Por Marien Cabrera Sánchez
La caida número 56 del SEN había roto los ventiladores y la noche prometía ser mortal. Sobre la mesa de madera, una hoja papel opalina brillaba bajo la lámpara solar: era el título universitario, impreso con sellos y firmas oficiales. Junto a él, una bolsa de carbón y un viejo fogón de hierro, que irónicamente fue una bala de gas licuado en otra época. Fuera, no tenía intención de escuchar los mismos sonidos y los mismos lamentos de la enfermedad.
Primero intenté rasgar una esquina de la primera hoja, solo para sentir el papel resistirse, como si supiera su destino. Recordé cinco años de becas, los viajes desde el pueblo, las noches de café de rayo y libretas interminables. Comogracias a ella forjé a la persona que soy. Los trabajos para mantenerme, los tiempos felices que no vuelven más. Luego los miré. El dilema no era si quemar el diploma, sino cómo hacerlo sin que el carbón prendiera antes de que el título se consumiera por completo.
Coloqué la hoja sobre la parrilla. El fósforo vaciló en mi mano. Si encendía primero el papel, las llamas devorarían años de esfuerzo en segundos, pero tal vez el carbón no reaccionaría y todo habría sido en vano. Si acercaba la llama al carbón directamente, quizás nunca chispearía sin un buen iniciador. El dilema ardía más que el fuego ausente.
Respiré hondo. Rocé el fósforo encendido contra la hoja, justo donde decía "Facultad de Ciencias Sociales". El papel se retrajo, se retorció, y de su borde negro brotó una chispa que se enredó en las astillas de carbón. Entonces ocurrió: la hoja se incendió, como si hubiera esperado ese instante, y mientras el título se deshacía en volutas grises, el carbón lanzó un resplandor anaranjado. El calor, por fin, llegó para cocinar la comida.