El lápiz estaba casi extinto, las hojas completamente llenas se extendían por todo el escritorio. Debía enfrentar las consecuencias de esa noche. Siempre era igual durante el día: Caminar hasta el colegio y volver, almorzar y llenar las actividades insulsas que su madrastra la obligaba a realizar. Solo por aparentar normalidad. Al menos era mejor que soportar las miradas de repulsión de los demás. Porque sabían, todo el pueblo sabia que lo que ocurría en la noche, se relacionaba con ella.
Pronto atardecía y llegaba el final de ese día, todos corrían a cerrar las santamarias, recogían a los niños de las calles así estos protestaran, regresaban a sus casas sin importar nada. Cerraban puertas y ventanas con tablas previamente preparadas, recién quitadas esta madrugada. La chica de la calle 18 se preparaba, subía a su cuarto, encendía su lampara y esperaba.
Todas las noches era igual, todas las noches escribía en su diario sin descansar, solo escribía historias y cuentos, nada fuera de lo normal para una chica acostumbrada a vagar sola. Pero sus palabras... ellas no eran inofensivas y nada mas, eran oscuras y al plasmarlas en papel se hacían realidad.
La chica de la calle 18 llenaba las calles de oscuridad y lo empezaba a disfrutar.
Su madrastra la interrumpió antes de empezar.
-Hazlos pagar mi niña.-le dijo sonriendo y se fue a descansar.
El sol se ocultaba finalmente. La chica de la calle 18 flexiono su mano, lista para comenzar.