocaron a su puerta y a la postre los recibió la esposa del profesor, una mujer septuagenaria, de rostro amable que, una vez que los hombres se presentaron y expusieron el motivo de la visita, los recibió con calidez. Era común para ella y su marido recibir visitas como esa. Todo el mundo quería saber más sobre el reloj, sobre su historia y la historia del pueblo.
—Mi marido no está en la casa, pero está por ahí cerca, no debe tardar. Si quieren pueden esperarlo —dijo la mujer señalando un amplio corredor donde tomaron asiento.
Las paredes de toda la casa estaban adornadas con cuadros religiosos y reconocimientos a la ilustre persona de Manuel López Portillo «El profe» como solían llamarlo todos en el pueblo. También había fotografías del maestro con diversas personalidades que iban desde el alcalde del pueblo, hasta el presidente de la república, así como otras personas que parecían ser periodistas. El rostro de aquel hombre brindaba confianza, al igual que el de su esposa, que no tardó en aparecer de nuevo en el corredor con un par de tazas de café con leche y sendos cuencos llenos con dulce de lechoza.
—¡Aquí tienen! Mientras esperan a Manuel —dijo la mujer con una sonrisa.
—Muchas gracias —respondió Víctor—. Esto te va a encantar, Crónidas.
El extranjero probó el dulce y en efecto le pareció delicioso.
—Sí, es muy rico, ¿de qué está hecho?
—De lechosa —simplificó Víctor.
—¿Lechosa? —repitió Crónidas, todavía sin comprender cual era aquel excéntrico ingrediente.
—También se le conoce como «papaya» —respondió la mujer al notar que el hombre era extranjero.
—¡Ah! Ya comprendo. Es usted una excelente cocinera. Muchas gracias.
—Gracias a ti por el cumplido.
En ese momento se escuchó movimiento en la puerta principal.
—¡Oh! Debe ser Manuel ¡Ya regreso!
Cuando el taxista y el extranjero conocieron al profesor Manuel López Portillo, el hombre les pareció tan amable y dispuesto como su esposa. Era afable, con el rostro surcado de arrugas, pero no por ello menos amable. Su dicción demostraba su afición por la lectura y los múltiples títulos y diplomas que adornaban las paredes de su hogar.
Crónidas se presentó, revelando de donde venía y cual era la intención de su visita. Como todos, solo buscaba información, misma que para él sería muy valiosa. Como lamentablemente ese día el profesor tenía un compromiso ineludible, concertó una cita con el extranjero para el día siguiente, entonces le contaría la historia del reloj, y asimismo le mostraría fotografías que podrían resultarle interesantes. Como era una historia larga, se la contaría en varias partes ya que cada personaje merecía su propio espacio.
El suizo decidió entonces regresar a Valencia, no sin antes buscar un buen lugar donde podría hospedarse en los próximos días pues, a partir de ese momento había decidido mudarse a Güigüe. Sería lo mejor y lo más sensato si quería llevar a cabo la empresa que se había propuesto desde su país natal.
El profesor les indicó donde estaba la mejor posada del pueblo que era más bien como un pequeño hotel. El hombre incluso fue con ellos para que no se perdieran.
Una gran pared blanca con tejas en las que había una placa de hierro con el nombre «La Fragancia» los recibió al final de una calle empedrada. El profe les explicó que aquella posada era además una hacienda antiquísima que databa de los tiempos de la fundación del pueblo y que había pasado de generación en generación. Debía su nombre al delicioso aroma que despedía la gran cantidad de flores que crecían en los alrededores de los inmensos jardines.
Estas flores eran cultivadas para surtir la floristería del pueblo, pero la economía de la hacienda se basaba mayormente en el alquiler de sus múltiples habitaciones, aunque en un pasado muy lejano se había dedicado a la industria del café y el cacao, de los cuales quedaba todavía una pequeña plantación para beneficio de la propiedad.
El gran portón verde estaba abierto y el vigilante, armado con una pistola en el cinto y una radio en la mano derecha, pidió sus nombres y tomó nota de la placa del auto.
Al entrar, todos notaron la sobriedad rústica típica de la opulencia campestre que poseía ese pequeño hotel. Había una inmensa cantidad de flores creciendo en los jardines y arrietes que recibieron a los recién llegados con su aroma, pero lo que más llamó la atención tanto de Víctor como de Crónidas, fue el carruaje landó aparcado cerca de la casona. Era hermoso y estaba muy bien cuidado. Según el profesor Portillo, el mismo había servido de transporte a Don Felipe Rivera Palacios, el fundador de la hacienda y la familia.
El carruaje estaba sobre una plataforma de piedra y debajo de un techo de concreto y tejas que lo protegían del sol y la lluvia. En ese momento, los miembros de una familia posaban junto al mismo mientras se tomaban fotografías con sus teléfonos celulares. Debían posar junto y no sobre él, ya que tenía un letrero que prohibía abordarlo.
Crónidas estaba complacido con el sitio, le agradaban sus flores, el aroma y el ambiente tranquilo y bohemio que invitaba al descanso, aunque él no tuviera en mente precisamente el relax.
Víctor, por su parte, también quedó prendado de la belleza del lugar, además porque siempre había preferido los sitios hermosos, pero rústicos antes que los urbanos, incluso se imaginó leyendo bajo la sombra que proyectaba un gran árbol de mangos que observó en la lejanía.
El extranjero reservó habitación para el día siguiente, no sin antes aclarar al feliz recepcionista, que se quedaría varios días allí, así que después de dejar al profesor Portillo en su hogar, confirmando la cita para el día siguiente, Crónidas regresó a Valencia junto a su amigo el taxista.
Espero que les haya gustado este tercer capítulo, amigos, pronto regresaré con uno nuevo. Gracias por su atención.