Saludos, espero que estén bien y que los planes se vayan cumpliendo, y que las cosas salgan como esperan. Vengo a compartirles un texto que se encuentra entre dos aguas, es decir, entre la realidad y la ficción.
Al escribirlo, sentí que me liberaba y conseguía divertirme un poco. Les confieso que puede funcionar como un cuento; tal vez sea una crónica. En todo caso, ha sido algo que me ha hecho muy bien escribir.
Recuerdo a Mario Vargas Llosa y aquello que escribió sobre la verdad de las mentiras: ¿hasta dónde llega la verdad y hasta dónde llega la mentira? La suspensión de la credulidad es, en este sentido, una especie de pacto entre el escritor y sus lectores.
Espero que lo disfruten.
Gordo
Desde los ocho años, mi relación con la báscula ha sido… complicada. El médico de turno, en un intento de ser políticamente correcto, le dijo a mi madre que yo tenía "complexión de niño vikingo".
O sea, era gordo, pero con clase.
Años después, descubrí a Guillermo Álvarez Guedes, el cómico cubano que, con su sabiduría irreverente, me enseñó que si todas las dietas te han traicionado, lo mejor es declararte un "gordo feliz" y mandar al carajo los complejos.
¡Gracias, Guillermo, por salvarme de convertirme en un yogui amargado!
He visto en Hive una publicación de mi amiga sobre la película La ballena y, como suelo hacer cuando algo me impacta, me quedé mirando por la persiana con la mente en modo "lavadora rusa desbalanceada".
Y ahí, entre reflexiones profundas y el sonido de mi estómago gruñendo (porque pensar quema calorías, o eso quiero creer), me di cuenta de que tengo más en común con Brendan Fraser de lo que pensaba.
Mientras la luz de la ventana ilumina mi barriga como si fuera un faro de autoaceptación, pienso en esa chica de Instagram que me escribió: "Leí tu poema y quiero dejarte rosas en la mesa de noche".
A mis kilos de más, con una espalda que suena como una bolsa de papitas al moverme, todavía hay quien me regala flores. Algunas virtuales, otras reales, pero todas igual de dulces.
Gané mi primer premio literario a los veintiocho. No tenía traje, así que me prestaron uno que me quedaba como un guante… de boxeo. A los cinco minutos, estaba luchando por respirar mientras el jurado me felicitaba evitando mirar hacia abajo, como si mi panza fuera un spoiler de la trama de mi vida.
Publicar libros siendo gordo es un acto de rebeldía silenciosa: en las solapas nunca mencionan tu IMC, pero en las presentaciones siempre hay alguien que susurra: "No me imaginaba que fueras… bueno, así".
Una lectora me escribió: "Tus palabras me ponen caliente". Se lo conté a un amigo y casi escupe su café. El mito de que los gordos no follamos es tan ridículo como creer que todos los escritores somos alcohólicos. Bueno, lo segundo a veces es cierto, pero eso es otro tema.
Una chica me preguntó por WhatsApp: "¿Cómo es ser un autor con… ejem… tu físico?". Le respondí lo mismo que digo siempre: "Cariño, los escritores sabemos manejar el exceso de material", diecisiete amantes juraron que se enamoraron de mis metáforas antes que de mi sonrisa (mentirosas deliciosas), una vecina sigue dejando geranios en mi puerta los viernes (y yo sigo sin saber si son un halago o una ofrenda funeraria).
He fracasado en más dietas que en relaciones amorosas: La de la sopa de repollo, que me convirtió en una máquina de flatulencias durante una lectura de poesía (el público pensó que era poesía sonora). La keto, que abandoné cuando soñé que devoraba una bocadito del tamaño del Titanic. La intermitente, que duró lo que tardo en abrir el refrigerador a medianoche.
Mi cama ha sido testigo de más historias que mis libros: Los gemidos de una aspirante a poeta que solo quería que le susurrara versos al oído. La lectora que me dejó claveles en la recepción de un hotel con una nota: "Para el hombre que me hizo llorar… y luego soñar". Mi amante, que muerde mi papada como si fuera un acto de amor (o de venganza, todavía no estoy seguro).
Antes, en las fiestas, era un huracán de ritmo, una tormenta tropical de pasos prohibidos que dejaba a las suegras escandalizadas y a los novios celosos. Mis caderas tenían más movimiento que la bolsa de valores en crisis, y mis pies escribían coreografías más complejas que mis novelas.
Pero el tiempo, ese crítico amargado, me puso en su lista de 'escritores a los que joder'. Ahora mis rodillas protestan más que los lectores de mis finales abiertos: crujen al subir escaleras, hacen click al agacharse como si fueran los likes de una mala selfie, y se niegan rotundamente a cualquier paso que no sea 'directo al sofá'.
El médico dice 'desgaste articular', pero yo sé que es simple venganza corporal. Aún así, sigo bailando, total, un escritor gordo que se mueve aunque sea en cámara lenta sigue siendo más sexy que un poeta flaco recitando haikus en calcetines.
Escribo desnudo porque las palabras fluyen mejor cuando el pantalón no me oprime el alma. Uso el deseo como combustible: cada mensaje coqueto, cada flor, es material para un poema. Y cuando alguien me pregunta "¿por qué no adelgazas?", respondo: "¿Por qué no escribes un libro?".
En Instagram, mientras el mundo me bombardea con abdominales marcados y batidos verdes que saben a castigo, me gustaría subir: Fotos de mis libros junto a una cerveza ("Mis únicos amores que no me exigen gym"), videos leyendo poesía erótica mientras como churros ("La sensualidad también es crujiente"), close-ups de las flores que me regaló una estudiante con una nota: "Quiero ser el punto y aparte en tu próxima novela" (y yo quiero que me explique qué significa eso, pero mejor no pregunto).
Ahora pasa un vendedor de aguacates. Me mira, ve mi pulóver manchado de café, los papeles desordenados y mi barriga desafiando las leyes de la elasticidad.
Quizá piense: "Vaya gordo fracasado". Pero él no ve lo que yo sé: Los mensajes de lectores que lloraron con mis palabras. Las noches que terminé con los labios pintados de carmín ajeno (y el alma llena de versos). La frase de Álvarez Guedes que llevo tatuada en el cerebro: "La felicidad no tiene talla".
La persiana sigue abierta. Pasa una vecina rubia que siempre me sonríe. Tal vez hoy le regale un libro. O tal vez me invite a su casa a… conversar. Claro, conversar.
Cierro el portátil. Afuera, el mundo sigue girando. Aquí dentro, también. Y, por si acaso, mañana empiezo otra dieta. O no.
➡️ © Texto de mi Autoría.
➡️ Imagen de archivo libre en Pixabay