Crónidas no cabía en sí de tanta felicidad, al fin había obtenido el permiso firmado por el ayuntamiento, lo tenía en sus manos igual que el contrato, aunque le daba lo mismo sus honorarios, lo que más le importaba, lo tenía sentido para él era el hecho de tener la libertad de ponerse manos a la obra con el reloj. Estaba tan feliz, que al salir del ayuntamiento se fue directo en busca del profesor Portillo para darle la noticia. El hombre, como era de esperarse, no recibió la noticia de buen grado.
—¡Lo sabía! —dijo—. Sabía que ése era tu objetivo. Eres obstinado, hijo, y admiro tu empeño para alcanzar tus metas, incluso viajaste desde tan lejos, pero... no creo que sea bueno...
—Descuide, profesor. Ya tomé todas las precauciones necesarias.
—¿Qué tipo de precauciones? —preguntó el maestro.
—Ya conoce mi hipótesis. Si lo que ha estado causando las muertes es algún tipo de toxina, no correré riesgos. Compré un traje especial que me mantendrá aislado y además el alcalde hará que me acompañe una comisión de toxicología. Ya quedé con él para mañana a primera hora, así que hoy mismo se pondrá en contacto con la comisión...
—¿Y si no se trata de ninguna toxina?
—Claro que sí, estoy seguro.
—¡Santo Dios! —exclamó el profesor, pasándose las manos por el rostro. Ojalá se te quitara esa idea loca de la cabeza. Será mejor que vuelvas a tu país, hijo. Ya aprendiste suficiente acerca de nuestra historia.
—No vine solo a indagar, profesor, y no se preocupe —dijo Crónidas, colocándole una mano en el brazo al hombre para reconfortarlo. Todo estará bien.
Crónidas se marchó a su posada mientras el profesor miraba con miedo al reloj desde la ventana de su despacho, rogando internamente para que, de alguna forma, Crónidas desistiera de su descabellada empresa y regresara a su país de origen. Ya le simpatizaba y no quería que algo malo le sucediera. No estaba seguro si después de tantos años el reloj se dejaría manipular.
El profesor Portillo era un hombre de letras, sí, un hombre de mundo y quizá resultaba curioso que precisamente alguien como él le prestara atención a una leyenda... pero él mismo había presenciado las consecuencias de la reparación del reloj, su amigo había muerto por causa de eso, no era ningún invento. La historia del reloj de Güigüe era completamente cierta y había pruebas para comprobarla.
El relojero suizo era tan feliz que no estaba dispuesto a escuchar advertencias, su sueño estaba cada vez más cerca de materializarse, solo faltaba un día, así que dentro de él tuvo la sensación de cargar un cronómetro en cuenta regresiva a partir del momento en que recibió el permiso. Faltaba poco, realmente poco para que el pueblo contara de nuevo con su reloj icónico.
Cuando llegó a la posada, miró las flores a su alrededor y se sintió todavía más contento e inspirado, pero recordó de pronto que debía avisarle a su familia y a su amigo Víctor que oficialmente había obtenido el permiso para trabajar en su proyecto.
De modo que siguió de largo para entrar en su habitación. Una vez allí, tomó su teléfono celular, pero éste no tenía carga, así que decidió darse un baño relajante mientras lo conectaba.
En aquella tranquilidad relajante de su baño resultaba aún más vívida y extraña la sensación de que el tiempo iba en cuenta regresiva. Desde el momento en que tuvo el documento en las manos, sintió que faltaba poco para algo, pero él lo atribuyó a la reparación del reloj, faltaba poco para eso.
En ese momento, Crónidas escuchó las lejanas campanadas de la iglesia que llamaban a la misa mientras él se sumergía cada vez más y más en un raro sopor.
Recostó la cabeza en el respaldar de la tina y en ese justo momento comenzó a escuchar un ligero tic tac que cada vez se fue haciendo más fuerte junto con el coro de unos sapos:
—¿Sapos? Pero si no es de noche —se dijo a sí mismo Crónidas.
Justo en ese mismo momento sintió que unas manos huesudas pero fuertes le hundían la cabeza en el agua de la tina. Por más que luchó, esa cosa no cedía, al contrario, lo empujaba cada vez más. Por la mente de Crónidas pasaron muchas cosas.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Quién había entrado en su habitación? ¿Por qué intentaba matarlo?
Pero a pesar de sus interrogantes y del estrés de la situación, el relojero no dejó de escuchar ni por un segundo aquella constante onomatopeya que indicaba el paso del tiempo representado en las agujas de un reloj, ni tampoco el coro de los sapos que le había dado nombre al pueblo, y al que además se le sumaban esos susurros que parecían venir de todas partes y de ningún lado a la vez... susurros ininteligibles.
Cuando Crónidas, cansado de luchar en vano contra su agresor invisible, estuvo a punto de darse por vencido, sin aire y asustado, comprobó que todo había sido producto de una horrible pesadilla al despertar de golpe en la bañera, con el agua a la altura de la nariz.
—¿Qué rayos?... —se dijo a sí mismo exaltado y con el corazón palpitándole con violencia dentro del pecho.
Se pasó las manos por la cara para espabilarse. Todo había sido producto de su noche en vela, no había descansado bien y una mente alterada por la falta de sueño, podía crear cualquier pesadilla a la menor oportunidad.
Cuando salió de la tina, se sintió más recuperado pero todavía le temblaba el pulso mientras se ponía la ropa. ¿Por qué últimamente le daba por tener pesadillas?... Aunque ésta en particular fue tan vívida. Sí, probablemente la mala noche anterior la hubiese provocado, no había otra explicación.
Al ver que su teléfono celular estaba completamente cargado, lo encendió y entonces se dio cuenta de que había no menos de quince llamadas perdidas desde Berna. Todas eran de su esposa.
Crónidas se preocupó y decidió devolver la llamada. Escuchó un par de repiques hasta que contestaron al otro lado de la línea.
—¡Crónidas! Cariño, al fin podemos comunicarnos. Estuve largo rato intentándolo.
—Estaba cargando el teléfono. ¿Qué sucede, Helena?
—Es Lucas. Tuve que llevarlo a urgencias. Toda la noche tuvo fiebre y un fuerte dolor abdominal.
—Pe... pero ¿cómo está? ¿qué tiene?
—Es apendicitis... mejor dicho, su apéndice estalló, así que todo se complicó en una peritonitis.
Crónidas se sentó sobre el borde de la cama.
—¡Cielos!
—Acaba de salir de la intervención quirúrgica —dijo la mujer. En su voz se notaba el nerviosismo—. El doctor dice que todo salió bien en la cirugía, lograron extraer el apéndice y lavar sus intestinos, pero no está todavía fuera de peligro, querido. Ahora tiene un fuerte tratamiento a base de antibióticos que le administran por vía intravenosa.
—¡Dios! Y él que pensó que disfrutaría de sus vacaciones de la universidad ¡Pobre Lucas!
—Crónidas, yo no quería preocuparte ya que estás realizando tus investigaciones, pero...
—¡No! Desde luego que hiciste muy bien en avisarme, Helena, ya sabes que te pedí que me mantuvieras al tanto de todo —dijo el relojero. Amaba su trabajo de forma apasionada, pero su familia siempre estaba en primer plano—. ¡No te preocupes, cielo! Ya mismo voy a trasladarme a Valencia para tomar el primer vuelo que salga.
—¡No, Crónidas! No te apresures. Yo solo quise avisarte para que estuvieras enterado, pero Lucas está bien atendido. Todos estamos aquí apoyándolo.
—Todos menos su padre. Helena, Lucas podrá tener diecinueve años, pero siempre será mi hijo y siempre me preocuparé por él y por todos ustedes.
—Cariño, supongo que ya te habrán dado el permiso que tanto anhelabas, así que bien podrías...
—En efecto lo recibí hoy, pero no puedo esperar a reparar el reloj, querida. No sé cuanto tiempo vaya a llevarme y yo quiero estar en el hospital junto a Lucas. Cuando él sea dado de alta, esté recuperado y completamente fuera de peligro, entonces volveré a Venezuela. De todos modos ya he dejado todo listo por aquí.
—¡Ay, cielo! Sabía que querrías dejarlo todo en cuanto supieras la noticia, pero no podía dejar de decírtelo.
—Desde luego que no.
—Pero, ¿por qué no sales mañana en lugar de hoy? Son las cinco de la tarde aquí. ¿Qué hora es allá en Venezuela?
—Son las doce del mediodía —contestó Crónidas, comprobando la hora en un reloj de bolsillo que tenía en su chaqueta—. En Suiza son cinco horas más tarde. Es necesario que salga ya mismo, recuerda que son muchas horas de viaje y además con escala. Probablemente esté en Berna mañana o pasado mañana. Todo dependerá de si consigo los primeros vuelos.
—Está bien, amor ¡Que tengas un buen viaje! Nos mantendremos en contacto todo el tiempo. ¡Te amo!
—Yo también te amo, linda. Dale un beso a Lucas de mi parte y dile que pronto estaré con él.
Apenas colgó el teléfono Crónidas se dispuso a empacar. Seguía con la fuerte convicción de reparar el reloj, pero lo haría una vez que retornara al país. Su familia estaba primero en todos sus planes y ni siquiera esa loca obsesión que tenía por el reloj lo apartaría de su hijo en un momento en que tanto necesitaba de su apoyo.
Sin embargo era tanta la seguridad que tenía Crónidas de su regreso, que abrió el maletín que contenía sus herramientas y piezas de trabajo para comprobar que todo estaba en orden y lo metió bajo la cama. Pronto estaría de vuelta y lo usaría, no tenía ninguna duda, así que prefirió dejarlo.
Posteriormente llamó a su amigo el taxista para que fuese a buscarlo y luego saldó su cuenta en la recepción de la posada, anunciando además que quería mantener su habitación reservada para su regreso y que de hecho había dejado allí parte de sus pertenencias.
El encargado fue junto a él de nuevo a la habitación para hacer un inventario de lo que Crónidas dejaba y, finalmente después de llenar algunas formas y estampar su firma, el relojero se marchó al ayuntamiento para exponer la situación.
El alcalde estaba visiblemente aliviado a pesar de la noticia de la cirugía de emergencia del hijo de Crónidas. Le hizo saber a él que lamentaba el hecho y de verdad lo lamentaba por el muchacho, pero por otra parte no podía negar que le complacía su partida, ya que en un principio había creído que él no regresaría y por ende había desistido de su idea de reparar el famoso reloj, pero posteriormente, cuando Crónidas le aclaró que volvería, no le quedó más que rogar internamente para que una vez que él estuviera con su familia, se le pasara el capricho.
El profesor Portillo fue otro que estuvo feliz con el hecho de la partida de Crónidas, tomando la enfermedad del hijo como una tabla de salvación para el padre. Deseaba todo lo mejor para ese muchacho y que recuperara la salud, pero también deseaba que, tras el susto de verse lejos de su familia en un momento de apuros, Crónidas desistiera de su absurdo y peligroso empeño.
Una vez que Crónidas comenzó a abandonar el pueblo en compañía de Víctor, éste le brindó muchos ánimos con respecto a la enfermedad de Lucas, diciéndole que su hija mayor había pasado por la misma situación, llegando a estar ocho días internada y con el intestino paralizado a causa de la enfermedad, pero que luego, eso sí, después de una larga y dolorosa recuperación, la muchacha lo había superado todo.
—Es alentador escuchar eso —dijo con alivio Crónidas, posando la mirada en el monolítico reloj, sin sospechar que esa sería la última vez que lo vería.
Él continuaba impertérrito e imperturbable, alzado con arrogancia sobre su pedestal, con la cara que mostraba la hora nefasta al frente... las tres y un minuto, la hora de la muerte de Juan Lorenzo, su última víctima.
—Pero piensas regresar, seguramente —comentó Víctor sin pasar desapercibida la expresión melancólica con la que su amigo miraba la reliquia.
—Sí, desde luego que sí. Una vez que sepa que Lucas está fuera de peligro y que lo vea completamente restablecido regresaré —dijo Crónidas—. Imagino que tú no estarás contento de saber eso, ¿no?
—¿Y por qué no iba a estar contento de saber que regresarás? —preguntó Víctor mientras giraba el volante para tomar la carretera—. Recuerda que todavía queda pendiente la cita que tienes para almorzar conmigo y mi familia. Mi esposa y mis hijas estarán felices de recibirte.
—Yo también —respondió Crónidas sonriendo—. Es solo que ni el alcalde ni el profesor Portillo estuvieron muy entusiasmados al saber que yo volvería. Ya sabes, continúan con ese tonto prejuicio acerca de la tal «maldición». Casi siento que se alegran de que Lucas haya enfermado.
—No es eso —dijo Víctor negando con la cabeza—. No creo que se alegren de la enfermedad de tu hijo, pero sí de tu partida. Mira, la gente de Güigüe le tiene mucho respeto a ese reloj, por no decir miedo. En lo personal ya sabes que yo no suelo creer en supercherías y esas cosas, pero hay que reconocer que resulta desconcertante que todos los relojeros que se dispusieron a reparar ese artefacto, terminaron muertos y precisamente a la misma hora en que el reloj se detuvo. Por eso es natural que ellos quieran que te mantengas al margen.
—Sí, sé que es algo raro pero... pueden ser solo casualidades. Hay tantas cosas en este mundo que todavía no tienen explicación y no por ello son consideradas paranormales, como los deja vu, por ejemplo.
—Sí, tienes razón, pero... en fin. Solo es una leyenda.
—Son las tres y media —dijo Crónidas, mirando una vez más su reloj de bolsillo—. Tengo tiempo de sobra porque a Valencia llegamos como en media hora, ¿cierto?.
—En menos tiempo —dijo Víctor, encogiéndose de hombros—. ¿A qué hora tienes que estar en el aeropuerto?
—A las cuatro y media. El vuelo a Caracas sale a las cinco.
—¿Y cuándo saldrías a Berna?
—Mañana, logré conseguir un pasaje gracias a que no estamos en temporada alta. El primer vuelo sale a las cinco de la mañana, si no se retrasa.
—¿Y llegarás directo a Suiza? —preguntó su amigo.
—No, siempre hay escalas cuando son viajes largos, así que tendré que parar en Madrid. Supongo que allí estaré un par de horas o tan solo una si tengo suerte.
Cuando llegaron al aeropuerto, Víctor ayudó a Crónidas con el equipaje porque eran varias valijas, y una vez que lo dejó bien ubicado, se quedó junto a él hasta que fue llamado para abordar el avión que lo llevaría a la capital del país.
—Bueno, espero que sigamos en contacto hasta el momento de tu regreso —dijo Víctor, estirando la mano derecha para despedir a su amigo.
Crónidas la estrechó sonriendo y posteriormente le dio un fuerte abrazo.
—Fue un placer haberte conocido, Víctor. Muchas gracias por brindarme tu amistad y por haberme enseñado todo lo que ahora sé sobre el país y su cultura. Desde luego que seguiremos en contacto. No te olvides que volveré.
—¡Qué tengas buen viaje, Crónidas! Espero que tu hijo se mejore pronto.
—Yo también lo espero.
Crónidas se perdió de vista en medio de la gente que caminaba en fila hacia las puertas de embarque, y en tan solo doce minutos ya estaba en la capital del país.
Se registró en el mismo hotel donde se quedó cuando llegó, y se dejó caer exhausto sobre la cama antes de llamar de nuevo a su esposa para confirmarle que ya se encontraba en la capital y que al día siguiente estaría tomando un nuevo vuelo que lo llevaría a Madrid y de allí finalmente a Berna.
Después de cenar, Crónidas se quedó profundamente dormido. Por fin podía descansar a plenitud. Por primera vez en mucho tiempo no hubo susurros que lo despertaran en mitad de la noche, ni tampoco extrañas pesadillas. Tuvo un largo sueño tranquilo y relajante que duró hasta que la alarma de su teléfono celular sonó para indicarle que debía levantarse porque debía ir de nuevo al aeropuerto, su vuelo salía a las cinco y media de la mañana.
En Suiza, su esposa, Helena le ajustaba las almohadas a su hijo Lucas para que pudiera estar más cómodo.
—Ya me quiero ir casa, mamá, estoy harto de estar aquí.
—Sabes perfectamente que eso es imposible hasta que termines el tratamiento.
—¿Y cuánto tiempo durará?
—No lo sé, tu padre dice que la hija de su amigo el taxista estuvo internada ocho días.
—¿Ocho días? —preguntó escandalizado Lucas mientras esbozaba una mueca de dolor. Se había movido muy rápidamente y eso le generó molestias—. No estaré aquí todo ese tiempo.
—Eso lo decidirá tu doctor, Lucas.
En ese momento la puerta de la habitación se abrió y entraron Emma, la madre de Helena y Robert, su otro hijo.
—¿Cómo te encuentras hoy, mi amor? —preguntó la abuela.
—Con mucho dolor pero creo que estaría mejor si estuviese en casa.
Helena negó con la cabeza.
—Igual de terco que su padre ¿eh?
—¿Y papá, ha llamado? —preguntó Robert.
—Sí, ya salió de Caracas hace como una hora —respondió Helena, mirando el reloj redondo y blanco que estaba en la pared posterior a la cama de Lucas. Pobrecito, allá eran las seis y media de la mañana.
—¿Cuánto tiempo se tardará en llegar? —preguntó Emma.
—Nueve horas hasta aquí, pero primero tiene que hacer escala en España. Supongo que allí estará un par de horas y después seguirá hasta aquí. Va a llegar exhausto el pobre.
Las horas pasaron y por la noche, luego de que su médico lo reconociera, se terminó la hora de visita. En esta ocasión la abuela Emma se quedaría en el hospital para cuidar de su nieto.
El celular de Lucas vibró y el muchacho se apresuró a contestar con emoción al ver el nombre de su padre reflejado en la pantalla.
—¡Papá!
—¡Lucas! ¿Cómo te sientes, hijo?
—Con mucho dolor pero el doctor dice que estoy evolucionando.
—Eso me alegra, pero desafortunadamente no podré llegar hoy mismo como tenía pensado, sino mañana probablemente.
—¿Y eso por qué?
—Hay un terrible vendaval aquí en Madrid. Llueve muy fuerte, con granizo —dijo Crónidas, mirando la ventana de su habitación en donde gruesas gotas de lluvia, acompañadas de trocitos de hielo golpeaban el cristal y los relámpagos lo hacían estremecer—. Así que las aerolíneas se vieron en la necesidad de suspender los vuelos hasta que el tiempo mejore.
—Debes estar muy cansado —dijo el muchacho con voz indulgente.
—Ni que lo digas, me toca de nuevo adaptarme a la diferencia horaria. Salí de Venezuela a las cinco y media de la mañana y tras ocho horas que fue lo que duró el vuelo, en Venezuela debía ser la una y media de la tarde, pero aquí en Madrid eran las seis. Ahora son las siete en punto, dijo tras un bostezo.
—Igual que aquí —dijo Lucas girándose con un poco de dificultad en la cama para mirar el reloj que estaba detrás de él—. No te preocupes por mí, papá. Estoy mejorando. Será mejor que descanses todo lo que puedas.
—Sí, espero que el tiempo mejore. De todos modos la gente de la aerolínea quedó en avisarme cuando ya se pueda viajar.
—De acuerdo papá, cuídate mucho ¡Te amo! Nos vemos pronto.
—También te amo, hijo. Saludos a tu abuela. Nos vemos mañana.
Luego de cenar, y decepcionado al ver que el vendaval no mermaba, Crónidas encendió la televisión para distraerse un poco mientras le llegaba el sueño, y afortunadamente no tardó. Los ojos se le comenzaron a cerrar solos. Sacudió la cabeza para tratar de espabilarse y comenzó a cambiar de canal hasta que se detuvo en uno de música.
Reloj, no marques las horas.... porque voy a enloquecer
Ya no podía seguir luchando contra el sueño, así que se dejó vencer por él mientras escuchaba cada vez más lejos esa hermosa canción, acordándose, sin poder evitarlo, del viejo reloj que había dejado lejos... muy lejos de allí.
Reloj, detén tu camino porque mi vida se apaga...
Crónidas ya no escuchaba la música, por alguna razón el televisor se había apagado, de pronto la habitación quedó sumergida en esos susurros que él creyó haber dejado allá, muy lejos en Güigüe. Parecía que había varias personas allí, en su habitación, en medio de la oscuridad.
Al igual que las veces anteriores, él no podía entender una sola palabra de lo que decían, hasta que de pronto, un relámpago iluminó la figura solitaria de un hombre junto a la ventana.
—¿Quién es usted? —preguntó Crónidas en español, nervioso al ver que alguien había entrado en su habitación. Quien sabe con qué intenciones.
—La historia olvidó mi nombre —respondió el sujeto sin girarse a mirarlo.
En medio de la oscuridad, Crónidas solo podía ver la sombra del intruso proyectada en una de las paredes, cuando los relámpagos iluminaban la habitación. De esta forma advirtió que tenía un sombrero.
En ese momento la habitación se inundó del monótono y tan conocido tic tac... tic tac... que martillaba sus oídos, así como las voces que poco a poco se fueron haciendo más comprensibles.
—No debiste —musitó alguien en su oreja derecha.
Él se giró para hacerle frente pero la oscuridad era muy densa. Intentó tocar pero no encontró nada.
—Lo desafiaste.
—¿A quién? —preguntó Crónidas desesperado, con el corazón a mil por hora. Estaba confundido y aterrado. No sabía qué estaba ocurriendo.
En ese momento otro relámpago iluminó un par de figuras más. En esta ocasión dos hombres, también usaban sombrero y vestían ropa antigua. En esta ocasión pudo detallarlos mejor porque tras el relámpago, la habitación quedó iluminada más tiempo por una extraña luz blancuzca.
Ambos mantenían la cabeza abajo.
—¿Quienes son? ¿Qué hacen aquí?
—Vinimos a buscarlo —dijo uno de ellos, colocando la mano huesuda sobre el hombro de su compañero—. Mi amigo Chipia y yo... y los demás —añadió el hombre, elevando el rostro lentamente.
Al hacerlo por completo, Crónidas descubrió, horrorizado, que su rostro estaba ennegrecido, como lleno de hollín y que presentaba múltiples heridas, no solo en el rostro, sino también en el cuerpo.
—¿Quién es usted? —volvió a preguntar el relojero.
—Salvatore, un colega suyo —respondió el espectro con acento italiano...
En ese momento Crónidas despertó sobresaltado. De nuevo había tenido una terrible pesadilla. Se levantó de la cama y encendió la luz, pero solo unos segundos después comprobó que podía seguir oyendo ese tic tac... Elevó la mirada por instinto y entonces descubrió un reloj analógico encima del televisor. Recordaba haberlo visto al momento de entrar por primera vez en la habitación, pero en ese entonces era más silencioso...
El reloj marcaba las dos y cincuenta y nueve de la madrugada. En ese momento y sin saber por qué, se vio invadido de una gran angustia que lo hizo vagar de un lado a otro de la habitación. Recordó al profesor Portillo y sus historias, así como sus advertencias, recordó al alcalde y su expresión de asombro y miedo cuando él le manifestó su voluntad de reparar el reloj, recordó a su amigo Víctor que a pesar de no ser supersticioso, se mostraba inquieto cada vez que tocaban el tema de la reparación...
Helena, Robert y Lucas también llegaron a su memoria en el justo instante en que la habitación volvía a llenarse de murmullos incomprensibles, zumbidos que de nuevo fueron adquiriendo sentido a medida de que el miedo agudizaba sus sentidos.... eran rezos.
Crónidas corrió hacia la ventana a pesar de que la razón le indicaba que el ruido no podía venir del exterior porque él se encontraba en un séptimo piso, y además porque sonaban demasiado cerca.
En efecto afuera no había nada, solo una brisa helada y algunas gotas de lluvia, la tormenta había terminado pero no así la angustia del relojero. Un ruido repentino lo hizo sobresaltar y al girar el rostro para ubicar la procedencia, comprendió que se trataba del reloj que indicaba el nacimiento de un nuevo minuto...
La angustia se hizo más grande dentro del corazón de Crónidas. Todo parecía tan inverosímil, tan irreal que no podía ser otra cosa más que un sueño muy vívido, pero ¿cómo? Estaba más despierto que nunca. Si tan solo se detuvieran esos rezos y ese maldito martilleo que generaba el reloj... Jamás, en toda su vida, imaginó que ese sonido llegaría a atormentarlo, siendo él un relojero de profesión.
Sin poder aguantar un solo segundo más de incertidumbre y angustia, el hombre echó a correr con dirección a la puerta para salir de la habitación, pero descubrió con horror que estaba bloqueada.
—¡No puede ser! —se dijo a sí mismo, dando un puñetazo a la puerta para drenar la frustración.
Cuando giró sobre sus pies quedó paralizado de horror porque descubrió que ya no estaba solo. Mientras la luz de la habitación comenzaba a parpadear, Crónidas descubrió a cuatro personas paradas en fila frente a él. Tres de ellos eran los mismos hombres con los que había soñado hacía tan solo unos minutos: el sujeto sin nombre y el par de tipos que decían ser Chipia y Salvatore respectivamente. La indumentaria del cuarto hombre parecía corresponder a una época diferente a la de los demás.
—¡Esto no está pasando! —se repitió una y otra vez Crónidas para tratar de volver a la realidad—. Estoy estresado, cansado, pero esto no está pasando.
El cuarto caballero dio un paso al frente, directo hacia él.
—Falta poco —musito con un hilo de voz y una expresión insondable.
—¿Para qué? —preguntó Crónidas en español, ya que era el idioma que usaba su interlocutor.
—Tenemos que partir, amigo mío.
—¿A dónde?
—No debimos haberlo desafiado —dijeron los cuatro caballeros al unisono.
—No sé de qué están hablando.
—Sabe que sí —dijo una voz parca detrás de él. Era grave pero pausada.
Crónidas se giró, sobresaltado ante el pánico y descubrió a un hombre anciano vestido de uniforme. Pese a su edad se veía sobrio, regio, arrogante y sobretodo enojado.
—Siempre lo dije... dejen quieto a quien está quieto —habló con un tono cargado de reproche—. Ninguno de ustedes tenía derecho. Esa vaina tenía que seguir como estaba, así como yo la dejé.
—Pero... ¡No! Esto no puede ser posible —dijo Crónidas más para sí mismo, comprendiendo la situación en la que se encontraba, pero todavía estaba abrumado... Siempre había sido tan escéptico—. Yo no... no hice nada. Nunca llegué a repararlo.
—Tuvo la intención y eso fue suficiente —respondió el anciano.
En ese momento los rezos se intensificaron y la aguja del minutero del reloj volvió a moverse.
Por la mañana, después de que Helena entrara a la habitación de Lucas, acompañada de Robert, recibió otra llamada de su esposo.
—¡Crónidas! ¿Cielo ya estás en Berna? —preguntó la mujer esperanzada.
Pero al otro lado de la línea le contestó otra voz, una ronca con cierto matiz de pesar, hablando en un inglés muy básico.
—¿Señora Piaget? No hablo francés, por eso le hablo en inglés. Soy el detective Ulises Parrado. La llamo desde Madrid, España.
—Sí, dígame ¿dónde está mi marido? —preguntó la mujer en español para hacer más fluida la conversación. El pulso comenzó a temblarle mientras se sentía invadida por una extraña y horrible sensación de angustia, temiendo una terrible noticia que por desgracia llegó, aunque no de la forma en que ella esperaba.
—Señora, lamento informarle que su marido está... muerto.
—Pero, ¿cómo? —dijo con un hilo de voz—. ¿Fue el avión? ¿se cayó el avión que lo traería de vuelta?
—¿Qué sucedió, Helena? —preguntó Emma con voz aterrada al ver el estado en que se encontraba su hija.
—¿Se cayó el avión de papá? —preguntó Lucas con los ojos muy abiertos por la sorpresa y el pánico, ya que al igual que sus padres y hermano, hablaba perfectamente el idioma español y por lo tanto comprendió lo que su madre decía al hablar por teléfono.
—No... ¡No es cierto! —dijo Robert, negando con la cabeza.
—No, señora Piaget. Esta mañana el personal de limpieza del hotel encontró al señor Piaget sin vida en el piso de la habitación.
—Pero no entiendo nada, ¿cuál fue la causa?
—También lamento anunciarle que ignoro la respuesta. El cuerpo será trasladado a la morgue para ser analizado por un forense, pero a simple vista no hay nada que pueda darnos un indicio. No presenta heridas ni signos de lucha. ¿Tenía él alguna patología?
—No —respondió la mujer sollozando—, es muy... era muy sano. No entiendo qué sucedió.
—Nuevamente le presento mis condolencias, señora y le anuncio que debe usted trasladarse a la ciudad de Madrid para hacer el reconocimiento oficial del cuerpo y encargarse del traslado.
Helena abrazó a sus hijos y a su madre para llorar juntos tan sentida pérdida, sin comprender qué había sucedido ni cómo, no sospechaban, ni imaginaban siquiera que había sido precisamente un reloj, específicamente una maldición la que se había llevado a Crónidas para siempre. La maldición del reloj de Güigüe no hacía distinción entre extranjeros y locales, tampoco tenía tiempo de caducidad, ni conocía la diferencia entre la intención y la acción, por eso tomó la vida de Crónidas, quien al firmar el contrato que lo acreditaría como el nuevo técnico encargado de reparar el ícono del pueblo, no sospechó que estaba firmando su propia sentencia de muerte.
Fin
Bueno, amigos, hemos llegado al final de esta historia, aunque les anuncio que esta historia tiene un pequeño epílogo que subiré la próxima oportunidad. Muchas gracias por el apoyo brindado, espero que les haya gustado a pesar del trágico final.