Saludos mi gente bonita de #hive espero que la hayan pasado bonito el fin de año, el mío no fue muy bueno Pero eso se los contaré luego en otro post, el día de hoy les traigo una nueva historia, como las que me gusta contar, de suspenso y terror, espero que les guste.
La sombra en la cocina
Desde que se mudó a la vieja casa de la calle Azul, Clara no dormía bien, no era el crujir de la madera, ni el viento que silbaba entre las rendijas de las ventanas lo que la inquietaba, sino algo más sutil, más oscuro, algo que solo ocurría solo en la cocina.
La primera noche, mientras des empacaba cajas, pudo notar que la luz de la cocina parpadeaba, pensó que era un problema eléctrico, pero cuando fue a apagarla, la bombilla dejó de titilar y se mantuvo encendida de manera normal, entonces no le dio importancia, estaba cansada por el día que había tenido.
A la mañana siguiente al bajar las escaleras, encontró una taza de café servida sobre la mesa, pero ella estaba segura no la había preparado, pues vivía sola y no sabía cómo podría haber aparecido alli, sin encontrar ninguna explicación, se convenció a su misma de que seguramente producto de su agotamiento, ella la había preparado y luego olvidado, pero al acercarse, pudo notar que el café aún estaba tibio y de eso sí estaba segura que no le había servido y mucho menos tomado.
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En las noches siguientes, la situación se repitió, siempre a las 3:17 a.m., la luz de la cocina parpadeaba, Clara, desde su habitación, oía un leve golpeteo, como si alguien moviera objetos sobre la mesa de la cocina, al principio no se atrevía a bajar, por miedo, por no saber a qué se enfrentaba, pero una madrugada, cansada de la situación, Pero armada de valor con una linterna y su celular en la mano, decidió enfrentar lo que fuera que estuviera ocurriendo en la cocina.
Bajó las escaleras en silencio, la casa estaba en penumbra, salvo por aquella luz intermitente de la cocina, al llegar al umbral de la escalera se detuvo, una figura oscura, alta y delgada, estaba de espaldas a ella, inmóvil, frente al fregadero, solo era una sombra más densa que la oscuridad misma, como si absorbiera toda la luz a su alrededor.
Clara se congeló, el corazón golpeándole el pecho queriendo salir de prisa, fue allí cuando la figura giró lentamente la cabeza, no tenía rostro y aunque no tenía ojos, pareció mirarla, y en tan solo un parpadeo, había desaparecido.
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Durante el día, Clara se la pasó buscando explicaciones racionales que aclarasen lo sucedido la noche anterior, tal vez era una alucinación provocada por el estrés del día a día, tal vez estaba soñando despierta, pero lo cierto era que cada noche, a la misma hora, la sombra regresaba a su cocina.
Una tarde decidida a resolver el misterio, decidió instalar una cámara en la cocina, quería tener pruebas, esa noche, no bajo permaneció en su habitación, observando la transmisión en vivo desde su celular, y justo a las 3:17, como todas las noches, la luz parpadeó, la cámara captó movimiento y la sombra apareció, estaba allí, emergiendo desde la esquina más oscura, deslizándose sin sonido hasta la mesa, se sentó, no hizo nada más, solo permaneció allí, como esperando algo, algo que no llegaba.
Aquella noche, Clara no pudo dormir nada, al amanecer, y aún con miedo, bajó de prisa a revisar la cocina, todo estaba en orden, salvo por una taza de café humeante sobre la mesa, la misma que aparecía todas las noches, la misma que aquella figura espectral parecía tomarse, Pero que dejaba allí.
Decidida a investigar acurria quiso saber la historia de la casa, llegó a la biblioteca del pueblo, dónde encontró un artículo viejo, amarillento, fechado en 1958, este hablaba de un hombre llamado Andres Montero, un anciano solitario que vivió en esa misma casa, se decía que era un ermitaño, un tanto raro, obsesionado con rituales oscuros, y al que una noche cualquiera, los vecinos oyeron gritar, por lo que se vieron obligados a llamar a la policía.
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Cuando la policía entró a la casa, encontraron la cocina cubierta por símbolos extraños, y al viejo Andrés muerto, con los ojos arrancados, y por más que se investigó nunca se supo qué ocurrió realmente aquella noche de gritos en la vivienda de Andrés.
Clara sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo preguntándose si ¿Era posible que la sombra de la cocina se tratase de Andrés? ¿Un eco de su alma atrapada?
Esa noche, armada de valor y dispuesta a descubrir que pasaba, para obtener paz y tranquilidad en su hogar, decidió enfrentarlo, preparó una taza de café y la colocó sobre la mesa, a las 3:10, y se sentó frente a ella a esperar a la sombra.
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De pronto la luz parpadeó, dejando mostrar la sombra, está vez apareció más densa, más definida, y se sentó frente a Clara no hablaba, pero ella sentía su presencia, como un peso en el aire, armada de valor le preguntó:
—¿Qué quieres?
—susurró.
La sombra alzó una mano señalando la pared, Clara se giró, levantándose de su silla, allí, detrás de un viejo reloj, encontró una pequeña puerta oculta, la abrió con esfuerzo, dentro de esta, había una caja de madera, al abrirla, encontró un diario.
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Era el diario de Andrés, en su páginas amarillentas hablaba de su soledad, de su deseo de comunicarse nuevamente con su esposa fallecida, hablaba de rituales para abrir portales entre mundos, de rituales para cerrar puertas, y en su última página escrita decía: “He abierto la puerta, pero no fue ella quien cruzó”.
Clara comprendió en aquel momento, que Andrés había invocado algo, pero no a su esposa, se trataba tal vez de algo oscuro, algo siniestro, que había atravesado, y lo había consumido.
La sombra se levantó, Pero al hacerlo Clara sintió que el aire se volvía más frío, el ente se acercó, y por un instante, vio un rostro deformado, lleno de dolor, no era maldad lo que sentía, sino desesperación.
—¿Quieres que cierre la puerta?
—preguntó.
La sombra asintió.
Clara buscó en el diario el ritual inverso, esa noche, a las 3:17, sin estar muy segura de lo que hacía, lo realizó, encendió velas que sacó de un cajón de la cocina, dibujó los símbolos, un tanto torcidos, y con la voz temblando recitó las palabras, de inmediato la sombra comenzó retorcerse, como si el viento la desgarrara, luego, lentamente, se desvaneció y la casa se sintió nuevamente ligera, como si una paz se apoderase de ella.
Desde entonces, la cocina volvió a ser solo una cocina, no más luces parpadeantes, ni más tazas de café solitarias, pero en cada madrugada, Clara se despierta a las 3:17, y aunque la cocina permanece en silencio, a veces cree ver, por el rabillo del ojo, una sombra que la observa… agradecida.
CRÉDITOS
Está historia es de mi autoría y me pertenece, las imágenes son de pixabay.