Saludos, amigos de Literatos!!!
Publico mi texto al concurso "Llegaron los marcianos".
Lo más importante no es que hubiera sido un marciano sino lo que pasó después.
Era jueves de abril y estaba cayendo un aguacero feroz. El viento sacudía los árboles de La Quinta con tanta fuerza que, aunque en las noticias del amanecer no habían anunciado un huracán, todos pensaban que sí, que se trataba de un fenómeno inesperado que, aun cuando los meteorólogos contaban con todos los aparatos de predicción posibles, no les había alcanzado el tiempo para informar. La granizada golpeaba los techos con furia, como si el cielo estuviera rompiéndose en vidrios iridiscentes y los pedazos fueran a caer sobre las tejas para resbalar hacia el jardín, aplastando las rosas y deshojando las margaritas como si no hubiera un mañana.
Habían pasado tres horas continuas cuando, de repente, como siguiendo una orden de no se sabe dónde o como en la secuencia de una película, la lluvia cesó de golpe. Se hizo un silencio de muerte por unos espectaculares minutos de pavor. Y entonces, cayó un marciano en mitad de la plaza. Parecía un hombre de unos tres metros, y estaba vestido con overol de jardinero y zapatos de clown.
Los niños se le acercaron con la innata curiosidad de la infancia y empezaron a zarandearlo como al espantapájaros desecho de los campos de maíz.
En su cuarto, Ernesto Martínez cargó la escopeta, cerró la puerta y se acercó apuntándole directamente a la cabeza.
—¿Quién eres? —dijo con la mano en el gatillo y un pálpito de muerte en el corazón.
Los niños, que hasta ese momento habían reído, zarandeando al marciano como si fuera un muñeco, palidecieron al notar que el overol empapado dejaba en sus manos un rastro de ceniza.
—¿De dónde saliste? —dijo Ernesto Martínez.
El marciano de tres metros no respondió. Solo miró la escopeta y después a los ojos asustados de Ernesto Martínez.
—Soy el mensajero. Váyanse.
Ernesto Martínez apretó el gatillo, pero el estruendo de la escopeta nunca llegó. En su lugar, un sonido metálico resonó en el aire, como si la bala hubiera chocado contra algo invisible. El marciano ni siquiera parpadeó. Solo inclinó la cabeza, casi con pena, y repitió:
—Váyanse.
Entonces el suelo comenzó a temblar. Como si algo enorme estuviera despertando bajo sus pies. Las casas crujieron, los vidrios estallaron, y de las grietas en el asfalto, brotó una luz verdosa, tenue al principio, pero que creció hasta iluminar toda la plazuela con un resplandor y un perfume de albahacas.
—No es un huracán —dijo alguien entre la multitud que empezaba a juntarse.
El marciano de tres metros alzó los brazos, y por primera vez, todos vieron que sus manos no terminaban en dedos, sino en raíces retorcidas, como las de un árbol. Sus zapatos de payaso se hundieron en la tierra, que ahora parecía líquida, tragándolo lentamente. Se escuchó un crujido seco, como el de un hueso al romperse, y después, el vacío.
Lo último que vieron en La Quinta fue cómo el mundo se deshacía en pedazos, la casa, los árboles, el aire mismo, se desintegraron en motas de polvo brillante.
Antes de desaparecer para siempre el marciano, susurró.
—Es demasiado tarde.
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Soy escritor. Algunos de mis libros son: Convite de Cenizas (2002), Tras la piel (2004), En este lado de la muerte (2014), El orden natural de las cosas (2015), La Sangre del Marabú (2020), La Sexta Caballería de Kansas (2024) y La Nada Infinita (2024)